‘Educación, fe y familia’, por Pedro Paricio

Hoy, Dame tres minutos tiene la suerte de contar con una nueva colaboración de un escritor. Y digo escritor porque Pedro Paricio realmente maneja el teclado con la habilidad propia de un profesional. Y aporta, además, contenidos de valor; que te ayudan a crecer. En este caso, es una reflexión sobre aquello que da título al post, a la que incorpora ejemplos vivos de aquello de lo que trata.

Nuevamente, amigo Pedro, gracias de corazón. Y enhorabuena por el artículo.

‘Educación, fe y familia’, por Pedro Paricio Aucejo

Lo que ha distinguido históricamente a la educación es el hecho de haber sido siempre instrumento idóneo para el desarrollo de las personas y la coexistencia pacífica entre los pueblos. Gracias a su intervención se dinamiza el complejo engranaje de retroalimentación entre el individuo y la sociedad, de forma que no hay verdadero bienestar social sin una buena educación. Entendida como el proceso que capacita para vivir en plenitud, sus contenidos han de abarcar la totalidad de ámbitos que integran al ser humano, a fin de lograr que éste sea más plenamente humano. Por ello, una buena educación no puede prescindir de lo que compete a la dimensión espiritual y trascendente de la persona, de la que forma parte esencial la fe religiosa.

Al ser la única capacidad que contempla la realidad desde la perspectiva del misterio divino, la fe acerca al individuo a una relación íntima con Dios, ampliando y enriqueciendo al máximo su horizonte vital: le abre al interrogante fundamental de la existencia, le muestra un destino de infinitud, le suministra los principios con los que regir su comportamiento y le pone en disposición de contribuir al bien de la humanidad. Este carácter integrador de la fe hace de ella una escuela insuperable de civilización y divinización.

Sin embargo, educación y fe se infunden en la vida individual gracias primordialmente a la intervención de la familia, en cuyo ámbito se inicia, desde la infancia, el proceso de aprendizaje e interiorización de las pautas sociales que conforman la socialización primaria –la más intensa– de todo ser humano. Pero no en todas las familias se lleva a cabo de la misma manera este fenómeno. Si se presentan deficiencias en su seno, aquel bagaje transmitido condiciona conductas nocivas para la sociedad. En el supuesto contrario, las fecunda para la convivencia pacífica. Tal fue el caso del linaje del que formaban parte, en el siglo VI, los hermanos hispanorromanos Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro.

El primogénito fue persona muy exigente, estudiosa y austera. Elegido obispo de Sevilla, creó una escuela en la que se enseñaban las ciencias sagradas y todas las artes conocidas en aquel tiempo. Entre sus alumnos, se encontraban Hermenegildo y Recaredo, hijos del rey visigodo Leovigildo. Allí comenzó el proceso de conversión del primero, que lo llevaría a abandonar el arrianismo y a abrazar la fe católica, hecho que también sucedería años después con el segundo, quien al ser proclamado rey, convocó el Concilio III de Toledo, en el que se rechazó aquella herejía. Leandro fue también un verdadero estadista, que contribuyó al resurgir del cristianismo por todos los rincones del país, con la fundación de monasterios, el establecimiento de parroquias por pueblos y ciudades o el requerimiento de nuevos Concilios de Toledo que aportarían sabias legislaciones en materias religiosas y civiles.

Por su parte, Fulgencio fue educado en la fe cristiana por el obispo benedictino Eterio. Después de profesar la vida monástica en la orden de san Benito, se dedicó al estudio de las Sagradas Escrituras y, además de propagar sus creencias religiosas mediante numerosos escritos, tomó parte activa en la batalla dialéctica contra los arrianos. Desterrado a Cartagena por defender la causa de Hermenegildo, ocupó la silla episcopal a la muerte del prelado de esta ciudad y posteriormente la de Écija. Reclamado de nuevo a Cartagena, falleció allí en 658.

En cuanto a Florentina, siendo joven decidió entregar su vida a Dios e ingresar en el monasterio de Santa María del Valle (Écija), del que pronto sería superiora. Fundó varios conventos en la comarca y tuvo a su cuidado a más de mil consagradas. Asimismo fue maestra de su hermano menor, Isidoro, y, por su gran conocimiento de las disciplinas eclesiásticas, le fueron dedicados tratados de alta doctrina por parte de éste y Leandro.

El talante de Isidoro debió mucho al contexto familiar de exigencia ascética y férrea disciplina en el estudio de las obras clásicas, paganas y cristianas. Su capacidad de síntesis y recopilación –manifestada en las ´Etimologías´ o las ´Sentencias´– le dotaron de una extraordinaria erudición personal, con la que alcanzó un conocimiento enciclopédico que, sin descuidar nada de lo que la experiencia humana había producido en la historia de su patria y del mundo entero, le permitió confrontar continuamente la novedad cristiana con la herencia clásica grecorromana.

Además de cuestiones teológicas complejas, supo también afrontar problemas sociales graves. Su realismo de auténtico pastor en el obispado de Sevilla y su reconocida autoridad hicieron posible su búsqueda de la contemplación de Dios con la acción al servicio del prójimo y de la comunidad humana, de la que son una buena muestra la organización de la Iglesia española, la uniformidad en la liturgia, las relaciones amistosas y de mutua ayuda entre la Iglesia y el Estado o la fundación de seminarios y otros centros de estudios en cada diócesis, a semejanza de la de Sevilla. Su muerte en 636 le abriría las puertas al reconocimiento canónico de su santidad –condición compartida también por sus tres hermanos– y al nombramiento de Doctor de la Iglesia universal.

Pero el inmenso prodigio de las capacidades atesoradas por estos cuatro hispanorromanos hubiera sido difícilmente posible de no haberse dado la influencia de sus progenitores, Severiano y Túrtura, nobles de gran influencia en la Cartagena de su tiempo que, a causa de profesar la fe católica, fueron desterrados a Sevilla. Su preocupación por la formación integral de sus hijos es un buen ejemplo para los padres que, hoy y siempre, pretendan fundar una familia para la eternidad.

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