¡Feliz Navidad… para siempre!

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Estas son fechas entrañables en que unos y otros nos deseamos lo mejor: ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!…

Magníficas intenciones, especialmente si tenemos presente que la felicidad se concreta paso a paso.

De ti y de mí depende: porque tú y yo… y él y ella, podemos ayudar a que esas frases que nos cruzamos no se queden en meros saludos de cortesía.

Y es que cada amanecer nos abre a todos una posibilidad de convertir esos deseos en realidades: de hacer de cada día una Navidad para quienes nos rodean.

Hagamos llegar hoy, mañana, cada día, la Navidad a todas las personas, empezando -cómo no- por las más necesitadas, por las que más sufren. Trabajemos para que la Navidad no sea sólo el día 25.

Construyamos diariamente la Navidad. Y llevemos la estrella de Belén allá donde más falta haga su luz, su brillo y su calor. Decía Aristóteles que somos lo que hacemos cada día, de modo que la excelencia no es un acto, sino un hábito. Trabajemos, pues, por transformar cada día, acto a acto, en Navidad.

En estas fechas que saben tanto a nacimiento a alguien le sorprenderá que concluya con el epitafio de la tumba de un obispo anglicano. Nos apunta muy sabiamente cómo transformar el mundo en que vivimos:

“Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites soñaba con cambiar el mundo. Cuando me hice más viejo y sabio descubrí que el mundo no cambiaría: entonces restringí mis ambiciones y resolví cambiar mi país. Pero el país también me parecía inmutable. En el ocaso de la vida, en una última tentativa, quise cambiar a mi familia, pero ellos no se interesaron en absoluto, arguyendo que yo siempre repetía los mismos errores. En mi lecho de muerte, por fin, descubrí que si yo hubiera empezado por corregir mis errores y cambiarme a mí mismo, mi ejemplo podría haber transformado a mi familia. El ejemplo de mi familia tal vez contagiara a la vecindad, y así yo habría sido capaz de mejorar mi barrio, mi ciudad, el país y ¿quién sabe? cambiar el mundo.”

Parece que aún no nos toca redactar el epitafio, aunque podemos aprender de quien lo hizo. ¡Estamos vivos y a tiempo!¡Feliz Navidad… para siempre!

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