“Entusiasmo musical”, por Pedro Paricio Aucejo

La vitalidad del ser humano queda enriquecida por su capacidad de entusiasmo. Todos hemos experimentado en algún momento la fuerza que transmite a nuestro ser y le impulsa a superar las dificultades generadas por la existencia: como un lubricante que engrasa el complejo engranaje de nuestro psiquismo, el entusiasmo le arrastra adelante y hacia lo alto y le hace funcionar con eficacia. No es de extrañar, pues, que Ortega y Gasset (1883-1955) considerara que “el mundo, mirado sin entusiasmo, parece vengarse de nosotros volviéndose mudo, erial e inhóspito”, por lo que aconsejaba: “Quien quiera esplendor y luz sobre su vida, despierte su íntimo fuego y todo en torno será a sus ojos una selva inflamada”.

Ahora bien, si cualquier realidad puede actuar como desencadenante de la cautivadora exaltación del ánimo que caracteriza al entusiasmo, en el caso del suscitado por la denominada música de banda puede adquirir visos de espectáculo público, al menos en Valencia, desde donde escribo. Aquí, en esta tierra, no hay dimensión de la existencia que no quede transformada por sus sones. Cuando, en cada uno de nuestros pueblos y ciudades, la banda se echa a la calle –anunciando el comienzo de la fiesta, acompañando la procesión religiosa, interpretando el concierto en la plaza mayor…–, en ese momento, todo se deja y ya nada importa más que el protagonismo de la banda.

Y es que, para nosotros los valencianos, la música de banda es muchas cosas a la vez: es, por excelencia, arte, pero también instrumento de educación, medio de entretenimiento, agente de socialización, factor de integración, seña de identidad ciudadana… y, sobre todo, una peculiar forma de entender el mundo, aquella por la que, desde la infancia, la música nos abre al misterio de la vida y a la fascinación de la belleza.

Además de comprobarla en mi propia experiencia, esta seducción la he venido constatando también en carne ajena. Con sorpresa he podido confirmar en mis últimos años como docente que, al proyectar en el aula la película británica ´Tocando el viento´, el alumnado quedaba siempre gratamente atrapado por ella. El escenario en que transcurre esta tragicomedia es la población minera de Grimley, en el norte de Inglaterra, región que se vio afectada por la oleada de cierres de pozos de carbón decidida por el gobierno de Margaret Thatcher. Ante la posibilidad de la pérdida de numerosos puestos de trabajo, el colapso de la economía de la zona y su repercusión en el futuro de las familias allí residentes, la banda de música de los mineros –institución local con más de un siglo de historia– se convierte en el factor dinamizador del cambio en la problemática social y vital de la localidad.

A diferencia de lo que sucedía con otros filmes de semejante temática, la seducción que, curso tras curso, sentían los estudiantes al ver este largometraje venía dada sobre todo por las interpretaciones musicales de la banda –en especial, la primera de ellas, una selección del ´Concierto de Aranjuez´ del compositor saguntino Joaquín Rodrigo (1901-1999)–, cuya sonoridad, a semejanza de las bandas de nuestra Comunidad, se aproximaba a la de una orquesta, hechos ambos que potenciaban la empatía de los jóvenes espectadores por su condición de experimentados músicos o ilusionados educandos.

Desde entonces me reafirmé en mi convicción del sesgo identitario que presenta la música de banda en nuestra tierra. Ello no niega el reconocimiento de la distancia que, en cuanto a aquilatada exquisitez, la separa de otras manifestaciones musicales estimadas como más selectas. Pero este hecho no es óbice para que en cualquier caso –sea la que fuere su modalidad–, toda música auténtica sea incomparable como medio para desencadenar, entre otros, sentimientos de entusiasmo, belleza y libertad.

La pasión generada por la música conmueve nuestras entretelas anímicas hasta alcanzar un éxtasis propio e inconfundible, aquel en que se vislumbran las más secretas vivencias de lo humano. Al arrebatar todo nuestro ser –dinamizando los sentidos, los músculos y los espacios cerebrales más recónditos–, la música permite que nos adentremos en nuestra propia intimidad y a la vez en la profundidad del mundo, hasta fundirnos con lo cósmico, y penetrar así en los arcanos de una existencia que está más allá de lo sensible. Abre un boquete en el recinto de lo trascendente y permite acceder –aunque sea solo por unos instantes– a lo sobrenatural, hasta remover místicamente nuestra naturaleza.

En esos momentos de arrobo, la tierra sabe a cielo y lo humano a sobrehumano. Un adormecido eco hace resonar entonces, en el auditorio de cada corazón, la melodía que –sin estridencias pero sin descanso– introduce nuestro espíritu en la atmósfera de la divinidad. Su ritmo golpea en lo más íntimo del ser con la misteriosa cadencia de Dios. ¡Endiosamiento musical: posesión de nuestro Dios interior que eleva la mente a la contemplación esencial del mundo! ¿No es esta –al fin y al cabo– la etimología del término entusiasmo?

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