3 claves para garantizar tu acierto

Recuerdo mi llegada, con trece años, a las aulas del Instituto de Bachillerato de Tafalla.

Descubrir que mis nuevos profesores tenían tendencia a no apretar suficientemente con la tiza en la pizarra fue una de las primeras sorpresas. ¡Vaya!

Entonces, los recursos digitales estaban solo aún en la mente del Señor. Y la pequeña barrita de arcilla blanca era esencial.

Lo de que mis profes no se emplearan a fondo con ella en el tablero era algo que, allá desde mi pupitre, me hacía sentir bastante incómodo. Casi podría decir que me ofuscaba. Fíjate que se me quedó grabado…

Finalmente logramos solucionar la cosa.

Me explico: no es que yo consiguiera que los profesores marcaran mejor sus frases en el encerado. No. Descubrí que lo habían hecho de forma correcta desde el principio.

Acabé con gafas. Y aprendiendo… una lección.

Lo vi claro: el problema no estaba en ellos. Estaba en mí. ¿Quién lo iba a decir? ¡En mí!

Fue ponerme lo que el oculista me ‘recetó’ (dos sencillos cristales graduados) y transformarse, milagrosamente, el ilegible trazo de lo manuscrito en la pizarra en algo nítido; blanco sobre negro, vaya (nunca mejor dicho).

Cuando le contaba esta anécdota al padre de un buen amigo, aquel me decía con cierto retintín: ¡Qué poca vista tuviste, José!

Y añadía: Pero escucha ahora lo que me ocurrió a mí

¿A él? ¡Si no usaba gafas! ¿Llevaría, acaso… lentillas?

Le dejé explicarse: “Hubo una temporada -me confesaba- en que iba a mi trabajo y notaba, con recelo, mucho secretismo en mi entorno. Había compañeros que se reunían cerca de mí y hablaban bajito. Muy bajito. Primero pensé que no querían molestar e interferir en mi labor alzando la voz. Pero, cuando empezó a pasar lo mismo día tras día… me convencí: no era una cuestión de respeto. ¡Seguro que estaban hablando de mí! Y mal. O, en el mejor de los casos, lo hacían sobre algo que no querían que yo conociera… Estaba convencido.

Lo estuve -me seguía relatando- hasta que un día en que asistía a una charla de formación en el trabajo, me pasó como a ti en el instituto. Bueno, parecido: el ponente no escribía flojito, hablaba bajito. Era inaudito (¿o, más bien, inaudible?).

Acabé en el otorrino. Y con un diagnóstico que me pareció insultante para mi edad: una destacada hipoacusia. Así; como suena. Vamos, que tenía en los oídos más ‘dioptrías’ que tú en los ojos. Lo cual fue un bajonazo en toda regla. Me negaba a entenderlo…

Aunque, oye: ¡bendito sonotone! Por fin, mis compañeros abandonaron todo secretismo y dejaron de hablar mal de mí… O, al menos, es lo que pensé. Tras colocarme el audífono, conversaban ya en un tono normal, sobre cuestiones que no me afectaban y en ningún momento me mencionaron… Por lo visto, yo no era ‘tan importante’ como imaginaba para ser objeto de sus críticas. Ya ves, José: el problema no estaba en ellos; estaba en mí”.

No le pasó lo mismo -esto ya te lo cuento yo como autor del post- a esta buena mujer. Al contrario, ella fue colocarse el aparatillo y…

Te pongo en situación:

Esta era una señora -sorda como una tapia- que decidió, harta de no enterarse de la misa la media (y de que le hablaran a gritos hijos, nueras y hasta nietos), solventar su limitación auditiva.

Le comentaba una buena amiga mientras tomaban un café: —O sea que te has puesto audífonos, Maruja.

Y ella le confesaba: —Sí, pero son muy modernos y discretos. Y en casa no he dicho ni mú. Eso sí, ahora que les oigo todo -aunque ellos no lo sepan- en menos de mes y medio ya he cambiado cuatro veces el testamento…

Volvamos a lo serio

Estos días, pensando en escribirte el post, daba vueltas a las dos anécdotas en las que una cierta soberbia (pon el adjetivo después del sustantivo si lo prefieres) nos lleva a ver, o a entender -sin razón-, que la culpa es “del otro”.

Ambas -la de mi miopía ante la pizarra y la de la sordera que aquel descubrió en su trabajo- nos muestran que, a veces, fallamos al analizar y enjuiciar hechos que nos parecen evidentes:

“¡Lo vi con mis propios ojos!”, decimos. Ese es el problema, je, je… Que quizás somos miopes -o sordos- (físicos o ‘químicos’) y lo desconocemos. Lo que da lugar, como poco, a mal-entendidos.

Y ahí quería llegar:

A lo importante de contar en esta vida (y recurrir con humildad a él) con alguien en quien confiarnos. Personas que, honestamente, puedan aconsejarnos sobre lo que vemos o entendemos; para que no caminemos en el error. Para que nunca nadie diga, con tanto orgullo como estulticia, eso de ‘estábamos al borde del precipicio y hemos dado un paso al frente’.

En ese sentido te ofrezco 3 claves para garantizar tu acierto:

  1. Pide ese apoyo. Con humildad. Y con coherencia. Digo esto, porque me acuerdo de un tipo que estaba todo el día rezándole a San Pancracio: ‘San Pancracio, san Pancracio, que me toque la lotería, san Pancracio, san Pancracio…’. Hasta que un día san Pancracio (que no era precisamente el santo Job) le contestó: ‘Oye, si querer, ya quiero que te toque, pero… ¡compra!’. Demanda, pues, consejo, ayuda, en cuestiones relevantes y cuando no veas las cosas claras. Da ese primer paso. Y pide ver mejor. O entender con acierto. Y pon -eso sí- lo que de ti dependa para actuar correctamente.
  2. Estate efectivamente receptivo a lo que te indique la persona a la que le has solicitado su visión. En ocasiones, alguien nos está indicando cosas, quiere hacerse comprender… y no lo logra. Y no precisamente por su culpa. Creemos que falla el emisor… cuando el problema está en el receptor. Más de una vez desearíamos, o incluso solicitamos, indicaciones, consejos… pero ¿nos hemos preparado para comprenderlos… bien? ¿Tenemos nuestras ‘antenas parabólicas’ en regla y adecuadamente orientadas para captar esas señales que tanto demandamos (o precisamos) y se nos quieren hacer llegar? ¿Mostramos buena disposición para escuchar incluso -o sobre todo- lo que puede no gustarnos?
  3. Y lo último, pero primordial: escoge bien a la persona de la que puedes fiarte (y agradécele su ayuda). Para poder percibir con nitidez y certeza cualquier panorama ante el que nos encontremos necesitamos personas de acreditada solvencia profesional y moral; que en ocasiones -y no tiene que resultarles siempre fácil- han de indicarnos una ruta distinta a aquella por la que nos gustaría transitar. Precisamente por su honestidad y verdadera lealtad -que no tiene que ver, todo lo contrario, con el peloteo o la adulación- merecen toda nuestra gratitud.

En ocasiones, las cosas no son como le parecen a uno. Aunque a veces nos cueste reconocerlo. O por más que uno “lo haya visto con sus propios ojos”. Tengamos cuidado con el orgullo y la soberbia: ¡Cuántas veces la humildad te aproxima a la verdad!

Y, con unas buenas gafas -esas que necesitabas, lo supieras o no-, quizás descubras maravillas.

En todo caso, apreciarás la realidad -que no es poco-.

Una realidad que viene acompañada en ocasiones del gozo (propio y ajeno) que se puede sentir cuando se ven -por fin- algunas cosas tal y como son.

Si el post te ha servido para pensar un poco, te pido -humildemente- que compartas: harás bien.

¡Muchas gracias!

2 comentarios en “3 claves para garantizar tu acierto

  1. Hola José. Aquí Jaír, de EfectiVida.
    Fantástico! Casualmente, esta semana publicaba en mi blog un artículo que actualicé sobre cómo tomar decisiones. Y es que… ¡qué importante es saber decidir! Somos la suma de nuestras decisiones, nos guste más o menos. Claro, siempre juega su papel el azar, y no es lo mismo nacer en un punto que en otro del globo, pero, en definitiva, y ya que no se puede volver atrás, hay que tomarse uno su tiempo, y pensar antes de tomar un camino u otro.
    Sobre todo, me ha encantado el ejemplo de la vista y la sordera. ¡El problema suele estar en uno, no en los demás!
    Es un verdadero deleite leerte. Un abrazo desde Las Palmas!

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