Morir de la mano

¡Abrázale, mi Señor!

Que yo no puedo abrazarlo.

Cógele la mano Tú,

Que a mí me ha sido vedado. 

 

Haz que no se sienta solo,

Haz que él te vea a su lado.

Haz que te note en el rostro 

De aquel que busca sanarlo.

 

De ese que en primera línea

La vida se está jugando.

 

Que va a pecho descubierto.

Va sin medios, superado.

Salvo coraje y amor,

apenas va pertrechado.

 

Guía, por favor, Señor,

Guíame a los sanitarios.

Sé que Tú les acompañas,

Muchos bien lo están notando.

 

Te ven, así, en el enfermo,

En el que está acongojado.

Te ven en quien agoniza

O en quien están ya curando.

 

Te ven en quien, en camilla,

Está, apenas, balbuceando

Al Padre, a tu Padre amado:

Que pase de él ese cáliz…

 

Tú, que lo pedías, hazlo. 🙏🏼

Amén.

 

Ayer me dieron la mala noticia de la muerte de la madre de Andrea, una buena amiga.

Contacté con Andrea por teléfono. En cuanto lo supe. El encuentro en persona, con el confinamiento por el Covid-19, es imposible -lo sabes bien-.

Mi amiga se desahogaba y compartía conmigo lo que podría relatarme cualquiera en sus circunstancias ante la pandemia que padecemos. Esa que no te deja siquiera “morir con normalidad”, junto a tus seres queridos.

Esta mañana, me he levantado dándole vueltas a la importancia del sentido del tacto.

A menudo caemos en la trascendencia de la vista, la del oído, la del gusto o el olfato… Para apreciar hermosos paisajes, bellas melodías, sabrosos manjares, perfumes o flores…

Hoy, sin embargo, pensaba yo -ya ves- en el valor de “la piel”. Y de ahí, he pasado al de la caricia, al del abrazo.

¿Se nos están yendo solos?

Este maldito coronavirus se está llevando a muchos de los nuestros -todos los seres humanos deberían serlo- sin poder siquiera acompañarlos; sin poder asirles de la mano en su último trance; sin poder despedirlos, sin poder arroparlos.

Es terrible. Muy duro.

Te hacía alguna vez reflexiones sobre la vida y la muerte: en este post que aquí te enlazo y que es el más leído de Dame tres minutos. Compartía entonces contigo que cada ser humano, en el fondo, hemos de vivir nuestra propia muerte afrontándola personal e “intransferiblemente”.

Pero esto es bien distinto…

Darles la mano. Importante para ellos. Y también para quienes se la hubieran querido tender.

Te agarras a su mano y es un indudable consuelo.

Ojalá, para el que se va. Seguro.

Mas también para quien se queda: ese familiar dolorido a quien le gustaría… aferrarse a quien va a marcharse ya al Cielo e intentar -es humano- retenerle consigo un poco más… O, al menos, acompañarle a “atravesar el puente”; sin vértigos.

Pero hay más.

Cuando alguien fallece, hay que darle sepultura. Sus familiares y amigos quieren acompañar, también en ese último paso, al cuerpo sin vida del suyo: pues no todos pueden ir, en este estado de confinamiento. Hay límites. Y quienes van no pueden acercarse demasiado al féretro. Ni a veces siquiera -me decía Andrea- abrazarse con los suyos: hubo quien les recordó lo preceptivo de mantener las distancias y evitar el contacto.

Dicen que el amor va de corazón a corazón; que bastan miradas, gestos… pero ¡cuánto puede echarse de menos un abrazo! Un abrazo que te funda con el otro; que te una, te vincule, te facilite -en un encuentro solidario- esa necesaria común-unión.

Pensaba en todo esto y… en que tengo ganas, necesidad, -como tú, como todos- de que todo esto acabe. Y quiero dar abrazos. No me bastan saludos: prometo dar abrazos.

Me venía a la cabeza la importancia del abrazo físico como expresión de la amistad, de la fraternidad, de la unidad. Como consecuencia, sí, de aquellas.

Pero, además, pensaba en el abrazo no solo como consecuencia, sino como causa de las mismas.

Si -simplemente- las personas nos abrazásemos más, fraternalmente, incluso con quienes no apreciamos como debiéramos, probablemente lograríamos romper muchas barreras.

Pensaba en abrazar a “mis contrarios” -si los tuviera-, a quien piensa o actúa distinto, a quien me ignora… pensaba cómo un abrazo, un simple abrazo, un sencillo abrazo puede ser “medicina” que cura heridas, alivia corazones, hace que brote por fin la primavera, después de tanto invierno (e infierno) como a veces nos creamos -artificialmente y sin necesidad- las personas.

Cuando esto acabe, amigo, espero darte un abrazo. De corazón. Y de veras.

Mucho mayor que el que hoy te mando. Con todo mi afecto. Y una doble petición:

¡Cuídate!

Y ten paz en tu comprensible dolor si alguien próximo a ti se ha ido estos días al Cielo.

Seguro que, entre quienes están en primera línea, ha habido quien le ha tomado de la mano. Hasta lo Alto.

¿Me ayudas a difundir? ¡Muchas gracias!

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