‘Fenomenología del árbol’, por Pedro Paricio Aucejo

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Desde hace años vivo en permanente contacto físico con el campo valenciano. En él se reconforta mi ánimo mientras sacio la arraigada necesidad de sentir próximo el latido de la naturaleza. En este escenario me dejo seducir por el protagonismo de esa especie de ´vegetales con rasgos humanos` que son los árboles. Ahora, cuando la primavera estalla con toda su majestuosidad, la fronda de estos tesoros naturales luce el silencioso esplendor de unas hojas repletas de clorofila y en las que su aparente levedad encierra la clave del poder cósmico del mundo vegetal.

En la noche de los tiempos, este reino ha ejercido un papel decisivo en el mantenimiento de la evolución de los animales superiores y en el sostén y progreso de los seres humanos. En la actualidad, este ámbito orgánico aporta casi toda la energía necesaria para los habitantes del planeta y desempeña además una función vital en el delicado equilibrio ecológico del globo.

Pero los árboles no solo son bienes naturales. Propician también abundantes valores culturales a la humanidad. Por su idiosincrasia, algunos de ellos –como sucede en los más monumentales y simbólicos– inervan todas las dimensiones de la vida cotidiana de las poblaciones en donde se encuentran arraigados, hasta colonizar la intimidad de quienes se cobijan bajo su ramaje. Funcionan como agentes autóctonos de socialización e identidad. Al presidir los acontecimientos colectivos más relevantes (actividades culturales y de entretenimiento, agrícolas, patronales…), son factores de integración social, nexos de unión entre personas de edades y culturas diversas e instrumentos de cosmovisión existencial.

Son incontables las personas que se han sentido arrastradas por su ancestral llamada. No en balde, Sahar Delijani (1983) considera que “todos llevamos un árbol dentro y encontrarlo es cuestión de tiempo”. No solo doy fe de la certeza de este aforismo de la escritora iraní, sino que, en mi caso, son varios los ejemplares que con el paso de los años han poblado mi imaginario personal.

Uno de ellos es el ciprés, al que Gerardo Diego (1896-1987) dedicó un soneto con ocasión de su visita a la burgalesa abadía benedictina de Santo Domingo de Silos. Su descripción poética como “enhiesto surtidor de sombra y sueño” y “ejemplo de delirios verticales” no hizo sino engrandecer la silueta señera y dulce de esta conífera. Su copa cónica y su perenne follaje de diverso colorido –mi predilecto es el verde grisáceo, casi azulado, de la variedad ´Cupressus arizonica`– le otorga una apariencia robusta, tupida y firme. Es una afortunada especie vegetal: por su larga vida y por haberse consolidado a lo largo de los siglos en nuestras latitudes mediterráneas. Durante el período clásico de las culturas griega y latina fue atributo de divinidades masculinas y femeninas, pero, hoy en día, ha batido todo récord de ubicuidad: además de su tradicional presencia como árbol ornamental de los cementerios, es significativo el predominio de su uso para setos y vallados, no teniendo rival en viviendas de zonas residenciales, parques, jardines y caminos. Mientras que en el entorno de carreteras y grandes vías con intenso tráfico se emplea como pantalla acústica, en regiones agrícolas se utiliza como cortavientos.

 La suavidad del invierno valenciano me permitió descubrir desde bien pequeño la aparición, ya a comienzos de febrero, de las –denominadas por Miguel Hernández (1910-1942)– “aladas almas de las rosas del almendro de nata”. El cultivo de este árbol –el segundo que habita mi interioridad– ha configurado durante mucho tiempo la faz de las tierras mediterráneas de secano. La serena blancura de sus flores puebla sus campos, aquí y allá, de íntima belleza y sosegada quietud. En el transcurso de pocos días, sus frágiles y fugaces pétalos, arrastrados por el viento, cubren la tierra con sus livianas manchas blancas y dejan así paso a las primaverales hojas verdes. Éstas, poco a poco, albergarán el valioso fruto de las rotundas almendras, cuya recolección coincidirá casi con el final del bullicio veraniego.

Y, en fin, desde la esplendidez de este mes de mayo, diviso a lo lejos las copas de un campo de olivos, mis árboles por excelencia. Me aproximo y contemplo sus diminutas hojas, siempre verdes y plateadas –suavizando la contorsión de sus gruesos troncos retorcidos– y las todavía muy pequeñas aceitunas, que presagian la madurez de su fruto invernal. Es también el anuncio temprano del sabor afrutado y verde de su aceite, blasón de ancestral sacralidad bíblica. No son los centenarios olivos de Getsemaní, pero, como en ellos –vestigios naturales que exhiben la grandeza de lo invisible en la pequeñez de lo visible–, corre por su savia todo un misterioso cosmos de sublime intimidad divina y humana. Acaricio el tronco de un olivo y se calma, por un segundo eterno, mi inagotable sed de absoluto. Después camino entre estos árboles sagrados para sentir la delicia de recordar ese instante… ¡y poseerlo para siempre, siempre, siempre!

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