‘Ermitear’, por Pedro Paricio Aucejo

Luis Beltrán Lluch Garín fue un escritor y polifacético abogado (1907-1986) que, en su extensa obra Ermitas y Paisajes de Valencia –lírico depósito de humanismo cristiano–, catalogó literariamente cerca de cuatrocientas ermitas de su territorio nativo, recorriendo muchos senderos de las comarcas levantinas para dar a conocer estos santuarios, los paisajes de su entorno y la devoción de las gentes que los habitan. Para hacer referencia a sus andanzas por esos pequeños templos empleó el término “ermitear”.

Aprovechando la benignidad de esta época del año, también emprendí yo hace unos días mi personal ´ermiteo´ por el interior de la provincia de Castellón. Mi itinerario tuvo por rumbo un pequeño cerro de 445 metros de altitud en el término municipal de Segorbe. Allí, rodeada de masas de pinar, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de la Esperanza, a la que ya se rendía culto en el siglo XIV. En romerías que se celebran en diferentes fechas del año, se desplazan a este paraje numerosos fieles de las poblaciones del entorno. Tras la Eucaristía y la bendición de las aguas del manantial ubicado a los pies del montículo y que abastece hídricamente a la zona, se celebra un almuerzo campestre en medio de la armonía de la vecindad, que es convocada año tras año por la alegría del esparcimiento, el ritual de la tradición y el fervor de la devoción.

En mi solitaria visita estival, desde el umbral de su puerta cerrada, observo por el ojo de la cerradura el interior de la estancia, en la que una sencilla escultura de la Virgen, coronada sobre gloria de ángeles y con un cetro en su mano izquierda, preside la hornacina del altar. Rezo una plegaria. A lo largo de los siglos, miles de personas habrán repetido mi elemental gesto de devoción mariana. ¡No es de extrañar! Porque en María encontramos la conjunción entre cielo y tierra: recogida hacia dentro desde bien joven, sus días fueron un constante deseo de tender a Dios; en permanente conexión vital con Él, consiguió hacerse plenamente habitable por el Creador para que Éste se hiciese ´Dios con nosotros´. Nadie como Ella estuvo más cerca del destino de Jesucristo. De ahí que –por ser también Madre de los hombres– irradie de Nuestra Señora cuanta fe puede haber en esta tierra y podamos así vivir con la esperanza de ser propiamente merecedores de ella.

Mientras contemplo la panorámica del entrañable paraje que la envuelve, mis ojos se detienen en un diminuto portillo de su fachada lateral. Es una de aquellas azorinianas ventanas que oprimen nuestro corazón un momento “con inquietud indefinible […], porque el misterio de estas ventanas está en algo vago, algo latente, algo como un pensamiento o como un recuerdo de no sabemos qué cosas”. La extraña emoción que las pequeñas ventanas despertaban en el escritor de Monóvar es sentida también por mí ¡y no solo con estas deliciosas troneras! Percibo también una insólita turbación ante la presencia de las humildes capillas en las que se ubican. Frente a lo que me acontece en la majestuosidad de los grandes templos, en lo recóndito de la montaña ´ermiteo´ en busca del Dios íntimo que allí habita.

Y, en esa indagación, mi mente se une a los versos del poeta Enrique Durán y Tortajada (1895-1967): “¡Qué bien me siento aquí, cabe la ermita/ de humilde traza y muros encalados!/ ¡Qué dulces los instantes son pasados/ bajo el amparo de su cruz bendita!/ ¡Qué bien se siente aquí, donde la cita/ con Dios en estos predios bien amados/ deja los pensamientos sosegados/ y, en calma dulce, el alma más contrita!/ Verde –afuera– de campo, azul de cielo;/ murmura su plegaria el riachuelo/ y el campanil, que invita, dice: reza…/ Adentro todo es simple, humilde, austero:/ sólo el exangüe Cristo en el crucero,/ y en esta sencillez, ¡cuánta grandeza!”.

Afortunadamente, la geografía española se encuentra aderezada de miles de ermitas en las que el sentido católico de nuestro pueblo halló siempre un recinto para la expresión de su piedad. La devoción en romería hacia estos templos ha permitido avanzar con sencillez en el conocimiento del misterio de nuestra fe. En el núcleo de su religiosidad subyace el acervo de valores con el que la sabiduría cristiana responde a los grandes interrogantes de la existencia. En ella se concilia creativamente lo divino y lo humano de nuestra creencia, su dimensión personal y comunitaria, la convivencia entre el fervor y la fiesta, la armonía entre la espiritualidad y la materialidad de la naturaleza humana…

Ahora es tiempo de ´ermitear´. Seguro que, allá donde te encuentres, tienes cercana una ermita. ¡Decídete a visitarla! Descubrirás lo que necesitas.

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