‘Comulgar con ruedas de molino’, por Pedro Paricio

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Todo tiene su ritual: los conciertos musicales, las exposiciones de arte, las competiciones deportivas, los festejos populares… Aunque estos eventos culturales y sociales generan sentimientos encontrados (alegría, satisfacción, diversión, al tiempo que incomodidad o reiteración mecánica de actitudes que se van solapando ocasión tras ocasión), se sigue asistiendo a ellos por un sinfín de causas –afición, distracción, compromiso…–, pero también porque hay un algo inconsciente que nos transporta a la llamada del ritual, aquella en que la persona, al socaire de la costumbre hecha tradición, paladea el sabor de vivir ´lo de siempre` una vez más.

Es la necesidad de retornar al conjunto de formalidades que, consolidadas por el paso de los años, celebran el culto a una silenciosa confianza en la vida. Si bien cada una de ellas tiene una específica razón de ser, estas ceremonias sirven también de coyuntura para que, movido por voliciones ignoradas, el individuo se deje arrullar por un ritual en el que el yo se sumerge en lo sustantivo de la existencia y queda enganchado en un cielo de esencias. ¿No brota entonces –de lo hondo del ser– un susurro que parece venir del comienzo de todo y perderse hasta el final de ese todo?

En el ritual, se orienta la intimidad hacia un horizonte que la sitúa en lo profundo del hombre y la enraíza en lo trascendente, en una inquieta búsqueda de eternidades. Como la polilla revolotea alrededor de la luz, el ser humano se entrega al ritual para mecerse en la dimensión de la que originariamente procede y a la que en último término irá a parar. Y si esto ocurre en el ámbito profano, con mucha más razón acontece en el ámbito religioso.

En el caso de la Iglesia Católica, sus ceremonias y ritos son vistos por Mackay Brown (1921-1996), escritor escocés convertido al catolicismo, como una expresión sagrada de la voluntad de Dios sobre la tierra. Más aún, es esta liturgia la que nos hace capaces de sobrellevar los temores y éxtasis que residen en lo más insondable de la naturaleza humana. Por medio de ella –que presenta con dignidad y belleza el intercambio de dones entre el hombre y Dios–, afianzamos nuestros pies sobre este mundo. Transfiguradas por ella, nos llegan las verdades que de otro modo no podríamos soportar.

Ello no supone el reduccionismo de la fe a una práctica puramente formal. Este fue el error en que cayeron quienes –al inicio de la segunda mitad del siglo XX– achacaron la incesante descristianización de Occidente a la desaparición de las prácticas cristianas en aquellos medios donde antes no había sino cristianismo rutinario y ritualista. Ciertamente no se puede hablar de creencia cabal si ésta no se halla sustentada en la adecuada formación religiosa que capacite al fiel en la vivencia plena y militante de su fe, de modo que proyecte su influencia en la integridad de la vida cotidiana. Pero no hay que confundir esta cuestión con la de laminar el sentido de la liturgia hasta el punto de dejar de contemplar a la Iglesia como una realidad de fe y verla como una mera organización que hay que remodelar según criterios sociológicos.  

Esta equivocación no ha hecho sino acelerar el tránsito de una sociedad religiosa a otra descreída, lo cual –en palabras de la académica Carme Riera (1948)–“no nos ha hecho ni más libres ni más racionales ni más críticos. Hemos abandonado a Dios, pero seguimos comulgando con ruedas de molino”. Para la escritora mallorquina, el consumismo desaforado ha sustituido al sentido sacro de la existencia, con el agravante de que ello no ha mejorado la condición humana. Ni la ha dotado de mayor capacidad hegemónica ni ha evitado la índole primigenia del ser humano: “continuamos siendo criaturas en dependencia, no de Dios sino de los productos del mercado, y en especial de cuantos predican, sin tregua ni sosiego, que el único camino posible para la salvación terrenal y la felicidad inmediata es la posesión de unos determinados bienes anunciados en la televisión”. ¡O en las redes sociales, donde se oficia la nueva liturgia del materialismo mediático!

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