‘El libro de papel y el papel del libro’, por Pedro Paricio

El libro de papel y el papel del libro, por Pedro Paricio
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Durante los días 20 a 24 del pasado octubre, se celebró la 73ª Feria del Libro de Fráncfort, el mayor certamen comercial del mundo en su ámbito, al que, año tras año, acuden multitud de representaciones de los distintos profesionales del sector a fin de negociar las cláusulas de licencia y los derechos de venta de sus producciones. Para conocer la entidad de este encuentro internacional baste decir que, en la última edición anterior a la actual pandemia, llegaron a congregarse en las instalaciones de esta céntrica ciudad alemana 7.000 expositores y cerca de 300.000 visitantes. ¡Y todo ello debido al protagonismo de un objeto cuya difusión desde hace seis centurias ha alterado para siempre el curso de la Historia!

En efecto, si, hasta mediado el siglo XV, el depósito de cualquier información residió prioritariamente en la memoria de los vivos, de manera que era predominante la comunicación oral sobre la escrita, a partir de 1440 resultó revolucionaria la reproducción masiva de los textos propiciada por la aplicación de la imprenta moderna de Johannes Gutenberg (1400-1468). La repercusión histórica de su logro introdujo a la humanidad en una civilización en la que todo se ordena de diferente modo, desde los hábitos psicológicos del que lee y del que escribe hasta la forma de concebir el universo y de actuar en él.

Este orfebre alemán superó la impresión xilográfica existente en la época. Fue gracias a su técnica de amoldar una vieja plancha de uvas, como chapa de impresión, a un soporte que sujetaba los tipos móviles de las letras del alfabeto. Éstos se unían de uno en uno, después de ser confeccionados en moldes de madera y rellenados con hierro. De esta forma, se hizo realidad la posibilidad de imprimir varias copias de un libro en menos de la mitad del tiempo empleado en copiar una el más rápido de los copistas amanuenses.

Aunque Gutenberg no tuvo fortuna personal con su invento –se arruinó varias veces–, vivió lo suficiente como para ver que éste se extendía rápidamente por toda Europa. A su muerte, varias ciudades importantes contaban ya con talleres de impresión y, en las décadas siguientes, su técnica era conocida en todo el continente. En el caso de España, la imprenta fue introducida por los alemanes, funcionando talleres en el reino de Aragón desde 1473.

El 25 de marzo de 1474 se publicó en la ciudad de Valencia la primera obra literaria impresa en nuestro país. De este libro –´Obres e trobes en lahors de la Verge Maria`– se conserva un ejemplar único en la biblioteca de su Universidad y hay también un facsímil impreso en el Museo de la Imprenta y las Artes Gráficas de El Puig de Santa María, población situada a catorce kilómetros del norte de la capital. Introducirse en su recinto es hacerlo en los arcanos de la ´historia del libro`, ya que es el primer museo de España en esta materia y el segundo más importante de Europa, después del de Maguncia, ciudad nativa del inventor de la imprenta moderna.

Desde el hallazgo de ésta, la transmisión del saber ha encontrado en el libro un fabuloso instrumento de humanización. Portavoz de la sabiduría, el libro ha significado la continuidad histórica de un pensamiento que, penetrando en el dominio de cuanto existe y conviviendo con la memoria de la humanidad, permite formar la individualidad personal hasta alcanzar la función más noble que le es posible, su transformación en vida y carne de hombre. Sin embargo, a pesar de su relevancia, no hay que olvidar que el libro no es un fin en sí mismo sino solo un instrumento –aunque privilegiado– en el devenir de la aventura humana en este mundo.

El libro de papel es un objeto muy loable, pero reemplazable en su literalidad: basta pensar no solo en los millones de antepasados nuestros que no conocieron su existencia o que no leyeron ninguna de sus páginas, sino, sobre todo, en la irrupción actual de las tecnologías digitales de la información y la comunicación y su imparable imperio de futuro. Más aún, ni siquiera el libro en general es una herramienta inequívoca: en él residen el saber, el consuelo y el encuentro, pero también la necedad, el desamparo y el rechazo. Y, desde luego, el libro es insuficiente para la vida, pues solo a ella y al poder trascendente que la alienta y sostiene tenemos que recurrir inevitablemente para encontrarnos, poseernos y lograr nuestro destino como personas.

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