Te exijo porque me importas

Que nadie se llame a engaño: este post no es el de Te escribo porque me importas: lee bien.

La entrada de Dame tres minutos viene hoy a cuento de cuándo vas en coche y cuándo a pie.

Bueno, no exactamente…

Ahora no lo entiendes, pero de eso se trata: de que lo comprendas tras leerla.

Cuando uno se pone al teclado y se enfrenta al temido folio en blanco, puede intentar que le lleguen las musas o incluso encomendarse a “lo Alto”, a fin de que su trabajo no sea vano; y suponga un mínimo servicio y pueda aportar un mínimo beneficio a quien lo lea. Porque, esa es la verdad, te escribo porque me importas.

Alcanzar la inspiración no siempre es fácil: a veces, exige altas dosis de transpiración…

Y, aun sudando la gota gorda, no siempre ocurre.

Además, no todas las personas tienen, tenemos, (por fortuna) las mismas habilidades.

A quienes me subrayan que no saben escribir, con frecuencia les comento que, como todo, buena parte de ello es cuestión de trabajarlo, pero que -en cualquier caso- todos sabemos retuitear o compartir una buena historia o una interesante reflexión ajena. A veces, esa es la cuestión: hacer de caja de resonancia, de eco, de algo que a uno le parece valioso o le ha servido.

Hoy te traigo una historia de cariño y exigencia. A menudo tan unidos

Así que, de alguna manera, es a mí a quien me toca hacer de altavoz.

De una historia que leí hace ya tiempo y que considero que es interesante que conozcas (o recuerdes).

Es decir: la historia no es mía; ‘esta lechuga no es de mi huerto’, pero (o, precisamente por ello) es buena. Y te va a hacer pensar. Vamos a ello.

El nieto de Gandhi

El Doctor Arun Gandhi, nieto de Mahatma Gandhi y fundador del Instituto M.K. Gandhi para la Vida Sin Violencia, dio una conferencia estival en la Universidad de Puerto Rico, en la que relataba:

“Esto me ocurrió siendo yo bastante joven. Vivía por aquel entonces, junto con mis padres y hermanas, en el instituto que mi abuelo había fundado a unas 18 millas de Durban, en Sudáfrica, en medio de enormes plantaciones de azúcar.

Estábamos allí bastante aislados, sin vecinos; así que tanto a mis dos hermanas como a mí nos encantaba poder escaparnos a la ciudad a pasar el rato con amigos o a ir al cine. 

En una ocasión, mi padre me pidió que le acercara a la ciudad, pues tenía que asistir a una conferencia que duraba el día entero.

Como pueden imaginar, sin pensarlo ni un instante accedí encantado.

Mi madre, sabiendo que íbamos a Durban, me dio la lista de la compra para el supermercado. Mi padre, a su vez, me encargó que aprovechase el día para llevar a revisar el coche al taller.

Cuando dejé a mi padre en la sede de la conferencia, me dijo: nos vemos aquí, para volver a casa, a las cinco en punto.

Pies -más bien, ruedas-, para qué os quiero: tras hacer rápidamente la compra en el súper y dejar el coche en el taller, me fui al cine más próximo.

El largometraje, una película en sesión continua de John Wayne, me enganchó… y me olvidé del reloj. Eran las cinco y media de la tarde cuando me acordé.

Corrí al taller, recuperé el coche, ya revisado, y me fui a toda prisa hacia donde mi padre me estaba esperando. Eran casi las seis.

Mi padre me preguntó con ansiedad: ¿Por qué llegas tan tarde? 

Me sentí mal y… ¡no le podía decir que había estado viendo una película de John Wayne! Así que le comenté que el coche no estaba listo a la hora prevista y que había tenido que esperar. Lo dije… sin saber que, para entonces, mi padre ya había llamado al taller…

Cuando mi padre se dio cuenta de que le había mentido, me comentó:

Algo no va bien en el modo en que te he educado, pues no te ha dado la confianza de decirme la verdad. Voy a pensar en qué he fallado. Caminaré las 18 millas de aquí a casa y meditaré sobre ello.

Y, vestido con su traje y sus encerados zapatos, inició su travesía hacia casa por caminos ni asfaltados ni apenas iluminados.

No podía dejarlo solo… así que durante más de cinco horas conduje detrás de él…viendo a mi padre sufrir por causa de la estúpida mentira que le había dicho.

Ese día decidí que nunca más mentiría.

Muchas veces me acuerdo de ello y pienso: Si mi padre me hubiese castigado de la manera en que nosotros castigamos a nuestros hijos… ¿hubiese aprendido la lección? No lo creo. Habría sufrido el castigo y, probablemente, hubiese seguido haciendo lo mismo… Pero esta lección fue tan fuerte que la tengo impresa en la memoria como si hubiera ocurrido ayer…”.

¿Moraleja?

Alguien creerá que este es un post en el que la conclusión debe ser (lo pongo en palabras de Jorge Bucay): No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti, ni siquiera para sacarte de un apuro. Me hace sentir mal y perder la fe en lo que dices.

La sinceridad es, en efecto, un valor clave en las relaciones entre personas.

Sin embargo, mi conclusión -incluyendo lo anterior- pretende ir más allá:

Te la traslado para que no cometas el error de ‘ponerte en los zapatos del padre’. Hoy quiero que te pongas en los del hijo. También lo hago yo.

Inmediatamente surge una pregunta:

¿Cuántas veces mis defectos, mis debilidades, han supuesto que mi padre -u otro ser querido- tuviera que sacrificarse, que sufrir, y que ‘padecer una travesía’ (aunque no fuera física) buscando cómo poder mejorarme, hacerme crecer, madurar, fortalecer o hacer nacer en mí determinadas virtudes?

¿En cuántas ocasiones alguien ha pagado mis culpas?

Puedes pensar de tejas abajo. O arriba.

Concluyo

Lo hago con una reflexión que leí hace poco a José Martín Aguado en Twitter y que es columna vertebral para este post:

Nos comentaba José Martín que recientemente había acudido a una charla de Francisco Vázquez de Prada.

Les habló de un elemento muy interesante: el carbón.

Si le aplicas la presión y temperatura adecuada, se consigue un diamante.

Si le falta presión o calor, se convierte en grafito.

Y añadía José Martín: Algo parecido ocurre con los hijos. La presión es la exigencia y la temperatura, el cariño.

  • Mucha exigencia, sin cariño: grafito.
  • Mucho cariño, pero sin exigencia: grafito.
  • Mucha exigencia con cariño: diamante.

“¿Cómo vamos de exigencia con -o por, añadiría yo- cariño?”.

Así finalizaba él. Y así finalizo yo. Dale una vuelta. O dos.

No acabo sin antes recomendarte que le eches un vistazo al gran post que Natalia Barcáiztegui nos escribió titulado Secuelas de la sobreprotección”.

Ni sin pedirte un favor: difunde el post. Harás bien.

A ver si así evitamos, en lo posible, más de un viaje en ‘el coche de San Fernando’: un ratito a pie y otro andando.

8 comentarios en “Te exijo porque me importas

  1. Buenas noches José,
    Gracias por este nuevo post tan interesante e instructivo al igual que el de Natalia. Solamente quería comentar que las personas también se miden por cumplir su palabra sin olvidar, como bien dices, la sinceridad.

    Durante la lectura de este post me ha venido a la cabeza el libro del francés Saint- Exupéry llamado « El Principito ». Uno de los libros más vendidos de la historia que ha inspirado a diferentes generaciones.

    Antoine de Saint-Exupéry recurrió a la metáfora del niño pequeño para recordarnos los valores realmente importantes en la vida como ver más allá de la apariencia, no exigir a los demás lo que no pueden darte, conocerse a uno mismo antes de criticar a los demás, no es más feliz el que más tiene sino el que valora lo que posee, la vida no se mide sino que se vive, hay que invertir nuestro tiempo en crear relaciones especiales o la avaricia puede cegarnos e impedirnos ver la belleza.

    Y todo esto para intentar rescatar la esperanza y el amor a través de este niño. Esta historia representa cierta realidad y ficción con la historia de este piloto lionés durante la Segunda Guerra Mundial.

    Un saludo,

    Norma 🌞

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    • Muchas gracias por el comentario, Francisco. La participación de los lectores ayuda a mejorar el blog. Así que es un placer encontrarte en Dame tres minutos. Por eso, el agradecimiento es mío. Un saludo

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