Buscar el encuentro. Calmar la Educación

Esta es una entrada redactada por mi parte hace ya tiempo, bastante tiempo… (antes de que se imaginara la moción de censura a Mariano Rajoy…); un post que Educación Abierta me publicó el 1 de junio de 2018. Algo ha llovido desde entonces… pero no poco de lo dicho debería subrayarse, aún, hoy. O mejor, precisamente, en estos tiempos que corren…

Puedes leer el artículo original en educacionabierta.org/3803-2/

¡Me interesa tu opinión!

Aquí te dejo mi reflexión:

#CalmarEdu nº90. La falta de impulso político y de un marco normativo adecuado no evitará la transformación de la educación, pero la retrasará, generando a su vez un incremento en la desigualdad.

 

Desde la Asociación Educación Abierta presentamos en su día lo que vinimos en titular “101 ideas para Calmar la Educación”. La de arriba es la nº 90.

Se trata de un documento elaborado sin precipitación, a lo largo de un año, con más de dos centenares de participantes presenciales y más de 4.000 aportaciones online.

Es, además, un documento abierto que pretende seguir evolucionando. 

Calmar la Educación se nos ofrece como una oportunidad para pensar juntos sobre la educación en España. Y aquí va mi modesta posición -no es solo propia, sino que, además, ha buscado ser participada con diversos miembros de la comunidad educativa-relativa a la idea número 90.

Se nos plantea: “La falta de impulso político y de un marco normativo adecuado no evitará la transformación de la educación, pero la retrasará, generando a su vez un incremento en la desigualdad”.

Es cierto que no habrá nada ni nadie que pueda impedir la necesaria transformación educativa.  La realidad se impone. Miles y miles de maestros y profesores se afanan, día a día, en una labor callada pero fructífera, para que el servicio que ofrecen a sus estudiantes esté siempre a la altura de sus necesidades, del interés de las familias de los alumnos y del de nuestra sociedad.

A ello se dedican con tanta discreción como profesionalidad y ahínco… Y, como luego señalaré, en buena medida, “la educación pasa en la escuela”, en la comunidad educativa. Así se demuestra cuando, incluso ante un idéntico o muy similar marco normativo, se producen resultados bien diversos. El marco es, pues, importante, pero no definitivo.

Con carácter previo a comentar este punto 90 y, ya que hablamos de marco normativo, permíteme iniciar mi valoración con un:

Preámbulo

1. Sobre la importancia del impulso político

Creo en la política: y en el compromiso personal, desde el servicio público, para promover la consecución del bien común.

No es una frase hecha. A ello he dedicado buena parte de mi vida, jugándome, físicamente, el tipo. Eran los tiempos del terror de ETA, cuyos zarpazos también se hacían presentes en mi tierra, Navarra.

2. Sobre la importancia del marco normativo

Creo, además, en el Derecho: para establecer garantías, de fondo y forma; reconocer derechos, imponer obligaciones; dotarnos de unas reglas de juego, en fin -las que nuestros legítimos representantes aprueban-, que, vinculándonos a todos, propicien avances en la convivencia y en la defensa de los intereses generales.

Tampoco se trata de una frase hecha. Me formé en la universidad como jurista y he ejercido la abogacía un buen número de años.

Es, por tanto, evidente que considero necesarias -y, además, relevantes- ambas ‘herramientas’ -política y Derecho-, para la transformación y mejora de nuestra realidad. También en este ámbito. Una renovación que merece nuestra comunidad educativa y que inapelablemente se irá produciendo, con o sin normas, e incluso a pesar de estas (que no es lo mismo que contra ellas).

Y aquí ya ves que voy entrando en materia…

Pero, como señalamos los letrados, Otrosí Digo:

Cuando uno conoce cómo funciona algo -y está bien al corriente desde dentro- alcanza a constatar, desde luego, las posibilidades de mejora de aquello a lo que se dedica (en este caso, política y Derecho).

Eso puede generar motivación, pero -por qué no confesarlo-, también alguna dosis de sano escepticismo.

Política es servicio al bien común. ¡Ojalá la viviéramos y la sintiéramos siempre con mayúscula! Pero, si la noble acción política, en el ámbito educativo o en otro, se pervierte o se trampea y piensa más en las próximas elecciones que en las próximas generaciones vamos, normalmente, mal dados.

Habrás escuchado eso que antes te he dicho acerca de que “la educación pasa en la escuela”.

Los profesionales docentes tienen, pues, bien merecido su protagonismo. Y nuestra gratitud y reconocimiento, por cómo colaboran -a veces en circunstancias bien complejas- de manera impagable con la familia (primera educadora) y con la sociedad en su conjunto.

Puesto en valor lo anterior, es obvio que conviene, y mucho, que los políticos y legisladores ayuden con la Educación. Y específicamente con la que pasa en la escuela.

Aunque, a la vista de lo que en ocasiones sucede, algunos me apuntan (entiéndase la ironía) si no será mejor que no ayuden demasiado… Y añaden que la Educación (aquí sí le pongo una E mayúscula) es demasiado importante para dejarla (solo o incluso principalmente) en manos de los políticos.

Me recuerdan que, como ocurre con cualquier otra realidad social, la ley suele ir “a remolque”. Y eso no es lo ideal. Pero -hablando de remolques-, manifiestan su temor al atropello. Y señalan: si lo que van a hacer algunos en el marco de sus diatribas partidarias es atropellarnos, mejor que no…

Intento reflejar y reproducir aquí su pensamiento: es verdad que todos los partidos políticos se presentan cargados de buenas intenciones; pero las cosas -en esta materia- suelen empezar así y más veces de las debidas acabar como hoy estamos. Con una subcomisión quebrada y abandonada y demasiados “¡yo no he sido!”. O sea: sin acuerdos razonables, generosos (y mira que hay temas donde estos son bien posibles; donde, casi, lo imposible es no acordar)y con broncas en ocasiones maleducadas (y poco edificantes). Y en esto, me indican, se pueden repartir muchas culpas (a veces a unos, a veces a otros, depende de las legislaturas… a veces a todos).

Pero no se trata de buscar culpables; ni de quedarse en el lamento de los pactos que pudieron ser y no fueron. Sí de reivindicar a políticos y legisladores que piensen en las próximas generaciones; que -todos- estén a la altura de sus responsabilidades.

Les traslado a nuestros legítimos representantes los miedos a los cambios por los cambios; a que mareen demasiado; a que simplemente distraigan estérilmente a quienes trabajan en el “hecho educativo”. Los miedos a que les hagan perder el tiempo; o les tomen -seguro que involuntariamente- el pelo.

Estoy escribiendo crudamente. Pero, como he sido político y legislador, lo señalo hoy y lo aplico a cualquier tiempo.

Creo que hay un primer deseo importante y sensato, razonable: que se conserve lo que está acreditado objetivamente que funciona con buenos resultados. No vaya a ser que cambiemos por cambiar y… lo hagamos a peor.

Y más: que ni unos, ni otros, ni otros más, pretendan hacer experimentos, ni llevar a las familias a ‘su cielo’… a patadas en el trasero (con perdón). 

Que -así me lo plantean- los políticos hagan con sus hijos, cómo no, lo que buena y libremente entiendan, pero que no impidan ni dificulten a los demás progenitores (adultos que buscan lo mejor para sus chavales) hacer con los suyos, en igualdad de oportunidades, lo que les plantee el sentido común, sus convicciones y, en fin, aquello que recoge el artículo 27 de la Constitución. Y concordantes.

Porque -señalan- es verdad que el impulso político y un marco normativo adecuado son valiosos de cara a la transformación de la educación. Es verdad que, de no llevarse a buen fin, la retrasarán. Pero no lo es menos, según qué impulso se quiera dar… que a lo mejor en vez de un impulso es un empujón. Y, como afirmaba el antropólogo -y muchas más cosas- navarro Julio Caro Baroja, oiga, “crea usted en lo que quiera, pero no empuje”. 

Pensarán algunos (quizás con razón, pero permítaseme el desahogo) que he sido un poco crudo. Quizás por eso se diga que… donde hay confianza, da asco.

Quisiera encontrar una actitud sincera de diálogo y entendimiento entre distintos. España la necesita y la merece. El diagnóstico de las necesidades de nuestro Sistema Educativo es en buena parte compartido. Y lo que está en juego es algo muy relevante: la calidad, equidad y excelencia de la educación. Empecemos por nuestras coincidencias. Demos un ejemplo -muy pedagógico- en positivo.

Si ese encuentro entre diferentes se produce, ganaremos todos y propiciaremos (y a ello se refería también el punto 90) que se reduzcan o eliminen las desigualdades. Lo cual no es cuestión menor. Para todos: también para los políticos y su búsqueda del bien común, que debe evitar que, por acción u omisión, persistan o crezcan desequilibrios que afectan a nuestro presente y a nuestro futuro.

Para ello, hay que anteponer los intereses generales, evitar las tentaciones exclusivamente partidarias, no reavivar viejas diatribas y… calmar la educación.

En eso estamos. O, por mejor decir, en eso deberíamos estar.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .