‘Fatiga térmica’, por Pedro Paricio

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El mayor o menor grado de temperatura ambiental no es cualquier cosa. Al contrario, esta magnitud física es esencial para nuestro bienestar. ¿Acaso se nos ha olvidado ya el calor vivido este último verano? La fatiga térmica experimentada no ha sido una impresión subjetiva. Los altísimos registros alcanzados por el mercurio en nuestro país no han dado tregua significativa a lo largo del estío. Batiendo récords históricos, oleadas de bochorno se sucedieron una tras otra con intensidad y duración inusitadas. Una canícula extremadamente cálida y seca agotó los cuerpos, estresó los psiquismos e irritó los comportamientos durante el día, mientras que el insomnio se apoderó de las tórridas noches tropicales. En numerosos casos, muchas personas padecieron deshidratación, golpes de calor e incluso, en las circunstancias más adversas, el fatal desenlace de la muerte. 

La gradación de los valores de calor y frío en los seres vivos no es baladí. Su repercusión es tal que, por lo que atañe a la temperatura corporal de los humanos y de otros mamíferos y aves, estos solo pueden sobrevivir dentro de un rango muy estrecho de temperaturas. Fuera de él, se desequilibran y hasta se degradan determinadas sustancias que los componen, se resiente su actividad, se pierde su ciclo biológico y adviene la muerte. Solo cuando la temperatura es óptima puede un organismo desempeñar correctamente todas sus funciones. Por eso resulta esencial poseer la sensibilidad térmica adecuada para conseguir en cada momento el equilibrio fisiológico.

Si ello sucede en razón de la temperatura ambiental, ¿cómo no vamos también a sentir moralmente malestar e incluso fatiga por la temperatura social de nuestro mundo? Lo que acontece sistémicamente al hombre con la temperatura física le sucede también con la temperatura social. Esto se manifiesta especialmente cuando la convivencia se convierte en aquel “despliegue de maldad insolente” con el que el compositor argentino Santos Discépolo (1901-1951) describió al siglo XX en su tango ´Cambalache`.

¿O es que alguien duda de que también en nuestros días “vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”? ¿No da la impresión de que “hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor!”? ¿No se comprueba por doquier el “atropello a la razón. ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!”? Queda claro que también en lo que llevamos de centuria la temperatura social no es la óptima para el bienestar del individuo y de la colectividad. ¿Ha perdido el ser humano la sensibilidad en el trato con sus semejantes, aquella perspicacia natural que le orienta en el proceder de sus relaciones sociales y le evita muchos disgustos innecesarios?

Que la vida individual presupone y requiere la existencia de seres semejantes y la convivencia con ellos es una verdad incontestable. Pero esta sociabilidad natural del hombre necesita ser cultivada por una educación cuyo fundamento no diste mucho del experimentado y propuesto por santa Teresa de Jesús (1515-1582). Su capacidad para crear ricas relaciones interpersonales, trenzadas de amistad humana y divina, la han convertido en prototipo de ineludible seguimiento. Los consejos con que exhortaba a sus monjas pueden pasar como garantes cívicos de una óptima temperatura social.

Con el ejemplo de la integridad de su carácter –que, más allá de sus íntimos, fascinaba a cuantos la conocían–, les hablaba así: “ser afables y agradar y contentar a las personas [con las que os relacionéis]”, de manera que “amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amedrenten de la virtud”. En este sentido, su lema fue “procurar siempre dar contento”, por medio de la cercanía, la empatía, la conversación y la amistad, con el fin de que “las palabras de Dios quepan en la persona con la que se habla” y poder así acercarla a Él –“por quien nos vienen todos los bienes”– y atraerla al buen camino.

¿No es ésta una buena educación? Si siempre ha sido la mejor, también puede serlo en nuestros días: al menos, para que no nos quememos con el sofoco de la sinrazón ni nos helemos por la ausencia de corazón.

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