‘Los muertos no se van del todo’, por Pedro Paricio

El próximo martes 2 de noviembre es el Día de difuntos, fecha dedicada por antonomasia al recuerdo de los antecesores fallecidos. Esta conmemoración lo es también de la presencia de la muerte en nuestra vida. Su realidad no es solo una inevitable exigencia natural ligada a todo lo que nace. Desde la perspectiva trascendente que ofrece la fe en Dios, la muerte se muestra además como la condición de acceso a una vida superior. Si la existencia se manifiesta por medio de un proceso que adopta distintos estados y habita diferentes dimensiones, la muerte no tiene la palabra definitiva en este tránsito del ser de una a otra fase. Conlleva ciertamente el descenso extremo en la fragilidad de nuestra condición sensible, pero supone también la elevación de esta hasta alcanzar la vida sobrenatural.

No obstante, cuando se está en la edad en que pesa más lo vivido que lo por vivir y, con ocasión de aquella celebración, se echa especialmente la vista atrás, no se puede sino experimentar una inevitable turbación: por dondequiera que miremos, nuestra mente contempla una multitud de rostros de difuntos, los de todas aquellas personas –familiares, amigos, compañeros, conocidos…– que poco a poco han ido desapareciendo de nuestro mundo. 

Pero, sobre todo en el caso de los seres más queridos, su defunción nos hace oscilar entre el dolor de su pérdida y el íntimo pálpito de que no están definitivamente muertos, de modo que su ausencia no nos parece absoluta. No es de extrañar este fenómeno, si se tienen en cuenta no sólo los años de convivencia compartidos con ellos, sino lo mucho que les debemos en todos los sentidos.

Conviene recordar al respecto las lúcidas ideas de Blasco Ibáñez (1867-1928), cuando en su obra ´Los muertos mandan` escribió: “En el punto de luz de nuestros ojos arde el alma de nuestros abuelos, así como en las líneas de nuestras facciones se reproducen y reflejan los rasgos de generaciones […]. Creemos pensar por cuenta propia, y en las circunvoluciones de nuestro cerebro se agita una fuerza que ha vivido en otros organismos, semejante a la savia del injerto que lleva la energía desde los árboles seculares y moribundos a las plantaciones nuevas. Lo que decimos a veces espontáneamente, como última novedad de nuestro pensamiento, es una idea de los otros enquistada en nuestro cerebro desde el nacimiento, y que de pronto rompe su envoltura”.

De ahí que todo lo heredado –leyes, moral, costumbres, gestos, tendencias, aficiones…– es “obra de los desaparecidos, que se sobreviven en nosotros […]. El alma de los muertos llena el mundo. Los muertos no se van”. Por ello, es explicable que, en muchos trances de la existencia cotidiana, sintamos su presencia e incluso la impresión de estar aún bajo su autoridad y predicamento, como si ellos siguieran viviendo en nosotros y nosotros de ellos. En verdad, los vivos no estamos solos nunca. Al menos, nos rodean nuestros predecesores muertos y, como estos son incontables, gravitan sobre nuestra existencia e imponen su predominio numérico: “se los encuentra en todas partes, tienen ocupadas todas las avenidas de nuestra existencia, y nos salen al paso para recordar sus beneficios”.

Se comprende de este modo que la costumbre de honrar a los difuntos sea una práctica universal tan antigua como la humanidad. Más aún, desde los primeros tiempos del cristianismo, los creyentes experimentamos la unión de quienes todavía peregrinamos en esta tierra con aquellos que durmieron en la paz de Cristo, de manera que no solo no se interrumpe el vínculo entre unos y otros, sino que se refuerza con la comunicación de bienes espirituales.

De una u otra forma, puesto que se muere para vivir, lo que importa es acoger la muerte como lo que es; transitar por esta existencia con la dignidad que nos haga merecedores de la vida definitiva; y, en el caso de nuestros difuntos, además de recordarlos siempre, pedir para ellos la infinita misericordia de Dios y, gracias a los méritos que adquirieron en esta vida, implorar su intercesión en nuestro favor.

7 comentarios en “‘Los muertos no se van del todo’, por Pedro Paricio

  1. Como siempre, una gozada leerte. No puedo menos que agradecer el esfuerzo que realizas en cada escrito, porque nos hace detenernos y reflexionar en un mundo tan lleno de agitación que a veces te atrapa en su continuo movimiento. Un fuerte abrazo.

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    • Muchas gracias, Luis. Pero en este caso, el autor no soy yo.
      Así que le dirijo, le derivo a Pedro Paricio todas esas palabras que él bien merece. Me alegra mucho saber de ti! Un abrazo grande!!

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  2. Buenas noches
    Mis padres fallecieron hace ya unos cuantos años, aunque siempre los tengo presentes por cualquier motivo; el postre preferido de mi padre o una frase que yo repito como hacía mi madre ante determinadas circunstancias. De verdad que quisiera creer firmemente que algún día me reuniré con ellos de nuevo lo mismo que con las amistades que se han ido quedando por el camino y a las que también echo de menos.

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