‘Charlatanería, habla y silencio’, por Pedro Paricio

No lo conocí en vida: ni yo ni ninguno de los españoles que nacimos a partir de la segunda mitad del pasado siglo. Pero, por lo que me contaron mis abuelos, llegó a ser uno de los entrañables personajes que poblaron mi universo infantil. Me refiero al singular León Salvador (1874-1949), que, con su legendaria labia, llegó a ser durante varias décadas el más famoso charlatán de la España profunda.

En olor de multitud, este vallisoletano de La Pedraja de Portillo recorría todas las ciudades en feria: Valencia en marzo, Sevilla en abril, Madrid en mayo, Pamplona en julio, Bilbao en agosto… Bien trajeado, con corbata y sombrero y un lápiz en la oreja, se subía a una tarima profusamente iluminada con dos grandes bombillas y, escoltado a derecha e izquierda por dos viejas maletas en las que se encerraban todos sus efectos, difundía a los cuatro vientos la venta de sus famosos relojes y leontinas –´todo en oro de ley´–, pulseras, paraguas, brochas y cuchillas de afeitar, lápices y pitilleras que le dieron fama y dinero.

Pero, como toda habla que se expresa en sonidos, el desparpajo de León Salvador no hubiera tenido ningún valor si los oídos de sus oyentes no hubiesen sido capaces de sentir y discriminar dichos sonidos en las frecuencias correspondientes al habla. Este complejo proceso –fisiológico y psicológico a la vez– se ha producido, durante los últimos 40.000 años, gracias a la evolución de los genes asociados a la audición. Más aún, la adaptación de nuestro oído es continua: sigue produciéndose a fin de mejorar sus habilidades y su conocimiento y relación con el entorno.

Esta providente sabiduría de la que está dotado el organismo humano se me antoja en buena medida desperdiciada cada vez que, hoy en día, nuestra capacidad auditiva debe desentrañar el contenido de las múltiples tertulias políticas de la actual televisión, que se han hecho recurrentes en distintas franjas horarias de la parrilla de programación. Cuando me detengo en alguna de ellas, además del recuerdo del proverbial León Salvador, mi mente evoca el título de la famosa comedia de Shakespeare (1564-1616) ´Mucho ruido y pocas nueces´. Y es que algo semejante a lo significado en la denominación de esta farsa teatral es lo que sucede en bastantes coloquios de nuestro país.

Debatiéndose entre la opinión y el ruido mediático, se han convertido en espacios de autoafirmación de las ideas de sus participantes, de mediación política del canal en el que aparecen o de manipulación ideológica por parte de quien lo financia. Con momentos de excepción, representan un exponente más del proceso de degradación social y política en el que se ha sumido nuestra nación: en ellas no abunda la opinión serena, el análisis riguroso, la tolerancia hacia quien mantiene una posición diferente, ni siquiera a veces el respeto al turno de palabra. Por el contrario, dominadas por discusiones que no conducen a nada, resultan escandalosamente bulliciosas, espectáculos morbosos donde –con fanática exasperación, cinismo y voluntad de enfrentamiento– se habla sin pensar y sin escuchar. Por ello, alejarse en ocasiones del “mucho ruido y pocas nueces” de estos debates es una cuestión de pura higiene mental.

Pero esto no basta: se hace inevitable pedir a los protagonistas que integran dichas tertulias que, además de evitar siempre las malas maneras, hablen solo de aquello que conozcan bien y, con el poder de penetración de la palabra sosegada, aporten dignidad a su convicción y eficacia al debate. Se requiere la adopción de una calma que nos aparte de las voces acaloradas por la pasión y el fragor de la inmediatez.

Es así como, desde su desnudez –libre del desasosiego del estrépito–, salta la palabra a las entrañas de quien escucha. Es entonces cuando se muestra la energía transformadora que, poco a poco, renueva a la persona y la aboca al misterio de los límites del lenguaje y del mundo: es la llegada a los umbrales de lo profundo, la incursión en el corazón palpitante de cuanto existe, donde la inteligencia atisba posibilidades insospechadas. Es el silencioso periplo que, al llenarnos interiormente de plenitud, nos lo dice todo sin hablar nada.  

 

Un comentario en “‘Charlatanería, habla y silencio’, por Pedro Paricio

  1. Aparte de la mala educación y falta de respeto, que es lo peor, que destilan las tertulias mediáticas que citas, se añade otro nefasto factor no menos grave: la desinformación que producen. Habrá que darle la razón al autor de la conocida frase: “Si no lees el periódico, serás un desinformado; si lees el periódico, serás un mal informado”; autor de difícil identificación, parece ser, ya que diversas personas se la atribuyen a Mark Twain, Denzel Washington, y hasta a una cardenal español de la postguerra.

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