‘Divulgar para investigar’, por Pedro Paricio Aucejo

Pedro Paricio Aucejo –un gran valenciano, de padre aragonés y casado con una navarra- vuelve, para nuestra fortuna, a Dame tres minutos. Lo hace, una vez más, con una cabeza muy bien amueblada y la generosidad… a manos llenas. De cómo escribe no voy a decirte nada, pues ello se constata cuando le lees y disfrutas.

Hoy nos trae un interesante post, con el que te voy a dejar.

Antes, te voy a hacer una pequeña confidencia: disiento en una concreta palabra… en un gentilicio, de esta entrada del blog: cuando Pedro se refiere a Ramón y Cajal como aragonés. Se lo he dicho, le he trasladado mis argumentos y él, a su vez, me ha dado los suyos. Siempre he reivindicado –y reivindico- la condición navarra de aquel. Pero no vamos a discutir: el post lo ha hecho Pedro y… ya sabes que en Dame tres minutos no cambiamos una coma de lo que un colaborador escribe. Pero que conste.

Y que conste, también, que estas cosas nunca afectan a una amistad que es sincera.

Gracias de corazón, amigo Pedro…

Te dejo con su post.

‘Divulgar para investigar’, por Pedro Paricio Aucejo

La existencia resulta problemática y el mundo se presenta a todo hombre sensato como una cuestión que es preciso resolver. Para el que ignora, todo es misterioso, por lo que al ser humano le desborda lo desconocido pero también le seduce. Como succionada por un místico torbellino cósmico, nuestra vida se ve arrastrada por lo inexplorado. En ella, el misterio aparece como una nebulosa interminable cuyo interior emite notas profundas que envían atractivas comunicaciones, como si lo enigmático llevara en sí mismo el germen de su propia resolución. Aunque el ser humano sigue sin poder desvelar todo lo que hay oculto en este mundo, en los dos últimos siglos se ha logrado saber mucho de él gracias a la ciencia.

Su capacidad de esclarecimiento y explicación de lo que antaño parecía arcano la ha convertido en un especialísimo instrumento para hacer accesible una porción del universo, ampliar la visión que de él se tiene y multiplicar las posibilidades de intervención en él. Pero hay que tener presente que el conocimiento científico es el producto final de un largo proceso de investigación en el que se pueden interponer multitud de factores que condicionen la eficiencia investigadora y, consiguientemente, el progreso de la ciencia.

Aunque la actual sociedad española está lejos del unamuniano ‘¡que inventen ellos!’ y se ha avanzado mucho al respecto, la tendencia generalizada en nuestros días al éxito fácil y rápido hace que resulten distantes los tiempos en que se valoraba colectivamente la utilidad social del saber y la perseverancia de una férrea voluntad curtida en la sencillez de la vida retirada, que constituyen algunos de los anclajes deontológicos de la investigación científica y que fueron poseídos en grado sumo por Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), prototipo español y universal del hombre de ciencia.

Su brío para arrostrar obras de altura no se fundamentó solo en su ingenio, habilidad científica y poder de observación, sino en una rica intimidad (“la bulliciosa colmena que todos llevamos dentro”) cultivada desde joven (“menguado tesoro interior posee quien necesita a toda hora, para sentirse vivir, del tumulto de la calle, de la emoción del teatro o de la murmuración de la tertulia… Vive de ti mismo, y aun ensimismado, si te ocupas en la ciencia”); en el arraigo existencial de su vocación investigadora (“toda la felicidad posible, en este bajo mundo, se cifra en cultivar aquel modo de actividad para el cual nos sentimos con vocación y aptitudes”); en la convicción de la utilidad social del saber (“concluida la ardua labor, seremos olvidados; pero algo nos consolará el considerar que nuestros descendientes nos deberán parte de su dicha y que, gracias a nuestras iniciativas, el mundo resultará un poco más agradable e inteligible”); y en una capacidad de trabajo llevada hasta el extremo (“como la vela al arder, el entendimiento humano alumbra quemándose, consumiéndose y derramando lágrimas”).

Con esta forma de pensar y las aptitudes del genial aragonés no es extraño que la magnitud de sus realizaciones fuera inmensa y difícil de emular. Además, es indudable que los tiempos han cambiado… Entre otras razones porque la complejidad técnica del saber y su inevitable especialización han comportado que, hoy en día, la ciencia –a pesar de su inmensa repercusión en la vida cotidiana– se haya convertido en un territorio desconocido incluso por muchas personas cultas. Para acceder a sus entresijos resulta necesario un previo proceso de familiarización con ella, según el cual los más remotos descubrimientos de la ciencia se hagan tan cercanos y cómodos como lo son los acontecimientos reflejados en la literatura o en el arte. Esta habituación generará a su vez la avidez natural de conocerla, que es la mejor actitud para mover internamente el ánimo y afianzarlo en un estudio continuado y sistemático.

Es la tarea que compete a la divulgación científica, fomentada en las últimas décadas por prestigiosos comunicadores como Jacques Cousteau (1910-1997), en el ámbito del mar y las formas acuáticas de vida; Carl Sagan (1934-1996), en el de la cosmología; o nuestro añorado compatriota Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980), en el área de la fauna, la flora y el ecologismo. La difusión de las publicaciones enciclopédicas del ‘amigo de los animales’ y la audiencia de sus series televisivas –seguidas por varios cientos de millones de personas en diversidad de países y continentes– abarcó todas las edades y condiciones del espectro social. Pero su legado no se redujo a la repercusión de su inmensa popularidad en el gran público, sino a la impronta vocacional con que su carismática personalidad marcó la vida universitaria durante varias promociones académicas. Según el también naturalista Joaquín Araújo (1947), colaborador suyo, el 70% de los estudiantes de Biológicas entrevistados en 1983 eligieron esta carrera por la influencia del famoso doctor.

Como la protagonizada por estos y otros competentes expertos, una adecuada divulgación científica –forjada en la apasionada atracción por la vida, en la necesidad de comunicar con deleite su conocimiento y en el afán de perpetuarlo y acrecentarlo– es la mejor garantía para fijar las raíces sociales y afectivas que sustentarán el frondoso árbol de la futura investigación científica.

2 comentarios en “‘Divulgar para investigar’, por Pedro Paricio Aucejo

  1. Muy interesante este artículo a favor de la divulgación científica. Sin pretender ahondar en la disidencia sobre si Ramón y Cajal era aragonés o navarro, me gustaría compartir una anécdota que me sucedió en la visita a un notario en Madrid. He de decir que soy natural de Ejea de los Caballeros, Zaragoza, una capital de comarca más próxima a los linderos navarros que a los aragoneses. En parte, mi educación de estudios superiores se produjo en la Universidad de Zaragoza, pero luego continuaron por la de la Complutense, la Autónoma de Barcelona, y hasta la de Valencia. Pues bien, como aragonesa afincada en Madrid desde hace treinta y un años, hace un tiempo fui a un notario de la Comunidad por cuestiones testamentarias. Hablando de mi sentimiento patrio y aragonés, en un momento de la conversación, tuvo a bien comunicarme que si llevaba más de diez años residiendo en la Comunidad de Madrid, yo era castellana y no aragonesa. Ante tamaña sorpresa, y no queriendo despreciar la gentileza de ser castellana, lo único que se me ocurrió preguntarle para zanjar la cuestión es si aún siendo castellana, podía elegir libremente ser enterrada en el lugar que me vio nacer, a lo que el notario no opuso pega alguna. Y así, siendo castellana por ley y adopción, hay algo dentro de mí que me invita a responder que mis sentimientos son de Aragón. No sé si tendrán algún valor, pero mis sentimientos, míos son. Un abrazo José y mil gracias por tu blog.

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