‘¿Quieres mejorar el mundo?’, por Pedro Paricio

La guerra en Ucrania ha evidenciado una vez más la rápida movilización de la ayuda humanitaria internacional. Su presencia es innegable. No importa cómo se haya producido la devastación, ni cuál sea ésta: da igual que la ruina esté desencadenada por la contienda bélica, por el desastre natural o por la desolación de la pobreza, la injusticia social y la exclusión. Cuando el escenario de tribulación se hace presente son necesarias actuaciones urgentes que palíen la fragilidad de sus víctimas. Lo que se precisa entonces es ofrecer lo antes posible una respuesta de emergencia con equipos de personal especializado y suministro de productos y servicios de primera necesidad.

Hasta hace aproximadamente dos décadas, la opinión pública veía estas intervenciones humanitarias como una responsabilidad fundamental de los gobiernos pero no del sector privado. Sin embargo, dicha visión fue cambiando por el paulatino aumento de la desconfianza en la eficacia de los poderes ejecutivos para combatir la devastación. De ese modo, en razón de las virtualidades propias del sector no gubernamental de ayuda humanitaria, ha sido creciente el reconocimiento y la consiguiente demanda de actuación de este universo de entidades de la sociedad civil.

Y ello a pesar del encadenamiento de las recientes crisis económicas, que, por haberse dejado sentir también en estas organizaciones de asistencia social y cooperación, han tenido que incrementar los esfuerzos para hacer frente a sus servicios habituales y, además, a los derivados de las necesidades surgidas de la precariedad actual. La permanente lucha por su propia supervivencia y sus múltiples deficiencias (derivadas principalmente de su tamaño, aislamiento, financiación, dotación de personal específico, diversidad de ámbito de contenido, organización…) hacen que su impacto para mitigar de modo duradero el subdesarrollo resulte insuficiente a la hora de influir en un nuevo orden mundial, pues las fuerzas y sistemas más amplios en los que éste se apoya quedan fuera de su alcance.

Ante ese panorama, fueron numerosos los expertos en materia de cooperación –Sogge, Tandon, Zadek…– que consideraron imprescindible la salida de estas instituciones del mero altruismo más o menos organizado y su transformación en una plataforma sistemática de solidaridad entre ciudadanos del Norte y del Sur, de forma que, con el tiempo, se lograra la creación de una influyente infraestructura social capaz de transmitir información y análisis en torno a dichas cuestiones, promoción de valores humanitarios, movilización ciudadana e influencia sobre los responsables mundiales en la toma de decisiones.

Pero, en estos momentos, todavía queda por lograr un avance significativo que permita transformar el actual estado de cosas en una auténtica alternativa a la situación vigente. Para conseguir este propósito sería necesaria la aceptación generalizada de un cambio radical en tal sentido, a semejanza de lo ocurrido con otros problemas mundiales, como la igualdad de la mujer, los derechos civiles y políticos o el medio ambiente (a los que no se prestaba atención en otros tiempos, pero cuyo estatus ha variado hoy, hasta convertirse en asuntos prioritarios). Sólo un giro de ese calibre redundaría en el beneficio de tantos millones de personas desesperadas.

En este empeño por hacer posible otro mundo mejor que el actual no hay que olvidar el papel desempeñado históricamente por la Iglesia Católica, que, por medio de sus organismos asistenciales y en el contexto de su doctrina social, no solo ha contribuido con los procedimientos de ayuda humanitaria característicos del resto de organizaciones civiles, sino que ha aportado la insustituible especificidad de su carisma. A diferencia de otras instituciones de solidaridad, las católicas tienen como propósito esencial la consecución de una caridad sustentada en la confianza en Dios, que, en su plan de eternidad, hizo causa común con el hombre.

En este sentido, son innumerables los compromisos atendidos por multitud de sus entidades, que, con su ejército de voluntarios, ponen rostro humano a la solidaridad evangélica. Dar comida, ropa, calzado, alojamiento y atención sanitaria; colaborar en tareas de refuerzo educativo; realizar gestiones administrativas, orientar en la resolución de problemas y dudas… son algunas de las actividades de ayuda a los más necesitados, que, incardinadas en su dimensión religiosa, transmiten la cercanía de Dios, eternamente empeñado en amar a sus criaturas.

¿Acaso hay una ayuda humanitaria tan integral y completa como esta? ¿No es más eficaz para el desarrollo humano una asistencia social que, además de justicia, ofrezca el amor de Dios, del que siempre tiene necesidad existencial el hombre? ¿Por qué no mejorar nuestro mundo de esa manera?

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