‘La perversión imaginativa’, por Pedro Paricio

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´Madame Bovary´, la famosa novela de Gustave Flaubert (1821-1880), ha representado toda una peculiar forma de entender la existencia: la de quien, nacido en un determinado ambiente y educado en otro muy distinto, se instala imaginariamente en este último, abriendo un insalvable abismo entre la ensoñación de sus deseos y la frustración de una realidad en la que no encuentra más que sinsentido.

Es lo que le sucedió a Emma Rouault –protagonista de aquella célebre obra–, que, siendo hija de un pequeño propietario rural pero educada en los usos y costumbres de la burguesía francesa de su tiempo, se casó con Charles Bovary, un médico gris y de escaso temperamento. Agobiada enseguida por la mezquindad del entorno, el ansia de realización personal le llevó al desenfreno de su cultivada imaginación romántica, para la que no existía más mundo que el de la ensoñación amorosa en brazos de un amante extramarital. Incapaz de darse cuenta de que jamás podría encontrar lo que anhelaba –la vida no es como le enseñaron–, se reafirmó una y otra vez en su búsqueda de lo imposible porque, de no conseguirlo, la existencia carecería de sentido para ella. Enajenada por la reiterada insatisfacción de sus aspiraciones, la frustración crónica en que se convirtieron sus días –propiciada por sus propios errores– no le ofreció más salida que el suicidio.

Es evidente que este drama personal se dio en la ficción literaria, pero su desarrollo no es ajeno a la evolución de la imaginación cuando esta facultad no es bien dirigida y su actividad queda fuera de todo control. Como capacidad de nuestra mente, la imaginación produce representaciones internas, las combina y opera con ellas en situaciones lejanas en el espacio y en el tiempo. Aunque adolece de regularidad y rigor cognoscitivo, la concreción y flexibilidad de sus imágenes permite revivir con singular detalle la memoria del pasado, dota de un elevado grado de afectividad y fuerza al conocimiento y aporta la base sensorial de superiores procesos abstractivos. Este complejo flujo de la imaginación deja que se inyecte en el pensamiento la dosis de fantasía necesaria para el surgimiento de la creatividad. Su acción iluminadora abre a la mente una nueva ventana contemplativa, aquella que, en el terreno de la investigación científica, llevó a afirmar a Einstein (1879-1955) que “si no fuera por esa iluminación interior, el mundo no sería sino un montón de basura”.

Sin embargo, apta para representar mentalmente algo que no existe o no está presente en la realidad, esta plataforma inventiva puede turbar el entendimiento, la memoria o  la voluntad, hasta el punto de parecer “un loco furioso que nadie le puede atar” –en expresión de santa Teresa de Jesús (1515-1582)–, de modo que, cuando llega un momento en que la inteligencia es convencida de la bondad de los objetos imaginados, la voluntad se apresura por hacerlos realidad.

Por ello, quien –como Madame Bovary– da rienda suelta a las quimeras de la fantasía y otorga valor absoluto a lo que no tiene más que una estimación relativa, no hace sino desequilibrar la aguja de la balanza existencial en razón de su perversión imaginativa. Y esto, además de describirse en la mera narración literaria, se revela también en la cotidianidad de muchas vidas reales que tienen –incluso– trayectorias muy diferentes. En su apariencia externa, nada tuvo que ver la figura de Emma Rouault con la de, por ejemplo, el intelectual rumano Emil Cioran (1911-1995). Sin embargo, ambos se encontraron afectados por el mismo síndrome.

Este pensador, que vivió una infancia feliz (a pesar de estar intensamente marcada por el ambiente religioso de la sociedad en que se crió y por la especial influencia de su padre, pope ortodoxo), al llegar a la adolescencia, se consideró a sí mismo agnóstico, alcanzando su descreimiento –en el que se instalaría ya para siempre– un carácter compulsivo en su etapa universitaria como estudiante de filosofía. Sin embargo, además de ser seducido por la voluntad de absoluto de los totalitarismos del momento, estuvo obsesionado también –durante el período inicial de su vida literaria– por un mal entendido misticismo, aunque, si se tiene en cuenta el ateísmo confeso de este autor, su actitud hacia ese fenómeno religioso se quedó solo en la alharaca de su manifestación, sin llegar a lo esencial, que es la unión con Dios. El joven Cioran aprendió a despreciar la vida presente, a considerar a la muerte como su mejor aliada, a dejarse atraer por la idea del suicidio y a envolver su reflexión en una atmósfera de amargura y tormento.

Aun siendo formas diferentes de perversión imaginativa, el delirio amoroso a lo Bovary o la desabrida quimera a lo Cioran no conducen sino al paroxismo de la frustración perpetua. ¿No será que el recorrido de la imaginación debe transitar por el cauce del ordenamiento del alma humana al Ser Supremo que la habita y diviniza? ¿No es esta senda trascendente la única capaz de despejar la encrucijada existencial de una fantasía que bascula entre el absurdo de un mundo sin sentido o la gloria de una vida definitivamente transparente?

 

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