“La artesanía como estilo de vida”, por Pedro Paricio

Hoy, Pedro visita nuevamente Dame tres minutos. Desde su acreditada generosidad -y amistad con quien te habla- nos regala un post que verdaderamente se saborea, se disfruta. ¡Y de qué manera!

Le doy, una vez más, de corazón, las gracias. En mi propio nombre y -estoy seguro- en el de todos los lectores de este blog.

Te dejo con él.

“La artesanía como estilo de vida”, por Pedro Paricio Aucejo

Un rasgo característico de la sociedad española en los dos últimos siglos ha sido su dificultad para modernizarse plenamente. Su peculiar forma de vivir la revolución industrial, la liberal y la urbana –distante de la seguida por los países del ámbito europeo más próximo– condicionó en buena medida las vías de su modernización. Sin embargo, la estructuración social introducida a inicios de la segunda mitad del siglo XX, el proceso de transición democrática experimentado en 1976 y el ingreso, en 1986, en la entonces denominada Comunidad Económica Europea abrieron una trayectoria socioeconómica que desencadenó, entre otros efectos, la expansión industrial, el masivo éxodo rural, la transformación del campo, el triunfo del nuevo espíritu de mercado y competición y el apogeo tecnológico.

Con ello se ha situado a España en el grupo de países que forman el núcleo industrializado y rico del planeta y se ha finalizado su largo proceso de incorporación a la modernidad, pero –a la vez– se han modificado también sus hábitos, costumbres y estilos tradicionales de vida. Nuestra tierra ha sufrido el tránsito de una sociedad en gran parte rural a una sociedad urbana, por lo que se ha pasado de ser un país en el que la mayoría vivía en comunidades reducidas, donde todo el mundo se conocía, a constituir una sociedad concentrada en grandes núcleos de población, invadida por modos de convivencia surgidos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y alejada de su ancestral legado cultural, del que sin duda alguna formaba parte su artesanía y el estilo de vida a ella ligado.

A pesar de este cambio experimentado –o, tal vez, a causa de él–, me sigue conmoviendo aún el primor del trabajo artesanal. Además de que este tipo de actividad se acomoda básicamente a los contornos de mi personalidad, la empatía que siento por ella quizá sea debida también a la influencia del ambiente en que se desarrolló mi niñez y primera juventud, en que vi esa dedicación artesana en el mimo de la agricultura humanizada de entonces, cuando se ataban con calma las tomateras o se enroscaban las guías de las judías; en la preparación casera del dulce de membrillo; en la fabricación de tejas y piezas de cerámica; en la confección de garrotes, horquillas y mangos de herramientas a partir de las ramas rectas, flexibles y duras del almez, que, al ser peladas, desprendían su sutil fragancia y cuyas raíces sujetaban la tierra de los ribazos, donde preferentemente se plantaban para este fin.

Contemplé también el trabajo de la piedra seca de las montañas –transmitido de generación en generación entre los hombres del campo–, con cuyo tallado y encaje nuestros antecesores rurales abancalaban sus campos y construían corrales para el ganado y refugios para personas en las zonas de secano más alejadas. Pero, sobre todo, observé la pericia de quienes hacían alpargatas, cuerdas, capazos, cestas, albardas, alfombras y multitud de otros objetos con la fibra vegetal del esparto, después de someter a esta planta montaraz a un laborioso proceso, en el que se conjugaba sabiamente su avidez de sol con su necesidad de agua.

Hoy, cuando la infancia queda ya muy lejana en el tiempo, sigo evocando la emoción de aquellos humildes oficios, en cuyo recuerdo encuentro la esencia de la artesanía, que –a mi parecer– no está en ser una modalidad de trabajo fundamentalmente manual y exento de mecanización, sino en tratarse de un peculiar estilo de vida. A diferencia del que distingue a las sociedades desarrolladas de nuestra época –inmersas en el estrés de la competitividad, el apresuramiento y el consumismo–, el modo artesanal de vivir la existencia paladea el paso, el peso y el poso de las horas: su sosiego es cómplice de un tiempo que se sabe acariciado y que, al hacer irradiar la grandeza de lo cotidiano, muestra el íntimo vínculo entre lo natural y lo sobrenatural, el “toque delicado que a vida eterna sabe, aspirar sabroso de bien y gloria lleno”, ensalzado por el místico san Juan de la Cruz (1542-1591).

La vida de estilo artesanal es pausada en el hacer y respetuosa con las personas y la naturaleza. Está siempre dispuesta a habitar los “ángulos de la tranquilidad”, cantados por el italiano Franco Battiato (1945), aquellos que se pueden encontrar viviendo “a distinta velocidad”, “entre los claroscuros y la monotonía de los días que pasan”. Su manera de ser requiere la adopción de un sosiego que nos aparte de las voces acaloradas por la pasión y el fragor de la inmediatez; precisa de un silencio en que resuene la inocente “plegaria de las cosas humildes”, de la que en su día habló el francés Georges Bernanos (1888-1948). Su proceder lleva al recogimiento de la intimidad, donde la inteligencia atisba posibilidades insospechadas, se abre a los umbrales de lo profundo y se sumerge en el abismo de la contemplación. Su quehacer es el propio de una vida que se sabe noble y única y cuya maestría se destina a una humanidad y a un Dios también únicos.

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