‘Siempre nos quedará París’, por Pedro Paricio

Foto de Céline en Pexels

No voy a hablarte de la mítica película ´Casablanca`, cuya secuencia final se ha grabado a fuego en la memoria colectiva de los cinéfilos. Pero la frase con la que Rick se despide de Ilsa –en la célebre interpretación de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman– no puede sino hacerme evocar lo ocurrido hace ocho siglos en la, ya entonces, cosmopolita ciudad bañada por el Sena, donde coincidieron dos dominicos de relieve universal, el ´aquinate´ Tomás y el bávaro Alberto.

Hoy en día, dada la accesibilidad, versatilidad y rapidez de los actuales medios de transporte, resulta bastante fácil la confluencia física de dos personas en este punto de Europa, pero no ocurría así en la Edad Media, en la que los desplazamientos se realizaban con lentitud, inseguridad física y escasos recursos. En el caso del transporte terrestre –que se llevaba a cabo a pie, a caballo o en carro–, la mayor parte de los grandes caminos era de tierra, su infraestructura se encontraba seriamente dañada, los puentes eran escasos y abundaban los vados. Por ello, viajar desde el lugar de residencia hasta otra ciudad no resultaba ni una tarea fácil, ni rápida, ni de bajo coste.

Sin embargo, todo ello no impidió que, en el siglo XIII, se reunieran físicamente en París santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno. Más aún, lo en verdad decisivo fue que se encontraran intelectual, espiritual y afectivamente. El último de ellos, que ejercía como profesor de su Universidad, recopiló la enciclopedia científica completa de Aristóteles (siglo IV a.C.), dio entidad a su obra y la injertó dentro de la escolástica latina como fundamento para la comprensión filosófica de la verdad revelada. Gracias a su paciente y grandioso trabajo, san Alberto desarrolló con originalidad la indicación experimental del Estagirita, siendo considerado fundador de la ciencia moderna. A París acudió en su correría intelectual Tomás de Aquino, que tuvo la buena suerte de cobijarse bajo la erudición de Alberto. Cuando éste pasó a enseñar a Colonia en 1248, Tomás le siguió de nuevo y permaneció con él hasta 1252.

Aunque ambos religiosos llegaron a ser íntimos amigos y Tomás agradeció siempre el bagaje científico del sabio alemán, sin embargo, la investigación del Aquinate supuso un avance sobre la del pensador de Suabia. De hecho, la obra de este habría quedado sólo en un intento de sistematización de la filosofía cristiana si no hubiese sido continuada y acabada por santo Tomás, por cuya iniciativa y reforma radical del aristotelismo hizo de él un sistema flexible y dócil a las necesidades de la explicación dogmática de la fe. Su prerrogativa es haber llevado al terreno intelectual –por primera vez en la Historia– toda la vida religiosa del hombre, formulando con rigor y claridad una especulación basada en la contingencia del ser del mundo y en su dependencia de la creación divina.

Como la hermosura de los tulipanes estalla sólo cuando el subterráneo proceso de almacenamiento de nutrientes fertiliza el suelo arenoso en que se cultivan y les hace aflorar en lento y silencioso crecimiento orgánico, las trayectorias de san Alberto y santo Tomás convergieron en su amor a Dios, en su unión con Él y en su incondicional servicio al saber. Este clima de vida profunda y desarrollo interior propició su encuentro personal, pero hizo brotar también una verdadera revolución en la historia del pensamiento occidental, especialmente en el campo de la filosofía y la teología, donde no hay ninguna cuestión importante en que no se vislumbre su huella.

Sus principios renovaron el análisis de la realidad, así como dotaron a nuestra civilización de una inmensa fuerza social: al distribuir por el mundo entero la verdad común que funda y define a la Cristiandad, se hicieron presentes y operantes a lo largo de los siglos como reglas de pensamiento y de vida para millones de personas.

Y todo ello gracias a un providencial encuentro en París cuya trascendencia cambió el curso de la Historia. Es cierto que el devenir del mundo se mejora con encuentros personales de este cariz, que hacen de nuestro planeta un lugar más habitable. Siempre los ha habido. Más aún, sería deseable –aunque parece cosa difícil– que los hubiera en la actualidad. Por eso, el imborrable recuerdo de las cosechas de eternidad de aquel pasado me lleva a susurrar –abatido por el presente y desconcertado ante el porvenir– que, al menos, ´siempre nos quedará París`.

2 comentarios en “‘Siempre nos quedará París’, por Pedro Paricio

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