‘La perfecta alegría’, por Pedro Paricio

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Uno de los más destacados pintores de la escuela valenciana del siglo XIX fue  José Benlliure Gil (1855-1937), miembro de una afamada familia artística dedicada a la pintura y la escultura. Su pertenencia a una de las corrientes pictóricas más importantes de su tiempo le dotó de facilidad en la ejecución de sus cuadros, de habilidad para captar con espontaneidad los asuntos más intrascendentes, de una pincelada de gran intensidad expresiva, del manejo del color… Su amplia producción, demandada por una exigente clientela extranjera (Berlín, Praga, Viena, Bruselas, Londres, Budapest, París y Venecia fueron algunas de las ciudades que conocieron su trabajo de primera mano y, además, lo premiaron), le granjeó la internacionalización de una obra en la que se combinó la temática costumbrista con la religiosa.

En este último ámbito –y por encargo de la Orden franciscana– trabajó, desde 1924 a 1926, en sesenta y seis acuarelas sobre la vida del santo de Asís, a fin de  ilustrar la monumental obra del erudito religioso alicantino Antonio Torró (1887-1937), dedicada al ´Poverello`. Hace años tuve la fortuna de contemplar con detenimiento algunos de esos cuadros. Me llamó especialmente la atención el titulado ´La perfecta alegría`. En él, el insigne valenciano –con pinceladas de aspecto abocetado, pero plenas de inmediatos e intensos efectos lumínicos– representó, sobre el fondo de unos montes lejanos, las figuras de dos religiosos que, junto a unos arbustos, caminan descalzos sobre la nieve de un sendero profundamente blanco.

Se refleja allí el momento en que el santo de Asís enseña a su confesor y secretario, fray León, la esencia de la verdadera alegría, descrita como perfecta en las Florecillas de San Francisco, un libro que surgió a finales del siglo XIII como recopilación de los episodios de la vida del Santo y de sus primeros compañeros. En él se muestra el hermanamiento entre la humanidad de Francisco y su santidad, que, al liberar a aquella de sus imperfecciones, hace resplandecer sus rasgos divinos. La trama se desarrolla en un desapacible día invernal en que Francisco y León emprenden viaje desde Perusa a Santa María de los Ángeles.

Nieva copiosamente y el viento frío vence los cuerpos de los dos frailes. Sintiéndose atormentado por la intensidad del sufrimiento, Francisco llama al hermano León, que camina un poco adelantado, y, pensando en lo que sería la verdadera alegría, le explica que ésta no se encuentra en que sus frailes dieran en todo el mundo gran ejemplo de santidad y buena edificación. Tampoco está en sanar enfermos ni en hacer otros muchos y grandísimos milagros, ni en convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo. Así fue continuando Francisco por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le pide que le diga en qué está la alegría perfecta.

El santo le responde que si, cuando lleguen a Santa María de los Ángeles –mojados como están por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre–, al llamar a la puerta del lugar y, después de presentarse como dos hermanos suyos de religión, el portero, malhumorado, los trata reiteradamente de mentirosos y bribones y, furioso, los echa y golpea y los arrastra por la nieve, negándoles comida y hospedaje…, si entonces saben soportar con paciencia y sin alterarse todas las injurias, la crueldad y el rechazo, y, más aún, con humildad y caridad, piensan que el portero los conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra ellos…, aquí hay alegría perfecta.

Y concluye Francisco: “Si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo…, aquí hay alegría perfecta… Por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos está el vencerse a sí mismo y sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo, penas, injurias, oprobios e incomodidades”.

Es cierto que, tanto en la actualidad como en el pasado, ha resultado difícil de conseguir para el hombre esta verdadera alegría. Incluso habrá quien piense que se trata de una mera fantasía alucinatoria. ¡No es así! Es la realidad con la que se encontró la pléyade de mujeres y hombres que, a lo largo de los siglos, alcanzó la santidad con denodado esfuerzo. Es la existencia que vivieron cientos y cientos de seres que, sumidos también como nosotros en tribulaciones de todo tipo, buscaron –en expresión de Teresa de Jesús (1515-1582)– “desasirse de las cosas que se acaban y, asidos a las eternas, unir la propia voluntad a la de Dios. Puestos los ojos en su honra y gloria, olvidarnos a nosotros y tenerlo todo debajo de los pies. Aquí nace la verdadera alegría” La misma que se necesita hoy –y siempre– para afrontar con corrección toda tristeza emergente.

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