“El valor de nuestra lengua universal”, por Pedro Paricio

Tecnología, Bandera, Internet, Teclado

Una semana más, te quiero escribir. Una más, llegan circunstancias imponderables…

Cuando esto ocurre, a veces, un amigo -uno de esos que se dan cuenta de lo que te sucede sin necesidad de que se lo comentes- te manda un post. Por si te puede ayudar… Así es Pedro. Ya lo conocéis. Más que echar una mano, que también, echa el corazón; y nos deja el regalo de su buena pluma.

Hoy, Pedro nos habla claro -castellano puro- y nos da su visión. Como siempre lo hace. Nos hará pensar… sobre esta lengua, nacida aquí, pero que compartimos -encantados- con tantos pueblos y gentes hermanas. Y de cuyo patrimonio cultural forma también parte.

Pedro se ha puesto al teclado a reivindicar -sin menoscabo de ningún otro idioma- el orgullo que debemos sentir quienes aprendimos la lengua de Cervantes, que es nuestra. Un orgullo que nos lleve a la coherencia de cuidarla y… Le dejo a Pedro la palabra. No sin antes decirle -qué menos- ¡muchas gracias!

“El valor de nuestra lengua universal”, por Pedro Paricio Aucejo

No tenemos la sabiduría de Cavalli-Sforza (1922-2018), pero tampoco somos ignorantes. No hace falta dominar la genética –como lo consiguió este científico italiano– para conocer el valor categórico de la lengua y la cultura. Es innegable que tan destacado experto mundial dedicó su vida a estudiar la historia del hombre con los instrumentos de la biología y comparó la difusión de genes y la evolución cultural humana mediante la construcción del primer árbol genealógico –basado en datos biológicos, arqueológicos y lingüísticos– de la humanidad. Es manifiesto también que, como consecuencia de sus estudios sobre la diversidad genética, este investigador genovés defendió que la cultura y la lengua son más determinantes que los genes en las diferencias entre poblaciones.

Todo ello es muy significativo. Pero no lo es menos la evidencia aportada por el conocimiento del estado actual de la lengua española en el mundo: de las 6.500 lenguas que se hablan actualmente en el planeta, más de 472 millones de personas la tienen como idioma materno, alcanzando a casi 567 millones el número de sus usuarios potenciales. Del mismo modo, nuestra lengua ostenta carácter oficial y vehicular en veintiún países del mundo, ocupando la cuarta posición en el ámbito institucional de la Unión Europea y la tercera en el sistema de la ONU. Además, un 7,9 % de los usuarios de internet se comunica con ella, siendo a su vez la segunda lengua más utilizada en Facebook y Twitter.

No es menos verdad que lo estudian como lengua extranjera más de 21 millones de alumnos. Solo en una zona del mundo que pugna por salir de la miseria, como es el África subsahariana, hay millón y medio de personas aprendiéndolo. Y, en un país como Ucrania, el descubrimiento de la literatura de relevantes escritores españoles e hispanoamericanos del siglo XX ha propiciado que, en estos momentos, para algunos intelectuales nativos lo español sea un espejo en el que contemplar el futuro de su país como una parte del mundo cultural europeo.

A su vez, la lengua española, combinada con el inglés, es la opción que más aumenta la capacidad de comunicación de sus hablantes en el ámbito internacional, pues saber español, además de inglés, es percibido como un activo económico considerable por parte de los hablantes nativos de inglés. La misma avidez por el aprendizaje del castellano se da también mucho más cerca geográficamente. Sin salir de mi ciudad natal, el curso de español básico impartido por la Universitat Politècnica de València –dentro de su plataforma de cursos abiertos masivos en línea– es uno de los más solicitados, superando los 226.000 alumnos.

Pero, aunque está asegurada la fortaleza planetaria del español, no ocurre así paradójicamente en nuestro propio país, donde las comunidades autónomas bilingües han convertido sus territorios en reductos en los que, desde sus propias estructuras educativas, se trabaja para desplazar deliberadamente el español en beneficio de las respectivas lenguas vernáculas. Si a esto se añade no el conocimiento riguroso de las lenguas extranjeras, sino la absurda inflación de su uso caprichoso –como es la compulsiva repetición de algunas de sus expresiones en forma de frívola pose cultural o de reclamo publicitario–, se cae en lo que Darío Villanueva (1950), actual director de la Real Academia Española, ha calificado como ´entreguismo despendolado de la prevaricación idiomática´.

Parece lógico que el más preciado oro intelectual de España –su lengua y su literatura– deba tener un espacio nada residual en, al menos, todas las aulas del Estado. En las comunidades autónomas castellanohablantes este no es un motivo de preocupación, pero sí en las bilingües, donde se cumple lo ya denunciado en su época por Menéndez Pelayo (1856-1912): “La enseñanza en España apenas tiene de española en el día más que el nombre, [al no poseer] el carácter nacional de que mucho ha la despojaron las torpezas oficiales… ¿No sobra motivo para afirmar que si tal estado de cosas continúa ha de llegar día en que reneguemos hasta de nuestra lengua y acabemos de convertirnos en un pueblo de babilónicos pedantes?”.

El rango y el respeto que el idioma español tiene en el resto del mundo debe despertar a la reflexión a todos aquellos que cavilan para que su uso pierda tantos en nuestra sociedad. Olvidan que no se trata solo de hacer frente al deterioro de la identidad nacional, ni a la conculcación de derechos constitucionales y humanos, ni a la reivindicación de una lengua más con sobradas, legales y legítimas razones. Aun siendo mucho todo esto, lo que trato de reclamar aquí es el incuestionable reconocimiento del lugar que corresponde al español en su aportación histórica al acervo de la comunicación y de la cultura universal.

Si los propietarios del castellano son sus hablantes, estos deben ser también sus primeros responsables. ¿Vamos a ser tan torpes los españoles como para negar el peso específico de una evidencia de siglos? ¿Nos desentendemos del uso cada vez menor del castellano en las comunidades con lengua vernácula? ¿Tenemos menos interés por nuestra lengua universal que los subsaharianos y los ucranianos? Sinceramente, creo que no.

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4 comentarios en ““El valor de nuestra lengua universal”, por Pedro Paricio

  1. El español tendrá valor realmente cuando sea lengua de trabajo en las instituciones internacionales o cuando consigamos uso federal en los EE.UU,. También carece de hablantes inteligentes e instruídos en número suficiente. ¿Para qué queremos 500 millones de hablantes si las 4 cuartas partes ni se saben expresar medio bien?

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