“El arte de mirar”, por Pedro Paricio

ojos

Hoy vuelve a Dame tres minutos Pedro Paricio. No puedo sino darle, una vez más, las gracias. Por varias razones:

Una de ellas, a la vista está, es la calidad de sus escritos.

Otra, cómo sabe estar cerca, presente, para apoyar al blog (y a mí) en esta iniciativa que comenzó hace ya años y que no tiene otro fundamento que el que subrayo, de inicio, en una de sus páginas: Te escribo porque me importas.

Al bueno de Pedro, le importo yo; y tú, amigo lector. No me cabe duda alguna. Y es por eso que nos escribe.

No podemos sino -de corazón- darle las gracias. Y la palabra.

“EL ARTE DE MIRAR”, por Pedro Paricio Aucejo

¿Quién, en estos tiempos que corren, no ha asistido a una entrevista de trabajo? ¿Quién no ha sentido en esos momentos que el adecuado uso de la mirada es más complicado de lo que parece? ¿Quién no se ha percatado de que esta puede jugar malas pasadas a la hora de contactar con otra persona? Los expertos en comunicación lo saben: antes incluso que el apretón de manos o el primer cruce de palabras, la mirada es lo primero que entra en juego. La entrevista puede concluir rápidamente si se saluda al interlocutor sin mirarle a los ojos o si, distraído, se inicia la conversación mirando hacia otro lugar. El tiempo y la forma de mirar son decisivos.

Y ello es así en el ámbito laboral, pero también en el personal, en el afectivo y en cualquier situación en que se entre en relación con el prójimo, porque el contacto visual es un eficaz regulador de la comunicación: funciona como un interruptor que enciende y apaga nuestra conexión con los demás. Todo empieza cuando las miradas se cruzan y finaliza cuando los ojos se evitan. Más aún, en ocasiones, la mirada es la comunicación misma: no hacen falta palabras para entenderla, habla por nosotros.

Que los ojos ´hablan´ y ´escuchan´ es algo fácil de experimentar, porque mirar no es solo percibir, sino preguntar, atender, comprender, aprobar, rechazar, engañar, mostrar la propia decepción o cualquier otra de las múltiples posibilidades expresivas de los ojos y su contorno. No puede ser de otra manera, pues nuestro mundo es óptico. Pero si los ojos funcionan como ventanas por las que se accede a la vida, lo que se percibe varía de un individuo a otro: por aquello que se está acostumbrado a observar y porque la mirada expresa y atestigua al individuo entero, desde su personalidad a su mundo, su biografía, sus sentimientos y sus propósitos.

Hay ojos troquelados por un entorno de riqueza cromática, como los del fisiólogo y psicólogo neerlandés Buijtendijk (1887-1974), habituados a la exuberante floricultura con la que el arenoso suelo de su tierra cubre el paisaje de flores y bulbos. El estallido primaveral de sus múltiples especies de tulipanes debió influir en su concepción antropológica de la mirada humana. Al igual que la diversidad de colorido de estos bellos ´turbantes vegetales´, el pensador holandés catalogó diferentes tipos de miradas (cálida o fría, fugaz o intensa, nerviosa o relajada, sorprendida o ingenua, recta, sesgada, prensil, blanda, indiferente, vaga, voluptuosa, reflexiva, clara, turbia…) en función de algunos de sus factores determinantes, como la profundidad de los ojos, su humedad, su apertura, las dimensiones de la pupila, la caída de los párpados superiores, las cejas…

Otros ojos, los de Ortega y Gasset (1883-1955), se acostumbraron a mirar la llanura sin fin de Castilla, donde se dobla el dorado cereal y los cielos azules son limpios y diáfanos, donde los caminos resultan cansinos y pedregosos para el caminante y los ríos se presentan custodiados por trémulos álamos, donde altaneros castillos se elevan sobre abruptos peñascales y las viejas ciudades reflejan el alma profunda de sus paisanos. Con este escenario de fondo, su opinión sobre la mirada era la de representar “casi el alma misma hecha fluido. Bajo el arco de las cejas, párpados, esclerótica, pupila, iris [representan] maravillosamente el drama y la comedia de dentro… En el aparato ocular intervienen el mayor número de músculos pequeños y sumamente sensibles, que obedecen a las menores presiones del ser íntimo”.

A muchas leguas de Castilla, los ojos de Luis Cernuda (1902-1963) fueron moldeados –en paráfrasis del sevillano– por los ligeros paisajes del sur, por el desierto de una tierra que llora mientras canta, en la que la lluvia no es más que una rosa entreabierta y el mar un horizonte en el que verter sus deseos amargos. Como poeta consumado, su idea de la mirada no podía ser sino lírica: “el amor nace en los ojos”, por lo que “la mirada es quien crea, por el amor, el mundo, y el amor quien percibe, dentro del hombre oscuro, el ser divino, criatura de luz entonces viva en los ojos que ven y que comprenden”.

Al igual que veían y comprendían –más aún, perdonaban y salvaban– los ojos con que, dos milenios antes, miraba Cristo. No fueron ojos de antropólogo ni filósofo ni poeta, porque en ellos se fundían, en representación mironiana, el júbilo de los recaudadores del fisco con la gracia helénica y el parloteo de mercaderes fenicios y árabes, la exquisitez de los saduceos con la rigidez de los fariseos, los cascos y picas de los pretorianos con la desventura de ciegos y paralíticos, las higueras retoñadas con los centenarios olivos, los collados en que descansaba el esplendor jerosolimitano con los ardores del desierto, la santidad del templo con la avidez de los pozos samaritanos… En su mirada se acrisolaba todo, ligando para siempre las almas a un destino de eternidad en que la miseria humana era asumida por la misericordia divina.

Mirada de Buijtendijk, de Ortega, de Cernuda, de Cristo… ¿Cómo miras tú? ¿Con qué mirada te quedas?

 

9 comentarios en ““El arte de mirar”, por Pedro Paricio

  1. Maravilloso!!! Muchas gracias.Y en los ojos de Xto también hay además, una mirada que te espera….una mirada que te da esperanza.Abzo!CBEnviado desde mi smartphone Samsung Galaxy.

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