El arte de bien decir

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Fe, esperanza y caridad

“La Providencia y la fe tienen esta casa en pie”. Seguro que lo has leído en algún sitio.

Por lo que a mí respecta, aplico lo anterior también a Dame tres minutos, un blog (mi casa, la tuya) que ya va siendo “veterano”… ¡Quién lo hubiera dicho!

Ahora, con eso de la fe -mira que la he puesto en color-, podría irme por los cerros de Úbeda (¡cuánta gente debe de transitar por ahí!). O soltarte lo que leí anteayer en la fachada de la parroquia de San Miguel de Pamplona: “La fe nos hace creyentes, la caridad nos hace creíbles”. No sé si viene a cuento, pero da que pensar. Y mucho. Y de eso se trata aquí. De que pensemos.

La cosa es que tenía pendiente escribirte… y el fin de semana se preveía complicado. He estado más liado que la “pata” de un romano, que dicen ahora. Tenía la infundada esperanza de que llegase algún post de cualquier colaborador caritativo…

Hay uno, por cierto, que está casi al caer. Creo que lo disfrutaremos. Sinceramente.

A lo que iba: que había quedado en pasar el finde completo con un gran amigo al que no veo tanto cuanto debiera. Con mi amigo del alma y con los suyos. Y, en este caso, la devoción -estar con alguien como él lo es- se antepuso un poco a la obligación. Por así decirlo.

Pensé que ya me daría tiempo a todo; y que lo conciliaría… Pero cada cosa en su orden. Y así ha sido.

El caso es que me fui a ver al amigo con mi mujer y una hermana -no te creas esto último, mis historias están llenas de ficción- y, en un momento dado, montados ya en el coche, mi hermanica nos comentó: Si supierais lo que me pasó ayer, os moríais de risa… Estaba a punto de salir de casa y fui a lavarme los dientes. Agarré el tubo y empecé a frotar, cepillo arriba, cepillo abajo. Cuando ya iba a enjuagarme la boca, me di cuenta de que… no podía abrirla. ¡La tenía como pegada! Miré el tubo de pasta de dientes y leí con sorpresa: Kukident. ¡Ahí va! Con lo despistada que soy… ¡no había usado el dentífrico, sino la crema para adherir la dentadura postiza que la abuela había olvidado cuando vino a verme desde Madrid!

Te lo prometo: así nos lo dijo. Real como la vida misma. Y te prometo también que le contesté: ¡Ya tengo post!

¿Argumento a desarrollar? Si no vas a hablar con la boca limpia, es mejor que la tengas bien cerrada… Aunque sea con pegamento.

Puedes leer algo de esto en el post Claves útiles al hablar: sin ir más lejos, lo de los tres filtros de Sócrates.

Inmediatamente, me vino a la memoria esta historia (dicen que de origen judío) que alude a la injuria, a la difamación, a la calumnia; esa que ocasiona heridas -y más tarde cicatrices- muy difíciles de eliminar.

Seguro que conoces el relato

Se cuenta que una persona había estado propagando mentiras y maledicencias sobre el sabio del pueblo.

Pasó un tiempo, y el hombre de lengua viperina se percató de que había obrado fatal.

Así que se dirigió al difamado para preguntarle cómo podía corregir su error.

El sabio le dijo: Agarra una almohada, rásgala y esparce al viento todas sus plumas.

Al hombre le pareció una petición muy rara, pero decidió llevarla a cabo.

Y así, cuando ya todas las plumas habían revoloteado hasta allá donde el viento quiso diseminarlas, volvió junto al ofendido y le preguntó:

– ¿Me puedo sentir ya perdonado?
– Antes has de recoger todas las plumas – le señaló el sabio.
– ¡Eso es imposible! El viento ya las ha dispersado por todas partes – protestó el otro.
– Igual de imposible es deshacer el mal que tus falacias me han causado – sentenció el sabio.

Así, a vuelapluma (nunca mejor dicho…) se me ocurren varias ideas a apuntar sobre la importancia de ser prudente, discreto, veraz y caritativo al hablar:

La primera es obvia: La calumnia y la injuria son muy malas. Como lo es el chismorreo. Recuerda, además, lo de que “por la boca muere el pez”. O eso de que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios.

La segunda da mucho que pensar (medítala antes de hablar): “Lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro”.  

La tercera reflexión (me la enseñó mi padre, que no era Sócrates… pero coincidía con él): Cuando no puedas hablar bien de una persona es mejor que no digas nada. (Nota aclaratoria: para mi padre, que en Gloria está, no había -al menos en algunos ámbitos- buenos y malos; había buenos y equivocados).

La cuarta reflexión: Siempre es mejor bien decir (bendecir) que mal decir.

¡Con la de cosas buenas que podemos contar, hacer, aportar, para qué embarrarnos, amargar(nos), o enredarnos en las negativas! Incluso aunque fueran verdad…

Recuerda, también, (si quieres sonreír ante una respuesta ingeniosa) lo que le ocurrió a Jacinto Benavente -lo cuento en el post antes citado- cuando alguien le comentó:

-Usted, don Jacinto, siempre habla bien de Valle-Inclán y, en cambio, él siempre habla mal de usted.

– “Tal vez los dos estemos equivocados”, respondió Benavente.

No te equivoques: te animo a bien decir. A ser positivo. A poner en valor

Y en concreto, se me ocurre preguntarte (y preguntarme):

  • ¿De quién vas a hablar bien hoy (en su presencia y, mejor aún, también en la de otros) si se lo ha ganado con su actitud o su actuación y necesita o merece ese refuerzo? Habrás leído eso de que usamos mucho el boli rojo y demasiado poco el verde
  • ¿A quién vas a elogiar, cuando ha tenido una conducta ejemplar, aunque esté lejos o no vaya a enterarse y aunque solo puedas hacerlo “por la espalda”? Es importante resaltar y poner en valor los buenos ejemplos ante los demás.
  • ¿A quién vas a sacar la cara, con valentía y alegría, con desparpajo y -si puedes- hasta con salero, incluso aunque no sea lo más “políticamente correcto”?
  • ¿Y cómo vas a actuar si alguien te quiere enredar en una crítica destructiva? ¿Sabes cómo cortar -o cambiar- una conversación improcedente desde la claridad y la caridad con propios y extraños? Por cierto (“momento publicidad”), te invito a releer La crítica leal.
  • Más: ¿qué noticia buena, doméstica o pública, puedes contar o difundir hoy?
  • ¿Te has planteado alguna vez que, además de ingenieros del bien común, necesitamos pregoneros de buenas noticias?

Necesitamos, sí, agua fresca, corriente, no la podrida o contaminada, para sembrar alegría y verdad en nuestro entorno. Imagínate lo que cosecharemos: la verdad, el bien y la belleza tienen múltiples concreciones a lo largo de cada día. ¡Y hay que darlas a conocer!

Solo se trata de que hagas de espejo, de lupa, de altavoz. De que llames a la radio. O escribas una breve carta al director. O incluso un post. O, aún más sencillo, de que retuitees o difundas uno: basta con un clic.

Voy concluyendo: con una buena noticia (la acabo de leer). No era portada en ningún diario, en ningún digital, en ninguna tele o radio y eso que era una “Última hora”. Un amigo mío lo acaba de tuitear: ¡Va a tener su 25º nieto!

¡Enhorabuena, amigo! Cada vez que nace un niño, debiera haber aquí, allá y acullá, un motivo de esperanza. En tu caso -y en tu casa- me consta que lo hay. Y de júbilo.

Y, ya que hablamos de niños y que hemos hablado de caridad, déjame que te regale este vídeo.

Esta historia habla por sí sola:

No olvides -por cierto- lo que el vídeo apunta al final: dar es la mejor comunicación.

Vuelvo al inicio: quien no va a hablar con la boca limpia, es mejor que la tenga bien cerrada… Aunque sea con pegamento.

Sé bien que no es tu caso. Por eso te pido que hables. Suma un positivo.

¡Mil gracias por pregonar buenas noticias!

¿Te animas a compartir? Harás bien.

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “El arte de bien decir

  1. Hola! Aquí Jaír, de EfectiVida.
    Qué ameno se hace leer tus artículos! Me gusta mucho la idea de evitar la crítica. Al final, cuando hablamos mal de otros, estamos hablando mal de nosotros. Mejor alabar en público, y dar consejo (que no criticar), en privado. Así podemos, siguiendo tu símil, lanzar plumas al viento, pero de las que hablan bien y huelen bien. Excelente! Un saludo desde Las Palmas!

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    • Muchas gracias, Jaír. Valoro mucho tus comentarios, porque conozco tu valía. La he constatado. ¡Espero que pronto te disfrutemos en Dame tres minutos!
      Mientras, recibe un fuerte abrazo,
      José

      Me gusta

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