La felicidad que brota donde alguno no esperaba

Foto de Cliff Booth en Pexels

Se suele decir que todos los santos tienen novena. Así que aún llego a tiempo.

Porque Cristina, santa, es bastante “santica”, que diríamos los navarros; y, a la vez… un poco diablilla; suele estar siempre de buen humor; tiene algunas observaciones o respuestas, algunas ‘salidas’, que te dejan asombrado… La verdad es que es un cielo.

La conocí hace poco más de 18 años. Cuando nació, sus padres vivían, por razones profesionales, con Lucía, su primera hija, la hermana mayor de Cristina, lejos del resto de la familia. Concretamente en Valencia.

Allí que me planté con un ramo de flores que llevé a su madre al hospital, donde aún se encontraba; con su nueva hija; y con muchas cosas que le rondaban por la cabeza. Y el corazón. Esas que algunos definen como los renglones torcidos de Dios.

Cristina fue –y, naturalmente, es- una hija muy querida. Una nieta muy amada. Una sobrina especial. Ya no nacen muchas personas como ella en nuestro país. Cristina es una chica con síndrome de Down. También es una chica cariñosa; y una chica curiosa; y una chica muy simpática; una que se maneja muy bien con su ordenador; a la que le encantan los collares, los anillos, su ropa “de princesa”, bailar… es presumida.

¿Por qué te traigo hoy al blog a Cristina y a Lucía?

Porque quiero que leas lo que esta última escribió sobre su hermana, hace pocas semanas, en las redes sociales.

Sobre unas fotos de una Cristina absolutamente feliz, con una abierta sonrisa, luciendo –en una de ellas- sus nuevas gafas de sol, y -en la otra- mostrándole al mundo el precioso bolso que le habían regalado, su hermana mayor escribía esto:

“Esta hermosa chica que es mi hermana cumplió 18 años esta semana. Ella tiene el corazón y el alma más pura que he conocido. Ella trae luz allá por donde camina. Ella es la chica más atrevida que jamás conocerás y la única princesa de hadas que importa (al menos, eso es lo que le gusta asegurarse de que todo el mundo sepa). Soy muy afortunada de tenerla en mi vida y me encanta ver su preciosa sonrisa. La de ella. Feliz cumpleaños, Cristina”.

Cuando leí lo que Lucía había “contado al mundo” sobre su amor a Cristina pensé qué bien la había reflejado en pocas líneas. Pensé también en cuánto, sin mencionarse, había dicho la propia Lucía sobre sí misma. Pensé en la felicidad que debían sentir sus padres de tener unas hijas así. Y pensé en traértelas a Dame tres minutos. Donde, a veces, tú y yo hablamos de personas importantes: y ellas lo son.

En ocasiones, hay a quien le confunde una preciosa tela bordada, que está viendo por el reverso. No sabe lo que se está perdiendo.

De algo de todas estas cosas te hablé en varios posts: sin ir más lejos en este que puedes leer si haces clic aquí, o en este otro (haz clic aquí) o en este del general de Gaulle (léelo aquí). También en el de Campeón de campeones, sí (míralo aquí). Porque todos ellos lo son (y alguna, además princesa, o hada, ¡o las dos cosas!).

Felicidades a la campeona, pues. Y a su hermana mayor. Y a sus padres. Por lo que tienen en casa. Por lo que son. Cristina (lo saben bien quienes tienen Cristinas o Cristinos), un regalo de Dios.

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