“Intelectualidad e inteligencia”, por Pedro Paricio Aucejo

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Hoy vuelve a Dame tres minutos un amigo, Pedro Paricio Aucejo, que -además de regalarnos este interesante post, para ser leído y releído- sabe cuándo echar un capote (y no me refiero al final de esta nueva entrada del blog).

Mañana tengo una boda a la que no puedo faltar… y él quiso facilitar el cumplimiento de mi compromiso contigo que sigues esta bitácora, con que pudiera centrarme en lo que celebraba.

Así que… miel sobre hojuelas. Os dejo con Pedro, a quien -una vez más- no puedo sino agradecerle su regalo y su amistad.

Tuya es la palabra, amigo Pedro.

“Intelectualidad e inteligencia” , por Pedro Paricio Aucejo.

En Grandeza y servidumbre de la inteligencia –lección magistral pronunciada en la madrileña Residencia de Estudiantes de los años veinte–, Eugenio d’Ors (1881-1954) explica la pretensión que, a partir del siglo XIX, experimentó el intelectual por alcanzar una profesionalidad de la inteligencia que le llevara a la grandeza sin las sujeciones de la servidumbre a que se vio sometido en su larga peripecia histórica. Sin embargo, frustrado este sano deseo, “curvada la espalda por una secular fatiga, pero también –dirá el genial catalán– ungida la frente con una luz inmortal”, el destino del intelectual se sintió apremiado después por nuevas servidumbres: la de la absolutización de la razón, de la ciencia, de la materia, del Estado, de la conciencia…

En nuestros días, su opresión es la derivada del alejamiento corporativo de cualquier propuesta en torno a la cuestión de Dios. Alimentada por la sociedad del bienestar, esta actitud del intelectual se ha impuesto como cosmovisión ambiental con la misma naturalidad con que se asienta en la vida lo cotidiano. Lo que resulta extraño hoy es ocuparse del Dios vivo, creador y constitutivo del mundo, compañero del hombre en su existencia, fuente de su libertad, dinamizador de su vida, futuro último de su historia, fundamento de su esperanza y razón de una praxis moral encarnada en su fe en Él.

Hay que aclarar que, si se ejerciera tal quehacer, ello no supondría que las solas energías de la inteligencia humana permitirían un satisfactorio acceso científico al misterio de Dios. Más bien, cuando se llega a un punto en su investigación, dada la trascendencia del objeto a estudiar, se toca techo en el mero tratamiento intelectual de esta cuestión, de modo que no solo no se aclara su visión al respecto sino que se emboza con las nieblas del entendimiento, pues éste, “si entiende, no puede comprender nada de lo que entiende”, en palabras de santa Teresa de Jesús (1515-1582). Es entonces cuando el intelecto ha de dejar paso a la contemplación mística, que –por su carácter trascendente– permite la posesión entrañable y misteriosa de la verdad divina para aquellos que se hallan en perenne comunicación con ella.

Sin embargo, a pesar de estas dificultades, es Dios –en mi opinión– el interrogante esencial de la mente humana, que, en su afán de comprender y razonar, pone a la persona ante la encrucijada de la existencia como misterio. Así, el intelectual que profundiza en la búsqueda del sentido último de todo cuanto investiga no puede quedarse en la superficialidad del dato, ni en la parcelación estanca de la realidad. Alentado por una inquietud de trascendencia, contempla cada objeto de estudio como un microcosmos que, aun siendo diferente de otro, es compatible con cualquiera, pues es una misma la huella impresa en el universo entero. Un intelectual de este tipo no puede silenciar el hálito que anida en la naturaleza humana, de forma que, aun sintiéndose en minoría, es consciente de que no debe abdicar de su identidad específica. Su testimonio de luz que, en la tiniebla del no-saber, facilita a los demás el acercamiento a Dios, le impide someterse a los dictados de lo mayoritariamente correcto.

No obstante, si tenemos en cuenta el neopaganismo que impregna la sociedad actual, no resulta extraña la presencia dominante del intelectual líquido –aplicando la terminología de Zygmunt Bauman (1925-2017), en cuyo pensamiento queda diluido el afán por las preguntas últimas. Capaz de usar las mejores ideas para fundamentar el fetichismo positivista, su acidez mental corroe el cauce por el que han fluido las inquietudes intelectuales de otros tiempos: la preocupación por el problema de Dios como cuestión estructural del ser humano, ya se trate desde la perspectiva de quien niega su existencia o desde la del que se compromete responsablemente por causa de su fe. Sin asidero espiritual auténtico, hoy en día el intelectual desconecta al hombre de lo divino, le priva de su fuente privilegiada de conocimiento y, amputando la integridad de su ser, malogra su humanidad.

De ese modo, la evolución histórica de la intelectualidad con respecto al estudio de Dios remeda en buena medida lo que –según cuenta el escritor Manuel Chaves Nogales (1897-1944)– le sucedió profesionalmente a un banderillero de la cuadrilla de Juan Belmonte (1892-1962). Hasta el comienzo de nuestra última guerra civil, el mítico torero contó en su terna con la presencia de Joaquín Miranda (1894-1961), quien, después de la contienda, ocupó, además del control de otras instituciones, el cargo de gobernador civil en Huelva. A este, en ejercicio de su rango, le correspondió presidir un festival benéfico al que asistía Belmonte, quien, en su transcurso, fue interpelado por un amigo suyo que le acompañaba, lego en tauromaquia pero sabedor de los rumores que circulaban acerca del gobernador: –“Don Juan, ¿es verdad que ese hombre fue banderillero suyo?”, le preguntó. –“Sí”, contestó lacónico el héroe de Triana. El amigo, desconcertado, volvió a la carga: –“Don Juan, ¿y cómo se puede llegar de banderillero de Belmonte a gobernador?”. El maestro, con la peculiaridad de su habla y la inteligencia que le caracterizaba, respondió: –“Pues ¿cómo va a ser? Degenerando, degenerando…”.

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2 comentarios en ““Intelectualidad e inteligencia”, por Pedro Paricio Aucejo

  1. Muy interesante. Entiendo yo, con temor a equivocarme, que este y no otro es el verdadero pecado original: el interés por el conocimiento prescindiendo de Dios. Ser superiores no necesitando a nada ni a nadie, ni a Dios. La soberbia, el mayor de los pecados. Pecado que nos saca del paraíso, que nos aleja de Dios, del amor a los demás: nos degenera hasta reconoceros en definitiva desnudos. Hay una gran esperanza: al salir del paraíso Dios nos viste. Él no abandona.

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