‘Lo irremediable en sí’, por Pedro Paricio

Mausoleo de Julián Gayarre, Wikipedia

Con ocasión de un viaje familiar al valle de Roncal, visité –hace casi tres décadas– el pueblo natal del tenor Julián Gayarre (1844-1890). Al no existir ningún documento sonoro de sus interpretaciones operísticas, fue el recuerdo de los testimonios históricos sobre las excepcionales facultades físicas de la voz de este universal navarro el que me movió a recorrer los noventa kilómetros que separan Pamplona de esta pequeña población pirenaica. Después de transitar por sus calles, me dirigí al cementerio municipal, pues sabía que en él se encerraba el mausoleo que mi paisano Mariano Benlliure (1862-1947) esculpió en memoria del introductor en España de la nueva ópera wagneriana.

Ante mis ojos se presentó en todo su boato la enorme creación funeraria con el cuerpo embalsamado de ´le Roi du chant`. Levantado sobre cuatro gradas, aprecié el conjunto escultórico formado por un sarcófago –decorado frontalmente por niños que cantan libretos de las obras más célebres interpretadas por el reputado roncalés– y cuatro figuras femeninas, alegorías de la Música, la Armonía, la Melodía y la Fama, que, desde posiciones y actitudes diferentes, completan el simbolismo fúnebre de aquel sepulcro.

Después encaminé mis pasos hacia su casa-museo, un sólido edificio cuadrado compuesto de tres plantas y desván, mandado construir por el cantante sobre la vivienda en la que había nacido, donde acudía a pasar sus vacaciones y que sirvió de residencia permanente de su familia. Allí, junto a su mobiliario personal y una selecta representación de la vestimenta utilizada en sus actuaciones, observé una amplia colección de documentos vinculados a la vida del artista (fotografías, cartas, partituras, diplomas, nombramientos, premios, condecoraciones…) y objetos curiosos adquiridos en sus numerosos viajes.

Pero lo que más llamó mi atención fue la visión de la laringe de Gayarre, que –extirpada con permiso de la familia a las pocas horas de su muerte para su posterior estudio– aparecía en lugar destacado del museo. Este hecho despertó en mi mente la vivencia experimentada ya en la visita a otras casas de ilustres personajes fallecidos, como las que en su día realicé a la de Unamuno en Salamanca o a las de Blasco Ibáñez y Benlliure en Valencia: “en estas soledades encerradas que tienen algo de templo y de salón, de cementerio y de escuela” –en palabras de Paul Valéry (1871-1945)– todo huele a decadencia y sabe a algo ya pasado y sin vida.

En verdad, tal percepción resulta inevitable. No depende de las instalaciones ni de las dotaciones de estos contenedores culturales: más aún, hoy en día están provistos de avanzados medios tecnológicos que multiplican su eficacia didáctica y su meritoria labor social. Tampoco obedece a la insuficiencia del espectador para revivir la intrahistoria de lo aparentemente muerto, como si éste hubiese sido incapaz de recorrer las entrañas que un día dieron vida a cuanto hoy se le muestra públicamente en el museo.

Se trata de una manifestación más de lo irremediable en sí. Cuando se vuelve la mirada al tiempo pasado, resulta forzoso ver que nada permanece salvo la obra bien hecha. Excepto ella, todo lo demás es pura fatuidad que deforma la realidad de una vida en la que todas las pompas son inexorablemente fúnebres. Es entonces cuando nos percatamos de que, en medio de una existencia que fluye sin cesar, sentimos necesidad no de ser solo para el momento sino de ser para siempre y exploramos la emoción sin fin de la eternidad definitiva, aquella que, trascendiendo la vida mortal y su cortejo de imperfecciones, nos instalará en la perfección de la inmortalidad.

En esos momentos percibimos que hay algo en nuestro presente que es eterno y que no termina cuando todo parece acabar. Intuimos que hay un plan inalterable preparado por Dios para el hombre: vivir para siempre. De esta forma, todo cuanto se encierra en nuestro paso por este mundo es sólo el prólogo que prepara para la vida perdurable. He aquí lo que aturde: no la inevitabilidad de la muerte sino la de la inmortalidad. Por ello, ¿cómo amordazar los gritos desgarrados de una vida que pide ser eterna? ¿Por qué negar una eternidad descubierta ya en este mundo? ¿Para qué impedir que la vida encuentre su infinito?

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