Sonríe, en serio

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fuente: pixabay

No soy médico, pero he leído bastantes veces lo de que hay que emplear menos músculos en sonreír que los que se necesitan para enfadarse.

Si buscáis en Google, veréis que la frase se repite mucho, aunque se discrepa sobre el número de músculos a emplear en uno y otro supuesto. En todo caso, la frase es atractiva, con independencia de la cuantificación exacta. Y la gente tiende a creérsela y la tuitea o retuitea.

También (me he preocupado en buscarlo) hay en Google versiones que desmienten lo anterior, pero esas no son ni tan conocidas ni tan difundidas. ¿Por qué?

Quizás porque necesitamos creer que deberíamos sonreír más. Y, como parece que el ser humano tiende “a la horizontal”, para esforzarnos más en sonreír (mejor dicho, para dedicarnos más a ello) decimos -y queremos interiorizar- que hay que esforzarse menos.

En cualquier caso, parece más saludable -para uno mismo y para los demás- ir por la vida ofreciendo sonrisas que mostrándose huraño, arisco o, simplemente, serio. Don Funesto Pésimo no nos ayuda a nadie. Como dice mi madre, “algunos van que parecen la campana de la agonía”. Y no es plan. Es evidente, sí, que la vida no está para bromas, aunque precisamente por eso es necesario que nos empeñemos en que lo esté.

También he leído en algún lugar que a fuerza de habituarte a sonreír acabas siendo más alegre. Esto sólo puede tener, así sobre la marcha, una explicación clara: si sonríes, le haces la vida más agradable a los demás. Y constatar eso siempre es un motivo de alegría propio.

“La vida está llena de problemas”, dirá alguno -y no sin razón-. Es verdad, especialmente para no pocas personas: enfermos, marginados, desempleados… Precisamente por eso, quienes tenemos la fortuna de no encontrarnos en alguna de esas situaciones -que pueden suceder en un momento dado- tenemos también quizás la obligación especial (además de ofrecer solidaridad, justicia, colaboración, etc) de intentar ir repartiendo sonrisas. Que cuestan poco y valen mucho.

Alguno dirá que no cuestan tan poco: pues es cuestión de entrenar. Incorpóralo a tus propósitos de inicio de año. Hay quien se empeña en que cada mes leerá dos libros sobre una determinada materia, con lo cual a final de 2015 habrá leído ¡dos docenas de volúmenes! que le ayudarán a conocer en mucha mayor profundidad el ámbito elegido. Otros planifican su aprendizaje de inglés: media hora al día de listening, de reading o de lo que sea. Y otros se empeñan en correr… ¡como si los persiguiera alguien! En fin, “mens sana in corpore… insepulto”.

Más fácil que todo esto parece “obligarse” a sonreír cada día en al menos ¿tres ocasiones en que no apetezca?; cuando alguien nos esté “dando la brasa” en el trabajo o cuando coincidamos en el ascensor con el enfurruñado de turno. ¿Nos lo proponemos? Quizás hasta logremos habituarnos y nos acabe saliendo la sonrisa con más facilidad o incluso espontáneamente. O puede que el tipo nos parezca -o consigamos hacerlo- menos “plasta”. Y sobre todo, a lo largo del año habremos sonreído -y quizás aliviado las penas, o incluso alegrado a quien se nos cruzó- ¡en más de mil ocasiones!

A uno, en estas reflexiones le viene a la cabeza (es muy recurrente) Viktor Frankl. Aunque para ponernos menos serios traigo no sé si a Mafalda o a Libertad cuando decía: “Comienza tu día con una sonrisa; verás lo divertido que es ir desentonando con todo el mundo”. E insisto, si practicas mucho quizás no desentones tanto: la sonrisa es contagiosa.

Acabo con lo que decía Ghandi“La vida es como un espejo, cuando le sonrío me devuelve la sonrisa”.

Así que ya sabes. Lo necesitamos. Sonríe, en serio.

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5 comentarios en “Sonríe, en serio

  1. De un tiempo a esta parte, por alguna extraña razón, me he propuesto sonreír más, especialmente cuando camino por la calle. Seguramente debido a que empecé a fijarme en las caras de las personas con las que me cruzaba y en la mayoría de las ocasiones lo único que veía era un rictus de seriedad muy poco atractivo, casi agresivo.
    Así que tomé la determinación, comencé a hacerlo… y, además de que no cuesta nada, es una simple cuestión de consciencia y voluntad, cuando lo hago mis paseos resultan mucho más agradables. ¡Me siento mejor por la calle cuando sonrío!
    Los hay que hasta me miran con asombro y extrañeza… pero me da igual. Me siento mejor, y transmito esa mejoría a mi entorno.
    Así que… ¡a sonreír! 🙂

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    • Me parece fantástico! Como apuntaba… te toca ir un poco a contracorriente. Por ahora! A ver si contagiamos a muchos. Algunos dirán que no está la cosa para muchas risas. Pero quizás por eso hace más falta que nunca sonreír. Y no cuesta nada. Gracias por aportar, Rufino. Y por sonreír! Abrazos

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