Nunca un mar en calma hizo bueno a un marinero

“Tal y como está el patio, la política, ciertos medios de comunicación, la parte más radicalizada de la sociedad… nos va a caer la del pulpo”, comenta alguno.

Y yo -sin minusvalorar la situación- digo: ¡A ver si eso nos hace “removernos”, nos espolea, nos sirve de acicate como ciudadanos! ¡Que hay quien parece muerto en vida! ¡Y no reacciona ni aunque le toquen… la cartera! Paralizado. Resignado. Sumiso.

Y ante esta situación -seré Quijote o seré ingenuo, o incluso cuarto y mitad-, va y te convoco a seguir remando; y a hacerlo con fuerza; con ganas; con coraje e ilusión (sin ser iluso). ¡Nunca un mar en calma hizo bueno a un marinero!

Por ello, y por nuestros hijos, cuando la vida nos dé limones, ¡hagamos con ellos limonada!

Es una cuestión, más que de quejarse, de activarse, de actuar. ¿Recuerdas el humor y el coraje de que te daba cuenta en “Alérgico a las balas“? ¡A contagiarse toca de esa actitud! ¡De lo bueno! De lo demás, Dios nos proteja…

Hace algún tiempo, con ocasión del post No te tomes tan en serio“, te lo dejaba claro: “Si un problema tiene solución, es un reto. Si no la tiene, es un dato”. Y te añadía: “Hay que afrontar los retos, para poder superarlos; y hay que contar con los datos para actuar con conocimiento de causa”. A su vez, te señalaba: “ante un problema, más allá de preocuparse, hay que ocuparse”.

Y de algo de esto va hoy el post.

Sería de necios no darse cuenta de que hoy en día tenemos algún que otro problema en nuestra sociedad. Y no, no me refiero a lo que son cuestiones materiales. Ni siquiera pretendo hablarte hoy del coronavirus.

Aludo a otro ámbito: El de los valores, el de las ideas, donde se ha instalado una cierta dictadura de lo políticamente correcto. Ante ella, siempre te he llamado a la rebeldía. Recuerda: Sé libre. Vive”, o “¿Te atreves a nadar a contracorriente?” o  “Nos quieren conformar. Y yo no me conformo”.

Se ha instalado, digo, una cierta dictadura de lo políticamente correcto, que lleva a más de uno a la autocensura; a no atreverse a discrepar; como si ello fuera “de villanos”.

Hay hoy cuestiones sobre las que parece que no se puede ni debatir. Intocables. Y no me refiero, precisamente, a la Biblia -que se propone, no se impone-. Ni a la Constitución, a la llamada Carta Magna, -que mira si centra dimes y diretes, modificaciones cuando se quiere… y hasta incumplimientos flagrantes; ojo al art. 27.3, que está al caer-.

No. No es ni la Biblia ni la Constitución. Son otros libros, otras leyes, ciertas ideologías, las que se nos presentan por los más relativistas como algo dogmático, indiscutible, blindado por determinados poderes fácticos, lobbies y otros parientes e interesados (sobre todo interesados).

Y si te atreves a discrepar (pocos hay que lo hagan) te cae un “… fobo” como adjetivo descalificativo del que no te lava ni toda el agua del Jordán. Y, vuelvo a apuntarlo, todo esto y otras cuantas cosas más no presagian sino que pueda tener razón ese que dice que nos va a caer la del pulpo.

Salvo que actuemos.

Ocurre, te lo contaba una vez (más vale reírse que llorar), como en aquel chiste de unos turistas que, en su visita a La Habana, preguntan a unos cubanos que cómo están.

La respuesta en tres palabras, digo en cuatro: -No nos podemos quejar.

Cuando los extranjeros reiteran la pregunta, pues no acababan de comprender… los isleños repiten con claridad: ¡Que no nos podemos quejar!

Seguro que tú entiendes qué querían decir. Lo mismo que dirían también hoy muchos hermanos de Venezuela. Por más incomprensible que todo ello sea en pleno siglo XXI…

Pero volvamos a la sociedad que nos es físicamente más cercana, aunque en todas partes cuecen habas.

¿Está cayendo una gorda? ¿Tenemos que reaccionar y salir a flote?

Y si así fuere, ¿cómo? Quizás como mulas.

¡No seas burro!, pensará alguno…

Déjame que me explique: nos va a exigir esfuerzo, sí; y perseverancia, también; pero si nos empeñamos (y yo sé que tú te empeñas), podemos remontar. ¡Qué, podemos, debemos remontar!

Y ya que han salido esos equinos a colación, déjame que te cuente una breve historia

Érase una vez un pobre campesino que luchaba con muchas dificultades para salir adelante. Apenas tenía unas gallinas, una vaca y una vieja mula que le había ayudado durante años a cultivar su escasa tierra.

Hete aquí que un día el buen hombre pasaba junto a un pozo que tenía en su huerta. Un pozo tan profundo como abandonado, seco.

De pronto, escuchó un ruido proveniente de su interior. Aquello no era exactamente un rebuzno. Tampoco era un relincho. A veces, parecía incluso un gemido.

Tras asomarse a la boca del pozo, el campesino vio con sorpresa que su vieja mula había caído en él; y en él estaba, magullada y muy asustada.

Después de buscar ayuda, un amigo -ten amigos para esto- le subrayó que la mula estaba sufriendo; que era vieja y ya ningún rendimiento se le podía sacar; y que lo mejor era sepultarla en el mismo pozo; ahorrarse gastos y esfuerzos y -eso sí- hacer que dejara de padecer: practicarle una eutanasia animal. Cepillársela, vamos. Así, muerto el perro (en este caso la mula) se acabó la rabia.

No las tenía tan claras el campesino, pues sentía un gran cariño por el animal; pero su amigo, un tipo con estudios y aparentemente muy capaz, había insistido e insistido hasta lograr que calara el argumento lacrimógeno. Así que, el campesino, se dio por con-vencido (y el amigo pensó que se había librado de tener que cargar con una mula a cuestas).

Decidieron, pues, cubrir el pozo con tierra y piedras. Así, mataban dos pájaros de un tiro: enterraban a la mula, que dejaría, asfixiada, de vivir, digo, de sufrir, y tapaban el viejo, improductivo y peligroso pozo. Un pozo que había nacido para recibir agua, recogerla y distribuirla: abastecer de agua, dar vida. Y que, sin embargo, -triste sino el suyo- debía acabar transformado en sepultura.

Así que se pusieron manos a la obra: a echar paladas de tierra y piedras.

Cuando la mula se percató de la que le caía encima, se dio cuenta de que no era precisamente salvarla lo que pretendían quienes se afanaban en enterrarla viva.

Al principio, la mula se asustó, se puso histérica (no se quería dar por enterada de que todo lo hacían por su bien) y comenzó a alborotarse y a dar coces sin parar.

Pronto se percató de que si hacía precisamente eso (removerse y actuar), la tierra y piedras caían de sus lomos al suelo, y, al pisotearlas, lograba que se fuera formando un montículo sobre el que podía pisar con su mayor firmeza.

La vieja mula calmó sus nervios y pensó. Pensó en hacer de la necesidad virtud: sacar bien del mal. Concentrarse y aplicar ese dicho de “con las piedras que me arrojáis, construyo los escalones que llevan a mi casa”.

Y así fue, literalmente: la mula, cada vez que sentía caer tierra o piedras sobre sus lomos, por doloroso que a veces fuera, se las sacudía y, a base de coces, pisaba y pisaba una y otra vez, sin dejarse vencer por el cansancio o el desánimo y manteniendo, de forma creciente, la esperanza que había nacido en ella: hacer de todo un problema una oportunidad. Una oportunidad vital.

Y hete aquí que, poco a poco, se fue elevando el nivel del suelo del pozo y la mula fue subiendo más y más… hasta que hubo un momento en que la vieron asomarse por la boca del pozo. No lo podían creer. ¡Qué burros habían sido con la mula!

La ayudaron a salir y el campesino, lleno de júbilo (tanto como de vergüenza el listo del vecino), abrazó a la mula, agradeciendo su esfuerzo y perseverancia, su actitud y coraje.

Y la montó en un carro, en el que la llevó a casa, la lavó y le prodigó toda clase de cuidados.

Ya ves, amigo lector: la tierra, las piedras con las que pretendían haberla enterrado, no fueron su tumba, su sepultura, sino su salvación.

Y todo fue debido a cómo decidió afrontar la adversidad.

Y tú y yo, ¿cómo abordamos cualquier circunstancia adversa? ¿Enseñamos a nuestros chicos y jóvenes a obrar así?

¡No te rindas nunca! ¡Nunca! Nuestra sociedad te necesita. Te necesita activo. Activo y, si toca, perseverante; más aún: incluso terco. Terco como una mula.

Sigamos pedaleando, permíteme la metáfora, por más que intenten meter palos en las ruedas. Que la vida es un gran viaje, con miles de caminos por descubrir y miles más por crear.

Un abrazo agradecido, amigo lector.

Te escribo porque me importas. No lo olvides.

Dame tres minutos (y si quieres, ayúdame a difundir).

¡Muchas gracias!

4 comentarios en “Nunca un mar en calma hizo bueno a un marinero

  1. ¡Buen artículo! Viene muy bien leer este tipo de cosas en estos tiempos que nos ha tocado vivir. Tanto el título, como la anécdota final ya los había oído, pero me ha gustado lo que ha transmitido y cómo lo ha hecho.

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