‘La dignidad de los campanarios’, por Pedro Paricio

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Como estructuras que albergan las campanas parroquiales, los campanarios constituyen un rasgo fisonómico diferencial de cada localidad. Son emisoras de civilidad y faros de fe desde los que emana un comunitario concierto sonoro. Con ellos se anuncia a los feligreses el horario de los distintos servicios religiosos, pero también –especialmente antaño y en pequeñas comunidades– se avisa a la población en general acerca de la existencia de incendios u otras situaciones de riesgo colectivo. Siglo tras siglo, la verticalidad de sus torres preside la cotidianidad de los municipios cristianos.

Pero la expresiva voz de sus campanas –y la variedad de éstas– emite un lenguaje cambiante: a misa diaria, a la dominical, a difuntos, a solemnidad litúrgica, a fiesta patronal, a procesión… “Su vibración –dejó escrito Miguel Delibes (1920-2010)– es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos […]. El repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos […]. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la medula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños […]. El solemne tañer de las campanas era como una aguja afiladísima que atravesaba una zona vital de su ser”.

¿Cómo olvidar la atracción suscitada en la vecindad por el volteo de la campana más grande durante las celebraciones especiales? Es la delicia de la admiración contemplativa de pequeños y mayores; de la seducción de su musical acompañamiento; del sentimiento de ubicación espaciotemporal; de su integradora socialización; de su entrañable sencillez; de la certera concreción de saber lo que se lleva entre manos, de llamar a las cosas por su nombre y de reconocer su sentido, armonía y ritmo; de una visión humanizada de la existencia… Pero, por encima de todo, el sonido de las campanas preludia la sublime cercanía de la divinidad.

Porque los campanarios de nuestras iglesias llaman a entrar en ese anticipo del  Paraíso en la tierra que es el templo, en cuyo interior el creyente –al gozar de la presencia de Dios– se aproxima sensiblemente a la eternidad y pondera la grandeza de su dignidad como hombre. Ésta es una cualidad no adquirida por sus propios méritos, sino que le viene dada por el mero hecho de ´ser` lo que es. Es propia de todas las personas, con independencia de lo que hacen, piensan o dicen, pues fue otorgada por Dios, que, en su designio eterno, decidió crear al hombre a su imagen y semejanza.

Tal visión teológica se ha convertido –según Georg Gänswein (1956)– en la matriz del concepto de dignidad humana propio de nuestra cultura cristiana. Originada en el comienzo de la historia del hombre, esta noción fue comunicada en la autorrevelación bíblica de Dios y manifestada corporalmente en nuestra era por medio de Jesucristo, arquetipo divino de todos los humanos y por quien además aprendimos dónde y cómo podemos buscar y encontrar tanto a Él como a su Padre. Así, el hombre, como imagen de Dios, está llamado a buscarle, conocerle y amarle. En ello radica su dignidad.

En consonancia con esto, nuestro mundo cristiano trasladó dichas convicciones a sus sistemas sociales, alumbrando –en palabras de Benedicto XVI (1927)– “la idea de los derechos humanos, la de la igualdad de todas las personas ante la ley, el reconocimiento de la inviolabilidad de la dignidad humana en todos los individuos y la conciencia de la responsabilidad de las personas por sus actos. Estos principios dan forma a nuestra memoria cultural”.

Pero esta dignidad humana llega a su perfección solo al final de los tiempos, pues la categoría absoluta de la existencia es la vida definitiva con Dios. Por ello, la Iglesia ha de recordar constantemente las condiciones esenciales de dicha dignidad y protegerlas en la medida de sus posibilidades. Únicamente de esta forma podrá cumplir su cometido esencial: la conducción de los hombres hacia la eternidad. En ella radica su dignidad: la de la Humanidad, la de la Iglesia y ¡la de los campanarios!

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