‘Cita con la enfermedad’, por Pedro Paricio Aucejo

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Tú y yo hemos estado, estamos o estaremos enfermos. Y ello a pesar de los beneficios de la medicina, de la farmacología, del ejercicio físico, de la alimentación, de la higiene, del descanso y demás medios de que dispone la sociedad actual para conseguir el máximo confort físico y psíquico. Pese a todas esas pretensiones de control, la enfermedad sigue siendo, en nuestro tiempo, una cotidiana realidad incontrovertible. Más aún, en centros de hospitalización y de asistencia o en sus propios domicilios, el estado general del organismo de millones de seres humanos conoce cada día el calvario de padecimientos a menudo ignorados, no siempre aliviados oportunamente y a veces incluso agravados por la carencia de una ayuda adecuada.

Siendo indudable que no se puede no enfermar, se hace necesario saber cómo afrontar de la mejor manera este estado de nuestra condición humana. Para ello nos puede servir el ejemplo de Blas Pascal (1623-1662), que, en el tramo final de su corta vida de treinta y nueve años, y teniendo a sus espaldas una larga experiencia como enfermo, escribió una ´Oración para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades`. En ella, expresó su actitud interior con respecto a los dolores e indisposiciones que le afectaron en los cuatro últimos años de su vida y le causaron un continuo deterioro. Durante ese período se encontró plenamente lúcido, experimentó un momento vital de gran intensidad espiritual y, apartado del mundo, concentró sus escasas fuerzas en el ejercicio de obras de caridad.

Esta actitud del genio de Clermont-Ferrand fue fruto de la mirada ascética de su pensamiento, que cambió su mecanismo de percepción de la realidad y le abrió a la esencia misma de la humanidad. Según el profesor Eymar, Pascal fue consciente de que la salud y la enfermedad tienen un sentido a los ojos de Dios, pero, al ser éste desconocido para él, no le rogaba al Señor su curación, sino un humilde y amable sometimiento a su voluntad (“yo no os pido sino que dispongáis de mi salud y de mi enfermedad para vuestra gloria, para mi salvación y para la utilidad de la Iglesia […]; haz, Dios mío, que adore en silencio el orden de vuestra providencia sobre la conducta de mi vida”).

Con el ejemplo de su existencia y las palabras vertidas en su ´Prière´, el solitario de Port-Royal nos hace ver que la enfermedad ayuda a ser consciente de la condición corruptible de la naturaleza humana –consecuencia del pecado original– y de su necesidad de redención. Esta conciencia de la propia miseria conduce al sentimiento de absoluta impotencia, a implorar la misericordia divina y a abrir el corazón a la conversión y a la gracia salvadora de Dios. Al ser la enfermedad un impedimento para gozar de las cosas efímeras del mundo, favorece también la orientación hacia la interioridad –en la que habita la verdad– y la búsqueda de consuelos espirituales. Asimismo, su padecimiento nos abre al misterio del cuerpo místico de Cristo, cuya pasión ha de completarse con la de todos sus miembros. Y, en fin, como anticipación de la muerte, la alteración grave de la salud favorece la preparación del momento último en que llegue el juicio de Dios.

Puesto que la enfermedad afecta a todos los seres humanos y supone un momento de crisis personal y tribulación existencial, resulta adecuada la perspectiva aportada por la fe en este ámbito, pues, si bien no elimina la experiencia de aquella, la transforma y la delimita dentro de un horizonte de ultimidad, haciendo posible que la enfermedad ya no tenga la palabra definitiva.

Si toda la investigación filosófica de Pascal es un análisis de la condición humana en su orientación última hacia una fe que la constituya en aquello que verdaderamente ´debe` ser, el pensador francés nos ha mostrado con su propia vida que también durante la enfermedad –interpretada desde el quicio de la fe– se debe actuar en coherencia con la dignidad de la persona y el carácter sagrado de la vida, pudiendo encontrar en la oración un medio eficaz de alivio en el sufrimiento.

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