‘Tiempo de recordar’, por Pedro Paricio

Una vez más, la generosidad de mi buen amigo Pedro se hace presente en Dame tres minutos: con hechos; con palabras escritas, contantes y sonantes. ¡Y qué bien suenan, por cierto, cuando las lees! ¡Cómo disfrutas viendo cómo Pedro va hilvanando una palabra tras otra hasta consumar un gran texto!

Aquí os dejo con él, añadiendo solo, desde el corazón, un muchas gracias, amigo”, de obligada respuesta.

‘Tiempo de recordar’, por Pedro Paricio Aucejo

En mi etapa de estudiante de bachillerato –allá por la segunda mitad de la década de los años 60 del siglo pasado–, la llegada de las últimas jornadas de octubre introducía una ruptura en mis rutinas como espectador de la cotidianidad de la barriada en que residía. La proximidad del 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, provocaba el incesante desfilar de mujeres que, en su afán de preparar el arreglo de las tumbas de los familiares ya desaparecidos, transitaban las calles aledañas al cementerio municipal en un incesante ir y venir. Pero el cogollo de esta celebración se iniciaba ya en la mañana del 1 de noviembre, día de Todos los Santos, en que, aprovechando su carácter festivo, ríos de gente visitaban los lugares donde reposaban los restos mortales de sus seres queridos, depositaban flores en sus sepulturas, se recogían en respetuoso silencio y oraban por su descanso eterno. Finalmente, llegado el conocido como ´día de almas´, las campanas de las iglesias tañían a muerto desde primeras horas de la mañana y numerosas misas, presididas por un catafalco funerario próximo al altar, se celebraban hasta el anochecer con masiva asistencia de fieles.

Desde la realidad descrita en esta evocación juvenil han transcurrido muchos años y, con su paso, la evolución de nuestra sociedad ha desencadenado la pérdida de cierta intensidad en el ritual de algunas de aquellas costumbres. Sin embargo, hoy –fecha en que conmemoramos a nuestros antecesores fallecidos–, por encontrarme personalmente en esa edad en que pesa más lo vivido que lo por vivir, experimento con inusitada fidelidad lo acontecido a la protagonista del relato ´La mitad del alma´, de la escritora Carme Riera (1948), que, al mirar hacia atrás, contemplaba sobre todo rostros de difuntos: “Las personas que me habían rodeado cuando era pequeña, no solo la familia o los amigos de mis padres, sino vecinos, gentes del barrio con las que me encontraba yendo o volviendo del colegio, guardianes de un orden diminuto y doméstico, habían ido desapareciendo porque ya les tocaba. Pero a pesar de ser ley de vida, como dice la gente, su constatación produce una sensación de terrible trastorno”.

Quizá esta emocionada confusión expresada por la autora mallorquina sea fruto del choque entre la engañosa inmortalidad con que se vive en la infancia y la ausencia permanente de los fallecidos en el orbe íntimo de lo cotidiano. Y ello sucede a pesar de que, en el caso de los familiares más directos, su desaparición hace oscilar al ser humano entre el dolor de su pérdida y el íntimo pálpito de que no están definitivamente muertos, pues los sentimos como si ellos siguieran viviendo en nosotros y nosotros de ellos. Sin duda, aquella perturbación se agrava todavía más con los múltiples escrúpulos sociales –miedos ancestrales, supersticiones…– que han enmarañado secularmente la realidad de la muerte, propagando en nuestra cultura una noción empobrecida de ella hasta tergiversar la grandeza de su auténtico sentido.

Desde la perspectiva trascendente de la vida aportada por el cristianismo, la muerte no es solo una inevitable exigencia natural: se da en función de la vida. Y esta no es sino la manifestación del mismo ser a través de un proceso que adopta distintos estados y habita diferentes dimensiones. En este tránsito de un estado del ser a otro, la muerte no tiene la palabra definitiva: conlleva ciertamente el descenso extremo en la fragilidad de nuestra condición sensible, pero supone también la elevación de esta hasta alcanzar la dimensión de una vida superior.

Así contemplada, la muerte no supone una conclusión del vivir. Puesto que hay algo en nuestra vida que es eterno y que no acaba cuando todo parece terminar, se vive más cuando la muerte se presenta, pues se revela entonces que el destino del hombre es vivir eternamente. Si no fuera así, de modo que la vida natural no condujera a la trascendencia, abocaría en el desamparo de la nada. Es en este contexto en el que se comprenden el grito desafiante de Jorge Guillén (1893-1984) “¡Muerte: para ti no vivo!” y la intuición de Unamuno (1864-1936) de que jamás se ha sentido Dios más creador que cuando –al destruir la muerte con la resurrección de Cristo– restableció la plenitud de la Vida y evidenció que no es Dios de muertos sino de vivos. Desde entonces la vida no está unida definitivamente a la muerte. No es el final de todo, sino la manifestación del último paso temporal hacia la vida definitiva.

Si morimos para vivir, a la hora de recordar hoy a nuestros difuntos, lo que importa –junto a una recogida visita en sus cementerios– es pedir para ellos la infinita misericordia de Dios, sin la que no hay salvación eterna para nadie; experimentar su unión con quienes todavía peregrinamos en esta tierra; y, gracias a sus méritos adquiridos en esta vida –especialmente en el caso de los seres ya glorificados–, implorar su intercesión en nuestro favor.

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