“La presencia del mal”, por Pedro Paricio

Tú y yo no nos detenemos habitualmente a pensar en la naturaleza del mal. En el mejor de los casos, absorbidos como estamos por el ajetreo de nuestra cotidianidad, contemplamos las consecuencias de sus efectos en las llamativas imágenes que nos ofrecen los medios de comunicación social. Pero reflexionar sobre él –lo que se dice cavilar acerca de su realidad– sólo lo hacemos esporádicamente cuando la magnitud y perversión de lo acontecido nos fuerza a dedicarle nuestra consideración por un instante. Por eso, hoy quiero refrescar tus recuerdos para que, juntos, recapacitemos un poco sobre el asunto.

Quizá esté todavía grabada en tu memoria la tragedia aérea vivida el 24 de marzo de 2015 por un avión de la compañía alemana Germanwings, que, colisionando en los Alpes franceses, desencadenó el fallecimiento de 150 personas. El hallazgo de la segunda caja negra de la aeronave confirmó que su copiloto Andreas Lubitz la estrelló deliberadamente, siendo comprobada su voluntad de destruir el avión por un cúmulo de acontecimientos concatenados que paso brevemente a relatarte.

A pesar de recibir reiterado tratamiento psiquiátrico y tener también problemas de visión, omitió a propósito su situación médica. Su antigua novia –además de ratificar estos pormenores– explicó que Andreas se había referido a un día en que haría algo para cambiar el sistema y que todo el mundo conocería su nombre y lo recordaría. También declaró que Lubitz y su familia habían ido a menudo a practicar vuelo sin motor por la zona donde se produjo la catástrofe. El fiscal francés encargado del caso aseguró que el copiloto buscó en internet –días antes de la tragedia, incluso su víspera– información sobre el funcionamiento de las puertas de las cabinas de vuelo y otros datos para suicidarse. Los restantes detalles del siniestro fueron bien conocidos por la opinión pública mundial en su momento.

Esta aberración –como cualquier otra de las muchas semejantes que se perpetran hoy en día en nuestro planeta– lleva inevitablemente al planteamiento de qué puede pasar por la cabeza de alguien para cometer semejantes actos. Desde la lógica del sentido común y del racionalismo científico, nada puede explicar con persuasión este tipo de conductas. Sin embargo, quienes las realizan habitan en nuestra civilizada sociedad e incluso forman parte de ambientes considerados respetables, aunque su comportamiento no sea distinto del de los aquelarres pintados por Goya.

Y es que, si se quiere entender algo acerca del funcionamiento de este tinglado de la vileza, además de admitir que es una innegable realidad y que sus dañinas consecuencias no son menos reales, hay que reconocer sin paliativos la disposición de muchas personas a morir y a matar por aquello que divinizan en lugar de Dios. Se trata de una perversión del sentido religioso innato en el hombre, por la que este, al pretender librarse de las exigencias de su naturaleza espiritual, busca otras formas que le protejan del abismo del sinsentido y el vacío de la muerte.

La mayoría de los humanos pasa por la vida sin hacer daño significativo a nadie, pero a veces aquella búsqueda introduce un ´matiz´: para conseguir lo deseado se llega a caer en manos del mal. Aunque su naturaleza perturbadora es difícil de aceptar por muchos, su presencia a través de los tiempos es una constante histórica. Como el bien, el mal existe y actúa en nuestras vidas. No es una ficción ni algo exclusivo sólo de un remoto pasado. Tampoco es una abstracción. Designa a la persona de Satanás, por quien –oponiéndose al designio de Dios– entró el pecado y la muerte en el mundo, de los que éste será liberado con la derrota definitiva del Maligno por la obra de salvación cumplida en Cristo.

Envueltos por su atmósfera maléfica, muchas personas se han acostumbrado a respirar la toxicidad de su ambiente sin percatarse de su existencia. Ante esta ´banalidad del mal´ –en expresión de la filósofa Hannah Arendt (1906-1975)–, san Pablo ya advirtió que “nuestra lucha no es contra los hombres de carne y hueso, sino contra las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal, que dominan este mundo de tinieblas”. Se trata de un poder que causa graves daños en cada hombre, en la sociedad y en la creación, pero que no es infinito, porque la suerte de Satán está sentenciada. El cristiano sabe que por sí solo no puede hacer frente a esa amenaza, mas –confirmados por la misma evidencia paulina– “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.

5 comentarios en ““La presencia del mal”, por Pedro Paricio

  1. El problema está en distinguir el Mal de la Ignorancia.
    Hay personas que actúan mal por egoísmo, por deseo de poder, de dominio, etc. Se suele dar en personas sin conciencia formada o incluso en conciencia deformada o mal formada. Y eso será cada vez más frecuente, dada la escasa formación en valores y virtudes que se da en la infancia y en la adolescencia, algo que se hace conscientemente en determinadas ideologías desde aquellos que deberían cuidar ese extremo en la educación. Cuando se hace así, y se está haciendo, eso es un mal, matizado o justificado por el afán de una falsa libertad, pues está debe seguir a la naturaleza del hombre.
    No todo lo que se puede hacer debe hacerse. Esto lo sabemos bien los científicos y los médicos en la bioética.
    El mal del ignorante es fruto de su ignorancia, y de la incapacidad de pensar correctamente, pues para pensar hay que tener conceptos universales y una educación moral, etc, sin eso no se puede pensar, entonces sale el animal que somos, sin la racionalidad. Es un mal distinto aunque sus consecuencias son parecidas. Es una simple opinión a vuela pluma.
    El problema del mal en el mundo es un misterio y, en parte, es fruto del materialismo y del ateismo.

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  2. Para mí el mal es la ausencia de Dios en nuestras vidas, lo que es terreno abonado para el maligno para entrar en ellas a través de las seis puertas perfectamente definidas por el padre Javier Luzón Peña. En su libro “Las seis puertas del enemigo. Experiencias de un exorcista”, Ed. Altolacruz, 2017, explica cómo tres de ellas las abrimos nosotros mismos por medio del pecado, la relación con el ocultismo, y una tercera, a través del rencor. Asímismo, hay otras tres puertas que no abre el afectado, sino que son abiertas por los maleficios recibidos, las heridas del seno materno, y una sexta, a través de las ataduras ancestrales. Recomiendo la lectura de este libro extraordinario, muy clarificador.

    El mal es la acción del maligno para alejarnos de Dios y llevarnos a su terreno, y esto no es una metáfora, ni un invento, ni tampoco un hecho biológico. Negar la existencia del demonio, o mejor dicho, de la tercera parte de las huestes de ángeles caídos, es negar la redención de Nuestro Señor Jesucristo, que vino a salvarnos del pecado original, y sus consecuencias. No se puede servir a dos señores. O estamos con Jesús o contra Él, y por ende, con el enemigo, que es el mal, y que nos incita a pecar y a desobedecer a DIOS PADRE TODOPODEROSO cuando no seguimos sus Diez Mandamientos, resumidos en dos, amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo, así como cuando nos aferramos a la práctica del pecado, bien sean los capitales o veniales.

    Lástima que no se hable de esto con claridad para ayudar a nuestros hermanos a aumentar su fe y para llamar a la conversión de los pecadores. Doy fe de que yo soy una de ellos. ¿Por qué tener miedo a hablar sobre la Verdad, Jesús de Nazaret, y sobre su Palabra de vida, que vino a liberarnos del maligno?

    Cuando acontecen cosas malas, es porque se ha dejado vía libre a que el príncipe de este mundo campe a sus anchas, y nos lleve por el camino de la amargura. ¡Así nos va!

    Como dijo Chesterton, el que no cree en Dios, corre el peligro de creer en cualquier cosa, y añado para finalizar que, lo que no es Dios, es el otro señor, es decir, el diablo, o más modernamente dicho por el papa Francisco, el dinero.

    ¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!

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  3. Postdata: Gracias a Pedro Paricio por este artículo tan necesario hoy en día para sacarnos de la comodidad de no querer reconocer que el mal es el maligno, al que no me apetece ponerle la M mayúscula. No solo Satanás, sino que a este le acompañan la tercera parte de las huestes de los ángeles caídos, que siguieron a Lucifer, y lucharon contra Dios porque su soberbia les alejó del Amor De Dios que los creó. Igualmente, gracias a ti, José, por compartir esta joya.

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