‘La experiencia de la ancianidad’, por Pedro Paricio

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Como fuente de conocimiento, la experiencia de la vida es un saber profundo acerca de la riqueza y los límites de la existencia. Para su adquisición se exigiría –en opinión de Julián Marías (1914-2005)– no solo un cierto acúmulo de años, sino también la obtención de una pluralidad de perspectivas logradas en ese tiempo gracias a la decantación en soledad de las cosas vividas. La enseñanza así adquirida, al ofrecer una unidad sistemática y transparente de la existencia, impediría que nos perdiéramos en su maremágnum.

Concebida de esta manera, no es de extrañar que la experiencia haya sido ancestralmente considerada atributo por excelencia de la ancianidad, pues otorga al ser humano una capacidad para desvelar la verdad acerca de lo real y le capacita para comunicar a las generaciones venideras una noción más completa de la vida. Estas cualidades de los ancianos dejaron una singular huella en mí ya desde la infancia, motivada por la convivencia con mis abuelos y el respeto ejemplar de mis padres hacia las personas mayores.

Sin duda por especial influencia de mi madre –que veneró siempre a los ancianos y se entregó a ellos dentro y fuera de la familia–, cuando en la adolescencia creció mi afán por el estudio, resultó natural que, a pesar de la ostensible diferencia de edad y condición, mi inicial actitud de admiración hacia lo intelectual fuese dirigida a los sabios vivos más ancianos de los distintos ámbitos culturales.

La primera confluencia que recuerdo entre este deslumbramiento adolescente y la vejez venerable se produjo en la persona de Azorín (1873-1967), al que accedí por la lectura de España. Hombres y paisajes, donde saboreé el primor de unas reflexiones que mostraban el embrujo escondido en todo lo aparentemente sin importancia. Dos años después de este descubrimiento, al terminar las clases de una mañana todavía invernal, camino de casa, me detuve en el quiosco para observar las portadas de los periódicos del día, contemplando con tristeza la fotografía del escritor de Monóvar y el anuncio de su fallecimiento. Era la muerte de mi primer anciano distinguido.

Al año siguiente llegaría la de Menéndez Pidal (1869-1968), al que conocí en vida no por la lectura de sus obras sino por las informaciones suministradas por los medios de comunicación acerca de sus intervenciones como académico e insigne maestro de las letras españolas. En ellas me sedujo la austeridad de su carácter, su permanente afición al estudio, su apetencia creativa e investigadora de reconocido prestigio internacional, su colosal actividad intelectual como patriarca de la filología española, su honradez profesional y su profunda experiencia humana.

Aquellos mismos medios fueron igualmente el ámbito por el que tuve conciencia de la existencia de Pemán (1898-1981). De este popular gaditano, inducido por el donaire y desparpajo de su personaje de ficción creado para la serie televisiva El Séneca, me sedujo la simpatía de su sentido común, la finura de su buen humor, la brillantez de su oratoria y su capacidad para manifestar en toda ocasión la intensidad de sus creencias católicas. 

Como la de Azorín, Menéndez Pidal y Pemán, la vida de muchas personas mayores anima a contemplar la vejez no desde el pesimismo de sus innegables limitaciones o desde la nostalgia de un pasado mejor, sino desde el agradecimiento de quien recibe la ancianidad como una bendición de Dios en esta tierra y signo de esperanza escatológica. Es en este sentido como puede entenderse que “es hermoso ser anciano”. La expresión es de un experto integral en el tema, Benedicto XVI (1927), quien, sin eludir los inconvenientes que conlleva dicha condición, ha exhortado una y otra vez a sus coetáneos a no dejarse intimidar por la actitud de «nuestra sociedad, [que,] dominada por la lógica de la eficiencia y del beneficio, no acoge la ancianidad como un don”.

Testigos de una historia personal y comunitaria, los ancianos son un tesoro irrebatible para las nuevas generaciones. Más aún, precisamente porque la evolución social ha originado un contexto adverso para la ancianidad, la civilización actual necesita –según el Papa Francisco (1936)– el encuentro entre la flamante energía de los jóvenes y la experiencia profunda de los ancianos. Con ello se evitaría “la tendencia a liberarse del legado de las generaciones anteriores” y se lograría “un equilibrio fecundo entre las [distintas] generaciones”.

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2 comentarios en “‘La experiencia de la ancianidad’, por Pedro Paricio

  1. Comparto absolutamente tu planteamiento. La sociedad en general no puede permitirse ignorar la experiencias de la vejez. ¿No estamos en la sociedad de la información?¿No es información la experiencia? Además una información aquilatada por el paso de los años y depurada de lo accesorio, de modo que la experiencia personal es como una vida exprimida de la que puedes compartir lo esencial. Yo siempre he oído que “sabe más el diablo por viejo que por diablo”.

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    • Muchas gracias, Pepe, por tus amables y sabias palabras. Me alegro de que compartas mi visión de la ancianidad. Pero, sobre todo, me congratulo de tu amistad y de lo mucho que me enriqueces con ella. Un fuerte abrazo.

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