‘La última huella’, por Pedro Paricio

Cuando José María Gironella (1917-2003) visitó Jerusalén en 1975 sintió que pasear por Tierra Santa era viajar a través del tiempo, de la historia, de los dioses y de los hombres. Su condición andariega le llevó a considerar que no hay territorio en el mundo tan rico en contrastes ni tan variado en panoramas y peculiaridades. Todo en él es desorbitado: demasiada historia para tan poca geografía. Ciertamente en este excepcional enclave del planeta confluyen siglos de respiración humana, múltiples civilizaciones, una guerra permanente, tres religiones monoteístas y la ancestral división de las numerosas confesiones cristianas (católicos, griegos ortodoxos, armenios, protestantes, sirios, coptos…). Esa situación ha engendrado a lo largo del tiempo serios conflictos por la posesión de privilegios con respecto a santuarios, altares y todo tipo de edificios y propiedades, provocando que la lucha por los Santos Lugares se haya convertido en una cuestión atávica.

No cabe la menor duda sobre esta confusión de acervos vivida por el escritor gerundense, ni sobre la incertidumbre sembrada por esta causa en todo viajero creyente. Una buena muestra de ello acontece con la Capilla de la Ascensión, ubicada en el Monte de los Olivos. Mientras que los judíos sostienen que en este lugar se enterró a su profetisa Huldah, los musulmanes consideran que es la tumba de Rabia al-Adawiyya, madre del sufismo, y, por último, la tradición cristiana –transmitida desde finales del siglo IV por Santa Elena, madre del emperador Constantino– estima que es el punto de la tierra donde, cuarenta días después del domingo de Resurrección, Jesús, tras hablar y bendecir a sus apóstoles, ascendió al cielo con gran majestad.

A este respecto, la iglesia bizantina allí construida sobrevivió hasta el siglo VII, momento en que fue destruida por los persas. Pronto fue reconstruida y posteriormente derribada por los conquistadores árabes en el siglo X. Los cruzados la levantaron de nuevo en el siglo XII y Saladino la convirtió en mezquita. Más tarde, los otomanos permitieron que los cristianos continuaran rezando en este sitio, si bien en la actualidad el lugar sigue siendo propiedad musulmana. A esto hay que añadir –para mayor perplejidad– que, no muy lejos de la Capilla, está la Iglesia Ortodoxa Rusa de la Ascensión, donde, según su tradición, se produjo la subida de Cristo al cielo.

En cualquier caso, con los datos narrados en los Evangelios, poco se puede afirmar sobre la veracidad de aquel cerro como sede del último episodio de la vida terrenal del Hijo de Dios. Lo único acorde con el texto sagrado es que se produjo en un monte cercano al mar de Tiberíades, pero podría ser tanto el monte de las Bienaventuranzas, como el de la Cuarentena o tal vez el de la Transfiguración. No es posible precisar más en ese sentido. Lo mismo sucede con lo venerado por los fieles en el interior de dicho oratorio, en el que se alberga una losa de piedra con la supuesta huella de un pie de Jesús, que habría sido dejada en el momento de su ascensión. Correspondería, pues, al último vestigio de Cristo en este mundo.

Sea como fuere, ante la incertidumbre de lo propuesto por la tradición, ¿no sería más acertado concluir que la verdadera última huella terrenal de Cristo es la constituida por las pisadas de quienes creen en Él en cualquier punto del orbe? Se trataría de cambiar de enfoque: frente a la actitud nostálgica de reverenciar una dudosa reliquia correspondiente a la fase final de la existencia del Cristo histórico, ¿no es mejor centrar todas las energías en la realidad del Cristo místico que vive en nosotros y permanece con nosotros hasta el fin de los siglos?

Su huella perenne está en el testimonio de quienes –como anticipación en este mundo de su gloria futura– encarnan la grandeza integradora de la fe en una existencia definitiva con Dios, viven con naturalidad su pertenencia personal respecto de Él y obran en consonancia con el espíritu evangélico. La verdadera marca del Cristo vivo se da en aquellos que, habiendo convertido su existencia en un oficio de intimidad con Él, irradian en su persona la presencia de un Dios que –más allá del desespero de esta tierra inquieta y de la angustia de la nada aterradora– da sentido y armonía a todo.

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