¿Te has convertido en un ‘perro vago’?

Hace poco estuve dando un paseo por el campo. Desde hace unos meses, acostumbro a hacerlo a la vez que escucho un audiolibro. Así mato dos pájaros de un tiro. Y sin ser cazador.

No es de pájaros de lo que quiero hablarte hoy. Son otros animales los protagonistas de este artículo.

En primer lugar, te hablaré de que ordeñé una vaca y, luego, de cómo en ella me salió un perro. Concluiré con un mensaje dirigido a los animales… racionales. O sea, a ti y a mí.

Ahora, déjame explicarme en serio: “La Vaca” de la que te hablo es el título de un libro de desarrollo personal -como su propio nombre indica, je, je-, del que es autor el Dr. Camilo Cruz, y en cuya reseña se señala que lo han disfrutado más de un millón de personas en 130 países.

Leí (o mejor dicho escuché) el libro de cabo a rabo -nunca mejor dicho si hablamos de una res- y, mira por dónde, hubo una breve historia que suscitó mi atención especial y quiero compartir contigo.

En la historia, en un momento dado, era otro animal el protagonista: un perro.

Se narraba allí cómo un transeúnte paseaba por la calle de un pueblo cuando encontró tumbado, sobre la acera, un perro que aullaba y se retorcía de dolor, mientras su dueño, sentado en una banqueta, le miraba con total indiferencia.

El paseante no pudo menos que dirigirse al paisano para indicarle si no se percataba de que algo malo le pasaba al pobre perro y si no debería llevarle al veterinario.

El dueño permanecía impasible. El caminante cada vez se exasperaba más, al ver retorcerse y aullar al pobre animal. Así que insistió.

La única respuesta del dueño fue: – Al perro, lo único que le pasa es que es un vago redomado.

– Pero ¿cómo un vago?, respondió el visitante visiblemente irritado. ¿Puede uno retorcerse de dolor y andar dando alaridos o alborotarse por ser un vago?

– Pues, mire, depende. En este caso, sí.

Y le añadió: – Lo que hace que mi chucho se retuerza, proteste y ladre lastimosamente es que se ha tumbado sobre un clavo y el clavo le molesta mucho…

El transeúnte le preguntó: – Pero, vamos a ver, si le molesta tanto como para sentir semejante dolor, y alborotar media barriada, ¿cómo es que no se mueve de ahí?

– Ya le digo: porque es un vago redomado; le molesta tanto como para hacer todo eso, pero no debe de molestarle lo suficiente como para levantarse y buscar otro lugar mejor en el que descansar.

Aquí acaba la historia, pero no la reflexión.

El cuentecillo del perro nos puede parecer increíble, perro vago, perro tonto, pero…

¡Ay, amigo, qué perros somos, a veces! ¿En cuántas ocasiones, frente a cuestiones o situaciones que nos incomodan, que nos duelen, nos quedamos -tú, yo, los llamados animales racionales- en la mera queja, en el lamento, en la protesta, sin movernos de ahí, sin pasar a una acción que produzca el cambio que necesitamos? ¿Cuántas veces hacemos -a lo sumo- de comentaristas de barra de bar -o de cafetería- lamiéndonos las heridas, en lugar de poner remedio, de arrimar el hombro, de ayudar a encontrar solución a eso que nos duele o que nos parece intolerable? ¿Cuántas, por no hacer, ni siquiera “ladramos”?

No seas perro. Ladrar no remedia nuestros males. A lo sumo, los denuncia. ¿Es poco?

Es algo. No te voy a negar que me viene a la memoria Martin Luther King cuando afirmaba cuánto le preocupaba, ante el mal, el silencio de los ‘buenos’. Déjame que le ponga comillas.

Aunque, puestos a citar a Luther King, permíteme que concluya con esta frase suya: “La pregunta más persistente y urgente sobre la vida es ‘¿qué estamos haciendo por los demás?'”. Haciendo, dice (no solo diciendo), haciendo, que es gerundio.

No seamos perros… o, al menos… no perros vagos.

Nota: Este artículo fue publicado en la revista Mundo Cristiano. Te animo a que te suscribas a ella. ¡Y a difundir! ¡Muchas gracias!

2 comentarios en “¿Te has convertido en un ‘perro vago’?

  1. Es cierto que muchas veces no hacemos nada, o hacemos cosas contraproducentes, por salir de nuestras miserias, pero, me pregunto si el dueño del perro no sería también un vago; me da la impresión que la conducta esperable de un ser humano normal no es limitarse a soportar los aullidos de un animal herido argumentando la pereza de la víctima. Si extrapolásemos esa actitud a la situación en la que vemos sufrir a tantos congéneres, la humanidad se volvería un infierno, creo yo. ¿Culpabilizar a las víctimas? No, gracias. Abrazo fuerte.

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  2. Totalmente de acuerdo con tu reflexión, que debería comple(men)tar el cuentecillo y la moraleja. Muchas gracias!
    Ya sabes, por cierto, que se dice que los perros y sus dueños se parecen! Un abrazo fuerte!!

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