Llorar es de valientes

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Te escribo desde la esperanza.

Y desde la capital navarra. En una tarde -por cierto- lluviosa, gris… Me crees ¿verdad? Con la confianza -eso sí- de que va a salir el sol ¡y hasta el arcoíris! Y ¿en qué baso mi fe?, te preguntarás.  ¿Acaso no has oído eso de que ‘si no te gusta el tiempo en Pamplona, no te preocupes: cambia enseguida?’. Pues, ea, que saldrá el sol.

Cuando era muy niño, por cierto, alguien me contó que, cuando llovía, eran los angelitos, que lloraban. Se me quedó grabado.

Lo recordaba cuando, hace escasos meses, bajo la lluvia, precisamente bajo la lluvia,  observaba al papa Francisco caminar en aparente soledad por la plaza de San Pedro hacia el atrio de la basílica.

Veíamos a un papa renqueante, mayor, dolorido y -aparentemente- solo. Pero, no era así. Nos llevaba a todos; le acompañábamos muchos mientras se dirigía a impartir su extraordinaria bendición “Urbi et orbi”. Y a otorgar la indulgencia plenaria al mundo entero… Desde una plaza insolitamente vacía en la que, sin embargo, se concentraban millones de miradas. Y de corazones.

Mucho había de excepcional en ese acto que… ni la lluvia quiso perderse. Como si Dios -El mismo que nos acompañaba en la Custodia- no hubiera podido reprimir su llanto, compadecido ante el sufrimiento de sus hijos.

Lloraba el papa, no sé si por fuera, pero sí por dentro. Y suplicaba ante los efectos devastadores del Covid-19: «Señor, no nos abandones». Lo hacía, desde la seguridad de que había que pedirlo. Y desde la certeza de que el Señor estaba y siempre estaría a nuestro lado.

Hace ya años, el papa Francisco subrayaba ante muchos jóvenes en Manila que al mundo de hoy le falta llorar, porque algunas realidades solo se ven con los ojos limpiados por las lágrimas.

Y les animaba a preguntarse si habían aprendido a llorar cuando ven un niño con hambre, abusado, drogado, un niño usado por una sociedad como esclavo.

“Aprended a llorar”, les animaba. Y advertía de que quien no aprende a llorar, no es un buen cristiano. Concluía así: “¡Sean valientes, no tengan miedo a llorar!”. Como lo hizo Jesús, ante su amigo Lázaro.

Si Él ha llorado, señalaría posteriormente el santo padre, “también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de Jesús es el antídoto contra la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas”.

El sumo pontífice nos exhortaba recientemente, en fin: “Señor, que yo pueda llorar contigo, llorar con tu pueblo que está sufriendo en este momento. Muchos lloran hoy. Y nosotros… pedimos la gracia de llorar”.

En estos tiempos tan duros de pandemia, hemos visto el rostro de Dios en los ancianos; entre los enfermos que conocíamos, o adivinábamos; lo hemos visto en sus familias; y en las de de los fallecidos (no son cifras); Lo hemos visto en quienes rezaban; en los profesionales de la Sanidad, que se entregaban sin contar las horas, sin contar los días, desprovistos de corazas y pertrechados de coraje, profesionalidad y entrega; también en policías o soldados que perdían, jóvenes, a un compañero; en reponedores o cajeros de un supermercado, al pie del cañón para que otros comieran. Lo hemos visto en las monjas, con sus residentes; en los sacerdotes que, también con grave riesgo, curaban el alma y hasta daban la mano a quien se despedía.

Hemos llorado, de pena… ¡Y de alegría! Júbilo por los que salvaban, por quienes se reponían, por ver tanta buena gente entregada a los demás… por esa generosidad -y ese sentimiento de fraternidad- que brotaba a borbotones por cualquier rincón.

Ese darse a los demás, si eres capaz de palparlo, puede hacer que broten en ti las lágrimas… Y la esperanza.

No te reprimas: ¡Llorar es de valientes!

(Publicado en Mundo Cristiano, junio 2020)

¿Me ayudas a difundir?

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