La mejor homilía. Don José María Aícua. In memoriam

@iglesianavarra

Hoy quiero hablarte de la mejor homilía.

Cuando leas estas breves líneas, me entenderás.

Hace unos días, volvía caminando hacia casa. Eran apenas las ocho de la tarde; ya había oscurecido.

Venía feliz, tras hacer una corta pero jugosa visita a dos de mis nieticas; y a mis hijos; pero eso es –llamémosle- “secundario”, je, je; si eres abuelo, tú ya me entiendes…

Al pasar por mi parroquia (a cuarenta metros de donde vivo), me pareció que se encontraba abarrotada.

Muchas personas junto a sus puertas, en el atrio, en la acera… Alguna vestida con traje, y de luto.

La deducción era fácil: un funeral con gran capacidad de convocatoria; de alguien –sin duda- con mucha familia o amigos que habían acudido a despedirle y rezarle.

Subí a mi domicilio, hice unas gestiones, vimos la cabecera de las noticias en TV, cenamos –a pesar de que hoy en día eso de ver las noticias justo antes de cenar, tal y como está el patio… debería estar contraindicado); charlamos un rato…

Llegada la hora, me iba a preparar para dormir, a la vez que me disponía a activar el despertador para el día siguiente…

Eché una última ojeada a mi móvil, mensajes…

Repasaba rápidamente mi cuenta en Twitter, cuando me apareció en la pantalla una fotografía de mi párroco, D. José María, de 61 años. Como siempre, sonriente, tan alegre por fuera como –me consta- por dentro. Le acompañaban dos chiquitos, ambos de tez morena, uno con una pelota de goma en su mano.

Me confundió ver un rótulo, arriba de la imagen, que decía: “Descanse en paz”.

– “¿Cómo que ‘Descanse en paz’?, pero, ¿qué broma es esta?”, pensé atónito, aturdido, confuso, sin ser capaz, en fin, de creer lo que veía.

No me hizo falta navegar apenas para confirmar la tan impactante como dolorosa noticia:

D. José María Aícua, persona vitalista donde las hubiera, entregada a propagar la Buena Noticia, siempre alegre, positiva, cariñosa, cercana, acababa de fallecer.

Ello había ocurrido nada más y nada menos que ¡mientras estaba celebrando el funeral que antes te he mencionado! Su segundo funeral de esa misma tarde.

Como diríamos en términos militares, había muerto con las botas puestas; o al pie del cañón.

No quiso dejar de oficiar esa última misa, a pesar de que -como comentó a una persona cercana- se encontraba especialmente cansado. Pero… se trataba del funeral de la madre de una catequista a la que, seguro, quería despedir junto a ella y los suyos.

Con la iglesia parroquial abarrotada, tras cantar el Aleluya, y en el momento del Evangelio, el sacerdote se desplomó, fulminado por un infarto.

Quise “leer” alguno de los mensajes que la Providencia nos hacía llegar con este hecho

El párroco que habíamos perdido llevaba a cabo una ingente labor, multiplicándose –o dividiéndose- siempre con una entrega y alegría que solo la fe puede nutrir. Ahora preparaba el inminente DOMUND y, a modo de ejemplo, a más de 350 chavalines que iban a hacer su Primera Comunión.

Se encargaba, a “tres manos” de la parroquia de San Francisco Javier de Pamplona, también de la feligresía del Soto de Lezcairu (una expansión de la ciudad), y de mi propia parroquia (Cristo Rey).

El enorme vacío que dejaba sería cubierto, sin duda, por otro sacerdote. No sin dificultades, también sin duda. La mies es abundante y los obreros pocos…

Aquello era una apelación en toda regla a nosotros los laicos, como parte de la Iglesia, para pedir por las vocaciones sacerdotales.

También para que rezásemos por nuestros curas.

Y, cómo no, para involucrarnos, cada día más y mejor, en acompañarles, darles muestras de afecto y agradecimiento y arropar a sus personas; y, cómo no, a apoyar y complementar su labor. Todos somos Iglesia. Todos necesarios en su día a día. A todos nos dijo el Señor eso de “Id y predicad…”.

Al poco, pensé también que, incluso sin concluir el Evangelio, D. José María había ofrecido quizás la mejor homilía de su vida

Te cuento alguna de mis reflexiones adicionales.

  1. Más de una vez se comenta –y así es- que hay personas que no asisten a misa, salvo en bautizos, primeras comuniones, bodas o funerales. Este último era el caso. Auditorio, pues, había. Y quizás no todo del público habitual. O sí. En cualquier caso, el sacerdote sabe antes quiénes se encontraba. Todos, católicos practicantes o no, necesitados de conversión y de Misericordia.
  2. Me vino a la cabeza el momento en que todo aquello ocurrió: iniciada la Misa, pedido perdón al Señor… ¡recién cantado el Aleluya! Señala Wikipedia, sin ir más lejos, que la palabra «aleluya» (‘¡Alabad a Yahvé!’)​ es una exclamación bíblica de júbilo, muy común en las Sagradas Escrituras. “Para la mayoría de los cristianos, esta es la palabra más alegre para alabar al Creador”. Pensé que, sin duda, D. José María lo había alabado, una vez más; con tal fuerza, con tal sentimiento, con tal profundidad, que esta vez quiso el Señor arrebatarlo y subirlo junto a Él.

Pero, también pensé, como te apuntaba: ¡se adelantó la homilía al Evangelio!

Y de esto te quiero hablar a continuación.

  1. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. No hicieron falta, en este caso. El testimonio era arrollador. Un sacerdote que muere, que se ofrenda, ¡oficiando el santo Sacrificio de la Misa!; justo tras alabar -con tanto gozo como amor- a Dios.
  2. Me acordé (uno quiere tener un cierto espíritu franciscano) de dos frases del Pobre de Asís: la primera, esa de «Cuida tu vida, quizás sea el único Evangelio que muchas personas vayan a leer». Mi párroco la había cumplido a pies juntillas. Siempre. Cuando fue delegado de Misiones, encargado de las Javieradas, con los jóvenes, en sus anteriores y actual desempeño. Siempre con obras. Siempre junto a los más necesitados, espiritual o materialmente hablando. Recordaba el dueño de un bar cercano a la parroquia, cómo el cura frecuentaba su establecimiento… para facilitar y asegurar que se alimentase a los más menesterosos.
  3. Me acordé también de esta otra sentencia franciscana: «Predica el Evangelio en todo momento y, si es necesario, utiliza las palabras». También esto lo aplicó D. José María. Su muerte, al pie del altar, lo decía todo. Nada debía añadir.
  4. El sacerdote, tendido en el suelo, como el día en que recibió su ordenación, nos recordaba la importancia de dar sentido a la vida, de servir, de entregarse hasta el final por la misión de cada cual, por Dios, por los demás.
  5. El párroco nos estaba recordando también la existencia de la muerte; de esa de la que tan poco se habla en esta sociedad que mete la cabeza debajo del ala; como si con ello fuera a dejar de acaecer. ¡La muerte es lo único que sabemos con certeza acerca de nuestro futuro! De ahí la importancia de la vida. De cómo la empleemos.
  6. Predicó D. José María también, con la máxima credibilidad, de la llegada “del esposo” sin que sepamos el día ni la hora. Y de la importancia de estar presto y con las lámparas encendidas para cuando llegue el Señor. Él lo esperó, habiendo comulgado en el funeral de las seis, revestido con el alba, el cíngulo, la estola y la casulla… Con cirios y candelabros, con luces, con flores, con cánticos y oraciones… Totalmente preparado para la Fiesta.
  7. Nos hizo, con su partida, conmocionarnos, emocionarnos, y, siendo conscientes del regalo que D. José María Aícua había sido para tantas personas a lo largo de su vida, dar gracias, de corazón, por haberle tenido entre nosotros. Ser agradecidos ante el Señor.

Quiero concluir, con esta oración que en tantas ocasiones –esa misma tarde, sin ir más lejos- había recitado este sacerdote y que hoy pedimos sentidamente para él:

Al Paraíso te lleven los ángeles,

a tu llegada te reciban los mártires,

y te introduzcan en la

Ciudad Santa de Jerusalén.

El coro de los ángeles te reciba,

y, junto con Lázaro,

pobre en esta vida,

tengas descanso eterno.

Que Dios le acoja en su Gloria. Descanse en Paz.

Amén.

10 comentarios en “La mejor homilía. Don José María Aícua. In memoriam

  1. José, que maravillosa reflexión sobre un hecho que nos ha conmocionado tanto como el volcán de La Palma. A veces la vida nos ofrece oportunidades excepcionales para que no nos acomodemos en la rutina. Para m´ñi también fué un modelo de vida, desde que en San Miguel se ocupaba de las catequesis de nuestras hijas, y a través de ellas de la nuestra. Descanse en Paz y que siempre teng sus ojos en esta tierra a la que se entregó hasta el final

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    • Muchas gracias a ti. Se entregó hasta el último momento. Y Dios quiso llevarlo consigo con la parroquia repleta de personas. Ellas, y quienes no asistimos al funeral que estaba celebrando, estamos conmocionados y conmovidos. A ver si también “removidos” para continuar su misión y llevar, con nuestro diario quehacer, allá donde vayamos, la Buena Noticia. Antes de que se nos haga tarde. No sabemos el día ni la hora. No hay tiempo que perder.
      Un abrazo grande!

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