Quo vadis?

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Cuentan que el escritor británico G. K. Chesterton era un gran despistado. Viajaba un día en tren cuando se le acercó el revisor para pedirle su billete. Chesterton se puso a buscarlo pero no lo encontraba; repasó sus bolsillos, rebuscó por todos los sitios, su monedero, su maletín… y no daba con él. Se estaba poniendo cada vez más nervioso… Al constatar su inquietud, el revisor quiso tranquilizarle: -“No se preocupe, señor; no le haré pagar otro billete”. -“No es pagar lo que me inquieta -respondió el escritor-, lo que me preocupa y muy de veras es que he olvidado a dónde voy”.

¿Sabemos hoy nosotros hacia dónde vamos? Más aún, ¿tenemos claro hacia dónde queremos ir? ¿O montados en el tren del existir nos distraemos mientras éste va quemando kilómetros? Quizás no nos paremos demasiado a pensar si nos conduce por el trayecto y hacia el destino deseable.

Es la actual una sociedad un tanto “agitada”; llena de prisas y de “ruidos” que nos pueden despistar. Y en más ocasiones de las deseables caminamos precipitadamente, a veces como hormigas desorientadas que hubieran perdido el hormiguero. Llenos de veredas y faltos de brújula. Con muchos contactos y menos encuentros. Deslumbrados por destellos de artificiales luces de neón que… nos impiden ver las estrellas del firmamento. Colmados de sensaciones, necesitados de sentimientos. Sin saber, quizás, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Sin la paz del silencio. Abrumados por informaciones y ayunos de conocimientos. Insatisfechos, insaciables y atrapados en una especie de tela de araña, como en una red.

Hablando de redes… y de tecnologías: quizás estamos todos un poco enganchados y demasiado pendientes de si vibra nuestro smartphone, o nos llega un sms, un email o un whatsapp. Vemos la tele (con el zapping como programa preferido) mientras tuiteamos. Y más de uno y de dos abren su Facebook mucho más que la nevera, aunque hayan comprobado -y bien recientemente- una y otra vez su contenido.

Que nadie se equivoque: los avances tecnológicos son una maravilla. Nos están facilitando servicios, prestaciones y posibilidades antes impensables. Nos pueden ayudar -nos ayudan- mucho al desarrollo económico, educativo, cultural, social…

Aunque -y esto es a lo que voy- las herramientas, los instrumentos, pueden ser idóneos pero su uso inadecuado, inoportuno, abusivo. Todos conocemos el típico vídeo de YouTube que muestra lo mucho que uno puede perder si por “conectarse” a un aparato se desconecta de su realidad:

Es importante hacer un uso racional, responsable, de las redes; para que éstas no nos “atrapen”.

Concluyo con un consejo que también quiero aplicarme: en el trayecto del tren de la vida conviene de vez en cuando recordar dónde tenemos el “billete”. Busca para ello momentos de sosiego, de silencio, de diálogo personal con tu compañero o compañera de asiento: de encuentro con tu gente, con quienes te necesitan, y… contigo mismo.

No olvides hacia dónde realmente quieres conducir tu vida; y junto a qué pasajeros. Es clave para llegar al destino, por complejo que parezca. Ya sabes que, como decía Nietzsche, quien tiene un “porqué” para vivir se puede enfrentar a todos los “cómos”.

Quo vadis? 

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