José Mari y su gota en el mar

Hoy te traigo a Dame tres minutos a José Mari.

Una más de aquellas personas a las que Eduardo Galeano se refería al decir: «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo».

Supe de él hace bien poco a través de El País: El anciano fallecido en un contenedor de basura era el abuelo del muerto por un kamikaze”.

Tras el titular, añadía: “El hombre sufrió un ataque al corazón cuando trató de recuperar una bolsa de basura que había echado en el contenedor equivocado. Su intención era reciclar”.

Y hoy, cuando todo el mundo habla de Greta Thunberg, cuando a los grandes líderes se les llena la boca de cambio climático, de sostenibilidad y de cuidado del planeta -mientras algunos se fuman un puro-, va y te traigo a un humilde abuelo, prácticamente octogenario, cuyo aparente único mérito era echar su bolsa de basura en el contenedor correspondiente. Nada más. Un pequeño acto, de lo que para él era ya un hábito de responsabilidad ciudadana.

El periodista Juan Diego Quesada, autor de la información publicada, describía los hechos y relataba el siguiente diálogo:

“– Pepa, no me quedo tranquilo. He echado la basura donde no debía.

– José Mari, déjalo. No le des más vueltas”.

Pero “el hombre fue incapaz de dejarlo ir. José María San Martín, un jubilado de 79 años, estaba desde hace años muy concienciado con el reciclaje. La suya no era una fiebre pasajera. “Hay que dejar un mundo mejor a nuestros hijos”, solía decir. Así que se volvió a echar a la calle, pese a que este domingo pasado llovía y hacía frío. Media hora antes había lanzado la bolsa al cubo mientras paseaba a su perra yorkshire, Perla. Al volver a casa y repasar sus actos algo no terminaba de cuadrarle. De repente, cayó en la cuenta de que había echado la bolsa en el lugar equivocado. Bajó a deshacer el error.

Al ver que no regresaba después de un buen rato, Pepa fue tras sus pasos. En la calle se encontró con varios coches de policía y un cadáver tapado en el suelo. “Estoy buscando a mi marido”, les dijo Pepa Martín. La policía le pidió la documentación de su marido y ella subió a casa a por su DNI, en el barrio de Valdebernardo, en Madrid. Cuando se lo enseñó a los agentes, se dieron cuenta de que se trataba del hombre que acababa de morir.

Los policías le explicaron lo que había sucedido: su marido había fallecido, probablemente de un infarto, al intentar cambiar de contenedor la bolsa de basura que había echado con anterioridad”.

José María era una persona casi octogenaria. En algunos lugares, parece que hoy los abuelos no están “en el top ten” … También era alegre (ay, la alegría, ¡cuánto la necesitamos!); participaba en el coro de su parroquia (¡cantaba a Dios y a los demás!), donde era muy querido. Junto con su mujer, Pepa, colaboraba en Cáritas… En fin, todas esas cosas que hoy no son noticia. ¡Pues mira, lo fueron!

Y yo hoy quiero hacer de eco

Porque son esos pequeños actos los que definen a las personas. Llovía, hacía frío, seguro que le daba pereza volver a salir de casa y, a fin de cuentas, ya había depositado la basura… ¿para qué complicarse? Pero José Mari le daba vueltas: – Pepa, no me quedo tranquilo. He echado la basura donde no debía.

Y él quería hacer posible que se reciclase también el contenido de su bolsa de basura. Esa era su humilde aportación. No se trataba de salvar los océanos, ni de combatir con grandes leyes la deforestación. Se trataba de depositar su pequeña bolsa de basura allí donde debía estar. Nada más. Y nada menos.

Sin duda, con Santa Teresa de Calcuta, José Mari pensaba que “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar; pero el mar sería menos si le faltara una gota”.

Y José Mari, que ponía a todo corazón, no estaba dispuesto a eso.

Es la importancia de las pequeñas cosas. Esas que, a veces, despreciamos o minusvaloramos: – Oye, que porque hoy no recicle esto, el mundo no va a cambiar…

O sí.

Hoy en día, que están tan de moda los grandes discursos, la oratoria hueca, las manifestaciones, las pancartas con políticos en primera fila, José Mari (protagonista sin buscarlo) nos enseña una vez más que -como escribió Coelho-, el mundo cambia con tu ejemplo, no (al menos, no solo) con tu opinión.

Descansa en Paz, José Mari. Que el coro de los ángeles te reciba (y que te incluya entre ellos; que, de cantar, sabías mucho). Y junto a Lázaro, pobre en esta vida -como los que tú atendías desde Cáritas-, tengas descanso eterno.

Oye, ¿conocías la sencilla historia de este ser humano, como tú, como yo?

¿Me ayudas a difundirla?

Gracias a quien la sacó a la luz.

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