‘Eternizar el instante’, por Pedro Paricio

En estos días, semanas, meses, de pandemia, en los que a quienes nos vemos obligados a teletrabajar nos falta… tiempo, viene al rescate nuestro gran amigo y colaborador Pedro Paricio y pone las cosas en su sitio.

Te recomiendo leer su post en Dame tres minutos. Te ayudará a pensar.

Luego, busca un vídeo en YouTube poniendo algo así como tarro, piedras, arena, cerveza (vamos a cambiarle aquí el líquido elemento a Pedro) y hasta sonreirás.

Muchas gracias, una vez más, Pedro, por la excelencia de tu colaboración, de tu generosidad y tu amistad.

Os dejo con él.

‘Eternizar el instante’, por Pedro Paricio Aucejo

¿A quién se le ocurriría vincular la ausencia de alegría con el tiempo? Sin duda alguna, a Hermann Hesse (1877-1962), que vio en esta deficiencia una de las características distintivas de su época. El razonamiento esgrimido por el premio Nobel de Literatura es muy sencillo y cierto, pues –según el escritor nacido en el histórico territorio alemán de Württemberg– aquel maravilloso sentimiento tiene su peor enemigo en la prisa, principio y fundamento de un estilo de vida que, transmitida ya desde la primera educación, sobreestima aritméticamente el tiempo tanto en el trabajo como en el ocio, inundando la existencia de nerviosismo y rapidez.

Pero esto sucede así porque el paso del tiempo preocupa al ser humano. Su marcha rauda –por la que todo es en un momento y al instante se desvanece– roza nuestra existencia y hasta la encanta con el apresuramiento de su estímulo. Es la huella de lo efímero de una finitud que, por fluir sin cesar, anhelamos rentabilizar al máximo. Son abundantes los procedimientos elaborados para ello, especialmente en el ámbito empresarial con el fin de obtener el mayor provecho laboral. A este respecto, desde diversas fuentes bibliográficas se ha divulgado la lección que, sobre planificación eficaz del tiempo, impartió a un grupo de directivos un experto en la materia.

El profesor en cuestión comenzó haciendo un experimento, de modo que colocó en su mesa un enorme frasco frente a él. Después mostró una docena de piedras del tamaño de pelotas de tenis y las fue depositando con cuidado una a una en aquel recipiente. Una vez el frasco estuvo lleno hasta los bordes y el auditorio pensaba que no cabía nada más, sacó grava, la fue vertiendo por encima de las piedras, agitó ligeramente el frasco y las partículas de piedra machacada se filtraron hasta el fondo. Cuando de nuevo los alumnos creyeron que el frasco estaba completamente lleno, sacó arena y, poco a poco, la fue añadiendo al recipiente. Llegado el momento en que el público creía que era imposible añadir nada más, cogió finalmente agua, llenó hasta arriba el recipiente y preguntó cuál era la consecuencia que se podía aplicar a la gestión del tiempo respecto de lo observado en esta prueba.

Alguien interpretó enseguida que la lección a sacar era que, si se cuenta con voluntad para ello, siempre se pueden hacer más cosas y añadir tareas a la agenda laboral. Al escuchar la respuesta y después de desaprobarla, el docente indicó que lo que de verdad demuestra este experimento es que, si no se colocan primero los asuntos importantes a realizar, no pueden meterse después los demás. La priorización de tareas es requisito imprescindible, de manera que las grandes cuestiones de la vida son las que han de tener preferencia, pues, de lo contrario, si nos dedicamos primero a la resolución de cosas de poca monta, llenaremos nuestra vida de futilidades, no nos quedará tiempo para hacer lo importante, seremos ineficaces y –lo que es peor– correremos el riesgo de no ser felices.

Pero, ¿en verdad, la clave del asunto está en cómo distribuir el tiempo entre lo importante y lo que es de poca monta?, se preguntará el lector. ¿No hay cosas –demasiadas, incluso– que no nos parecen de interés pero resultan ineludibles? Entonces, ¿cómo hacer compatible esto con un tiempo que fluye irremediablemente y parece condenado a perderse? La respuesta nos la aporta el filósofo español Jorge Santayana (1863-1952): “Nada puede poseerse realmente [en esta vida] sino en forma de eternidad”. Si educamos nuestra atención a revolotear como una polilla alrededor de luces que son eternas, sus inevitables idas y venidas en torno a esas luminarias no serán tiempo perdido, sino fases alternativas de un único proceso que tiene siempre como finalidad la eternización de cada momento.

Es en esa coyuntura en la que se produce la mutación de un tiempo fugaz, repleto de instantes que no calman nuestro apetito de vida, en una esplendorosa realidad perdurable. Sin ésta ni se alcanza la razón de ser del tiempo ni el elemento decisivo de nuestra existencia. Frente a lo que acostumbramos a entender por ´ganar el tiempo´ –la mera agitación de actividad sobre actividad–, y que no es sino perderlo, la mejor forma de aprovecharlo es eternizándolo, haciendo de él nuestro cómplice en el logro de aquello que permanece para siempre.

2 comentarios en “‘Eternizar el instante’, por Pedro Paricio

  1. Muchas veces damos más importancia a lo que no la tiene. Con el tiempo, he aprendido qué es lo que realmente importa, pero no ha sido mérito mío, ni mucho menos. Desde arriba me lo han ido haciendo ver, aunque muchas veces lo he tenido que aprender a base de coscorrones. Muchas gracias por esta reflexión.

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