‘Los valores de la Pascua’, por Pedro Paricio

Cuando el aire desparrama en estos días las esencias de una primavera verde y aromática, buena parte del mundo evoca la primera Semana Santa de la historia. Cofradías, hermandades, corporaciones, procesiones de pasos sagrados, ceremonias litúrgicas en los templos… configuran la celebración humana del misterio divino. Más concretamente, el próximo domingo se traerá a la memoria lo acontecido hace dos milenios con la resurrección de Cristo, cuando –transcurridas dos jornadas después de su muerte en la cruz– las estrellas brillaban aún en el declinar de la noche y pugnaba por salir la primera luz del día.  

Entonces, mientras los edificios de Jerusalén empezaban a reflejar los colores tornasolados del cielo, la puerta del jardín en que enterraron al Señor quedó abierta con la huida despavorida de los soldados; la gran piedra que separaba el atrio del exterior había sido retirada y del interior salía una luz deslumbrante: Cristo había resucitado. Temor, admiración, estupor, alegría y despertar de la fe fueron las primeras impresiones de lo ocurrido aquel domingo. No podía reaccionarse de otra manera ante la presencia de tan sobrecogedor misterio, porque en los testimonios sobre la resurrección se habla de algo que no figura en el mundo de nuestra experiencia y que no consistió solo en salvar personalmente a Jesús de la muerte.

Como enseñó Benedicto XVI (1927), se trata de algo insólito hasta ese momento: de una nueva creación por parte de Dios. Con ella se descubre una dimensión superior y se alcanza –en expresión de la escritora estadounidense Flannery O´Connor (1925-1964)– “el culmen de la ley de la naturaleza”, evidenciándose así “las verdaderas leyes de la carne y la materia”, suspendidas por la muerte y la destrucción. Gracias a este acontecimiento histórico revelado en la persona de Cristo –la resurrección no es una utopía–, todo quedó transformado y se arrojó una luz nueva sobre el mundo de los hombres.

Se dio en la realidad un concluyente salto cualitativo, con el que se produjo la unificación de lo finito con lo infinito, la superación de la muerte en cuanto tal (desde entonces la existencia no está unida definitivamente a ella porque la resurrección de Cristo es la muerte de la muerte) y la revelación de que el destino del hombre es vivir en el esplendor interminable de Dios. Permitió penetrar el misterio de la vida hasta encontrar su sentido trascendente, aquel que despeja la disyuntiva de la encrucijada existencial, que bascula entre el absurdo de un mundo sin sentido o la gloria de una vida perfecta.

De ahí que la alegría litúrgica de la Pascua exprese el gozo de que Jesús sigue vivo entre nosotros hasta la consumación del mundo, coexistiendo íntimamente con el universo y atrayéndolo hacia sí para hacerlo conforme con el diseño eterno de Dios. La relevancia de estos hechos es tal que históricamente ha sido festejada también por el ingenio popular. En el caso del pueblo valenciano –tan dado a la representación plástica en sus celebraciones–, algunos de sus barrios cuentan con una añeja tradición al respecto: a las doce de la noche del sábado de Gloria, cuando el cielo se ilumina por los fuegos artificiales y las campanas de las parroquias repican para anunciar la llegada de la Pascua, los vecinos lanzan a la calzada viejas piezas de loza –tazas, platos, cazuelas de barro resquebrajadas…–, bombillas incandescentes fundidas a lo largo del año y pozales de agua. Es una llamativa forma de manifestar no solo su júbilo por la resurrección del Señor, sino también el simbolismo de su omnímodo poder renovador.

Por eso, como ha recordado el Papa Francisco (1936), “su resurrección no es algo del pasado; entraña una imparable fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Cada día renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible. Esa es la fuerza de la resurrección”.

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