¿Cómo hacer el mejor regalo?, por Pedro Paricio

La compraventa de bienes y servicios mediante dinero o trueque de objetos no agota el intercambio social en las relaciones personales. Este proceso comercial resulta necesario en el ámbito económico pero no refleja más que una parte ínfima de la personalidad humana. Hay una vida de relación afectiva que, expresada en la institución del ´regalo´, manifiesta el contraste con aquella fría dimensión comercial. Porque el regalo es, ante todo, una expresión sorpresiva de afecto y participación en algún recuerdo común. Eso es lo que –al menos– debería significar según el sociólogo Amando de Miguel (1937).

En razón de explicar las relaciones humanas y su fortalecimiento, la complejidad e importancia de esta muestra de cariño ha sido estudiada por multitud de profesionales: psicólogos, antropólogos, economistas, sociólogos, publicistas… Pero quien de verdad sabía de ello y de cómo hacer el mejor regalo fue el alicantino Joaquín Ballester Lloret (1865-1951), que, ya en su niñez, era llevado por su madre a asilos, orfanatos y cárceles para visitar a los allí acogidos. Esta sincera sensibilidad social vivida en su hogar de nacimiento fue el hilo conductor de la multitud de facetas que atesoró su personalidad y el motor de cuanto hizo en su dilatada existencia de entrega a todo aquel que presentara necesidad.

Siendo el primogénito de una descendencia de ocho hijos, a los veintiún años –fallecidos sus padres– se convirtió en el cabeza de familia, por lo que tuvo que administrar la importante herencia que estos le dejaron. En ese cometido le sirvió de mucho su carrera de abogado, aunque nunca la ejerció como tal. En pocos años adquirió nuevas tierras y acciones en sociedades de regantes, de modo que aumentó considerablemente el patrimonio recibido. Sin embargo, a pesar de manejar grandes sumas, fue especialmente austero consigo mismo, considerando que su deber era administrar su capital de tal forma que con él se hiciera el mayor bien posible para los necesitados.

En sus escritos, conferencias y discursos reiteró la necesidad del asociacionismo entre los agricultores para racionalizar el trabajo y los gastos y fomentar inversiones comunes: “Fiadlo todo a vuestro constante y tenaz esfuerzo. Trabajemos siempre unidos […]. Si un hombre solo puede abrirse paso en la sociedad, ¿qué no podrá hacer una agrupación de miles de hombres con sus respectivas familias, si se le imprime buena dirección? He aquí una fuerza grande, un factor de inestimable valor: la cooperación”. Pero este dinamismo teórico fue superado con creces por su desbordante actividad.

A pesar de que su figura pública es habitualmente vinculada con Fontilles, como cofundador de la primera colonia-leprosería de España, esta obra constituye solo un ejemplo de su incesante laboriosidad. Ocupó numerosos puestos de responsabilidad en la vida económica, social y política (Confederación Nacional Católica Agraria; Federación Valenciana de Sindicatos Agrícolas; Caja de Ahorros, Liga Católica y Alcaldía de Gandía…). Al desempeño de estas tareas hay que sumar también su dedicación a la construcción de carreteras y casas baratas para obreros, las subvenciones a ancianos, las pensiones para viejos marinos del puerto gandiense o los centros de enseñanza. En compañía de unos amigos proyectó igualmente una cocina económica y un comedor de caridad. Y así se podría continuar enumerando un sinfín de acciones de este calibre –emprendidas solo con fines caritativos– cuyo balance rondaría la cincuentena.

Este frenesí de realizaciones prácticas surgió gracias a que su vida fue un escenario repleto de proyectos al servicio de su fe: su desbordante beneficencia no manaba caprichosamente, sino de la profunda fuente de su espiritualidad cristiana, que, estimulada por la oración y la confianza en las posibilidades del ser humano, puso al servicio de Dios y los hombres, insuflando aire y fuerza a todos sus planes. Por ello, Ballester Lloret –uno de los mayores representantes del catolicismo social de su época– recibió en vida el refrendo de la sociedad a la que tan elegantemente sirvió: en 1948 el Estado le concedió la Gran Cruz de la Beneficencia y, en los días previos a su fallecimiento, la ciudad ducal proclamó popularmente su santidad asistiendo en masa a su viático. A su vez, en 2003 se procedió a la solemne apertura de la causa de su canonización.

Este modelo de laico católico no solo conoció a la perfección el sentido natural del ´regalo´ sino –lo que es más importante– su razón de ser sobrenatural. Fue consciente de que todo lo que tiene la persona es un puro regalo de Alguien que nos amó primero. Asimismo encarnó la exhortación teresiana de que el mayor regalo que se puede tener “es encontrar un Padre al que hablar y en el que descansar lo que hay en nuestro corazón”. Pero, sobre todo, tuvo la visión de que el mayor regalo que se puede hacer es “regalar a Dios en sus criaturas”. Joaquín Ballester supo cómo hacerlo… Y lo hizo. Regaló a Dios en sí mismo y en sus hijos. ¡No se puede obsequiar de mejor manera!

2 comentarios en “¿Cómo hacer el mejor regalo?, por Pedro Paricio

  1. Excelente artículo. En efecto, todo “es un puro regalo de Alguien que nos amó primero”. Me atrevería a postular la idea de un “metaregalo”, “palabro” que me acabo de inventar. Hacer un “metaregalo” consistiría en regalar a las personas queridas, y a todos los miembros de la familia humana, el apoyo para que descubran que ya poseen muchos, muchos, regalos de ese “Alguien”, y de otros “alguienes”, pero que, en muchos casos, no tienen conciencia de poseerlos. Además ayudarles a darse cuenta de que cuando uno deja de preocuparse de recibir regalos, y centra sus energías en regalar a otros tiempo, escucha, afecto, bienes materiales…, paradójicamente empieza a recibir más.

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